LUCÍA



Autor: José Francisco Caparrós






A través de la ventana Lucía observaba el suave balanceo de los copos de nieve mientras caían lentamente, cubriendo la calle con un manto blanco. Por su mejilla sonrosada una lágrima tibia se deslizaba, mientras pensaba en que pasaría la Navidad sin regalos.
Entonces, en la penumbra del pasillo, sonó un suave tintineo, apenas perceptible. Un sonido de campanillas, muy sutil, que tan solo destacó por unos segundos, por encima del viento que ululaba en el exterior.
-¿Papi...?
Pero no. Ella sabía que su padre se encontraba durmiendo en el viejo butacón, bajo los efectos del alcohol, como tantas otras noches últimamente.
La tristeza se había instalado en aquella casa.
Lucía, con tan solo ocho años, había experimentado la peor de las pérdidas que puede tener un niño a tan temprana edad, y el dolor y el desamparo se habían afincado permanentemente en su corazón.
Su padre, sumido en una profunda depresión, intentaba olvidar amparado en el alcohol y ya no levantaba cabeza. Desorientado y a punto de perder su trabajo, se arrastraba día tras día y apenas tenía fuerzas para afrontar la realidad. Siempre a escondidas de su hija, parte de su sueldo lo empleaba en comprar botellas de vino, que bebía al anochecer, hasta caer ebrio y vomitando, un día tras otro, destrozándose la salud.

El tintineo metálico llamaba su atención.
Lucía dio unos pasos hacia el pasillo y no acertó a ver a nadie entre la tenue luz que penetraba por la ventana de su habitación.
Entonces, inesperadamente, llegaron a su mente momentos muy concretos que recordaba con total nitidez, pues, no obstante, no había transcurrido mucho tiempo desde que sucedieron.
Recordaba a la perfección el collar hecho con bolitas pequeñas de colores, el cual le rompió sin querer; ella lo sabía, pero nunca le dijo nada. Las horquillas del pelo que siempre le pedía, las recordaba todas al detalle. Los zapatos, los vestidos y los bolsos. El estampado de su paraguas. Sus grandes ojos de mirada melancólica. Sus labios, de sonrisa tímida y tierna, perfectamente perfilados. Sus manos ásperas, que trabajaban duro.
También recordó al osito Tim: era de un azul más intenso que el del cielo. Tenía el mismo tamaño que una mochila escolar, aunque de relleno andaba algo escaso. Se le había descosido una oreja y solo conservaba el ojo izquierdo. Su sonrisa desdibujada dejaba salir vergonzosa una pequeña lengua, roja como las fresas maduras. Viejo y con su cuerpecito tan desgastado, en su pelaje ya no quedaban rizos. Compañero del silencio, de la oscuridad. Osito inerte y tierno ser.
Recordó que con su caja de lápices Goya y algodón le enseñó a difuminar los colores. Pintaban casas en el campo, con tejados llenos de chimeneas; ropa tendida al lado de un gran naranjo, cerca de pequeños estanques con peces, patos y ocas. Le gustaban mucho las ocas. Estos paisajes siempre tenían en el horizonte varias montañas, con caminos para pasear entre ellas. La parte superior del folio la ocupaban un sol amarillo espectacular y unas cuantas nubes esponjosas.

El tintineo cesó y Lucía salió de su ensoñación.
Entonces la vio, reluciente, resplandeciente, al final del pasillo. En su rostro dorado sus grandes ojos que la miraban intensamente y aquella tierna sonrisa perfectamente dibujada en sus finos labios.
-¿Mami...?
Y corrió hacia ella.
El ser de luz se agachó y abrazó a la pequeña Lucía, intensamente.
Toda la estancia se iluminó y la energía que irradiaba de aquella presencia envolvió y traspasó por completo el cuerpecito de la niña, que por un momento sintió aquel calor que tanto necesitaba y que echaba de menos.
La presencia luminosa miró tiernamente a la niña y le acarició la carita.
-No debes de temer nada, pequeña mía. Todo irá bien.
Lucía escuchó aquellas palabras dentro de su mente, aunque en ningún momento los labios de la aparición se movieron. Tan solo aquella tierna sonrisa y la mirada de amor. Tan solo eso.
Las lágrimas surcaban las mejillas de Lucía.
-Te quiero, mami- dijo sollozando.
-Yo también te quiero, mi niña, y siempre te querré. Estaré a tu lado, a pesar de que no me puedas ver. Y cuando tengas algún momento de debilidad o de flaqueza, recuerda lo mucho que te amo. Eso te dará fuerzas para seguir adelante.
Lucía miró con tristeza los preciosos ojos de aquel ser de luz.
-Sí, mami. Te lo prometo.
La aparición se incorporó y tomó a la niña de las manos.
-Acuérdate, mi niña...
Pocos segundos después la intensidad luminosa comenzó a desvanecerse, a medida que la aparición se alejaba de la niña.
-Adios, mami- acertó a decir entre sollozos.- Te quiero.

Amaneció.
Los rayos del sol entraron a través de la ventana de la habitación de Lucía. La niña recordaba lo ocurrido la noche anterior como si hubiera sido un sueño.
Unos pasos apresurados resonaron a través del pasillo. Su padre irrumpió en la habitación. Se sentó en la cama y abrazó con fuerza a la niña. En su semblante emocionado no quedaba rastro de la ebriedad de la noche anterior.
-¡Lucía, hija, esta noche ha ocurrido algo extraordinario!
La niña miró absorta a su padre y comprendió lo que este quería decirle. Ella ya lo sabía, porque lo había vivido intensamente, tan solo hacía unas horas.
Ambos se miraron y no hicieron falta las palabras. Se fundieron en un cálido abrazo.

Minutos después, llamaron a la puerta de la casa.
Padre e hija, cogidos de la mano, se acercaron a abrir, expectantes ante la incerteza de quién podría ser.
Al abrir la puerta, el rostro de la niña dibujó una enorme sonrisa, de oreja a oreja.
-¡Abuelita!
La niña abrazó con fuerza a su abuela y esta acarició suavemente sus cabellos. El padre sonrió y la invitó a entrar en la casa.
-¿Cómo te encuentras?- preguntó la abuela al padre, sorprendida ante el buen aspecto de este.
-Creo que... -hizo una pausa, intentando dar sentido a lo que quería transmitir.- Ha ocurrido algo que...
No pudo termitar la frase, porque Lucía, alterada, había reparado en un paquete que llevaba su abuela en una gran bolsa.
-¿Qué llevas ahí, abuela? -dijo la niña, abriendo aún más sus enormes ojos.
La mujer sacó el paquete de la bolsa. Lucía reparó en que tenía una forma y un tamaño extrañamente familiares.
-Creo que te gustará. Casualmente lo encontré el otro día en los grandes almacenes. Es muy parecido al que tenía ella... -dijo la abuela, mientras la niña rompía el papel de celofán y dejaba al descubierto el regalo.
Una agradable sorpresa hizo que el rostro de la niña reflejara una intensa emoción.
-¡Tim! -gritó Lucía.

Con el transcurso de los años, Lucía encontró un camino por el que pisar fuerte. Ahora tiene dos hijos y les transmite la misma energía que le irradió aquella noche de invierno, cuando el ser de luz le transmitió todo el amor que lleva dentro, y les guía por nuevos caminos que recorrer. Ellos en sus pasos encontrarán senderos.
Y ella, como es su nombre, cada nuevo día, cada amanecer, nace de la luz del día... Lucía.

José Francisco Caparrós: NEUROMANTER-Relatos

Fragmento de comedia romántica

Autor: Carlos Moreno Martín






    Me llamo Ricardo Castillo y sí, soy escritor. Hace poco publiqué mi cuarto libro, “El tesoro de la Atlántida”, una novela de aventuras, acción y amor. Estoy muy contento con ella. Me ha dado muchas satisfacciones. Una película basada en ella en marcha, traducción a un montón de idiomas y mucho, mucho dinero.
    Pero no todo ha sido siempre así. Hubo un tiempo en que mi carrera de escritor estaba estancada… perdida y absolutamente estancada. Después de doce años escribiendo novelas de terror y fantasía sin lograr siquiera que me publicaran tuve que caer bajo. Muy, muy bajo. Escribí una novela romántica.
    No os equivoquéis. Me gustan las novelas románticas, pero para los demás. Yo prefiero la sangre, los dragones y los magos. Pero desgraciadamente, el mundo editorial no entiende de aficiones y gustos. Se vende lo que se vende. Y en aquella época se vendía la novela romántica. Esos libros que vemos en las estanterías de los centros comerciales con mujeres medio desnudas en actitud desafiante. Nunca pensé que un libro mío tuviera una cubierta como esa, pero lo cierto es que la tuvo.
    Y fue precisamente con esa portada, cómo comenzó la historia de cómo llegué a ser un escritor consagrado.
    Con esa portada y con una frase que tuve la desgracia de escuchar en más de una ocasión.

    —Sinceramente, su libro no me gusta. El argumento es predecible y repite palabras con demasiada alegría.
    Yo asentí con una sonrisa, mientras extendía la mano para coger de manos de mi interlocutora su ejemplar de Rosas al viento, mi primer libro publicado. Era una mujer ya entradita en años y en carnes, con un cabello blanco que caía en bucles hasta las hombreras de su chaqueta rosa. Todo ello rematado con un tocado amarillo de dudoso gusto. Me fascinaba su sinceridad.
    —Y dígame, señora… —quise saber su nombre, mientras cogía la pluma y me disponía a firmar el ejemplar.
    —Mariposa.
    —¿Mariposa? —pregunté carcajeándome por dentro—. ¿En serio? ¿Señora Mariposa?
    —Sí ¿no le gusta?
    Yo me incliné hacia un lado para mirar la pequeña cola que había a la espera de una firma y una dedicatoria. La editorial había gastado más dinero en el vaso de agua que descansaba sobre mi mesa que el que podría ganar con las ventas de mi libro. Al menos ese día.
    —Sí, claro —respondí, educado—. Es… impredecible y no se repite demasiado. Dígame, Señora… Mariposa. Si no le gusta el libro ¿por qué está aquí?
    —Los que diseñaron la cubierta hicieron un buen trabajo.
    Yo ojeé por enésima vez la portada de mi libro. Un hombre con el torso al aire marcaba pectorales y abdominales, mientras una mujer semidesnuda yacía en un suelo de piedra con actitud desafiante.
«Escribe novela romántica», me dijo Juan, mi mejor amigo y editor. «Verás como las vendes como rosquillas». Sí, y un huevo.
    —Sí, bueno —esbocé una amplia sonrisa, falsa como un billete de treinta euros—. Quisieron ponerme a mí, pero me negaba a ser la pasión masturbatoria de viejas con nombre de insecto. Aquí tiene su dedicatoria.
    Le tendí el libro cerrado antes de que la mujer pudiera replicar y, con un movimiento de cabeza, le indiqué al siguiente de la fila que pasara. La señora Mariposa se alejó de la mesa con expresión derrotada. Seguro que estaba acostumbrada a decir la última palabra. La imaginaba en su casa, puteando a diestro y siniestro a su pobre marido, posiblemente un hombre delgado y con cara de gilipollas.
    Sonreí para mis adentros al imaginar la cara que pondría, cuando viera lo que había plasmado en la primera página del libro, escrito con elegante letra y firmado por el “gran” Ricardo Castillo.
    La siguiente en la fila era una muchacha de unos veinte años. Guapa como ella sola. Volví a sonreír, esta vez de verdad, sin fingir.
    —Hola —saludé—. ¿Cómo te llamas?
    —Violeta.
    —¿Violeta? —reprimí la risa con un carraspeo—. ¿Estás de coña?
    ¿Es que aquél día todo iba de naturaleza? Ya tenía una mariposa y una violeta. ¿Habría alguien por ahí detrás que se llamara fotosíntesis?
    —No, para nada. Yo… —Violeta esbozó una sonrisa triste.
    —No, no te preocupes. Sólo estaba de broma —me apresuré a decir—. Es que había una mariposa por aquí y… Bueno, da igual. ¿Te gustó el libro?
    —No lo he leído aún, pero me han hablado muy bien de él.
    El mundo se me vino abajo. O no lo habían leído o no había gustado. ¿Qué demonios estaba haciendo allí?
    —Bueno, vamos mejorando —dije, intentando ver el vaso medio lleno—. Al menos aún no te parece predecible.
    Pensé un momento. Quería escribirle a esa muchacha una dedicatoria original, algo que la animara a leer el libro en cuanto llegara a casa. Pero en aquellos momentos, con la cabeza completamente aletargada, la única rima que se me ocurría con Violeta era teta. Y no, no iba a hablarle de tetas a esa chica.
    —¿Sabes qué? —exclamé de repente—. No se me ocurre nada. Me he tirado escribiendo este libro un año. Y ¿para qué? Para que una vieja con nombre de bicho me diga que repito palabras y para que una belleza como tú venga a que le firme sin haber leído el libro. Apuesto a que no tienes ni idea de qué va y sólo lo has comprado porque te sobra el dinero y el tío de la portada está bueno.
    —Bueno —Violeta pareció violenta con mi reacción, pero me sentí bien al desahogarme—, reconozco que la portada es bonita y que el hombre…
    —¿Ves? Mira, vamos a hacer una cosa —le propuse mientras abría el libro y comenzaba a escribir—. Te voy a dejar mi teléfono y, si te apetece, me llamas un día y te hago la dedicatoria entonces, a ver si se me ha ocurrido algo interesante. ¿Te parece?
    —¿Me está pidiendo una cita? —preguntó ella resplandeciente.
    —No. Te estoy pidiendo que te largues, te leas el libro y, si te gusta y quieres una dedicatoria, me llames.
    Violeta se marchó por el mismo camino que había cogido la señora Mariposa. Había llegado a la conclusión de que lo único bueno que había en mi libro era la portada. Un tío y una tía supermacizos a punto de darle alegría al cuerpo. Eso no era literatura.
    El siguiente en la cola avanzó con paso dubitativo. Seguro que había escuchado mis últimos comentarios y estaba asustado. Le saludé con un brusco movimiento de cabeza. Era un muchacho que superaría en días los dieciocho años. Gafas de culo de vaso y espinillas que cubrían cada milímetro de su epidermis como si de la superficie lunar se tratara. Me sentí un poco extraño. No terminaba de entender qué hacía un espécimen como aquél en la sesión de firmas de una novela romántica. Lo imaginaba más bien jugando a algún juego de rol con sus compañeros de facultad. Simplemente no encajaba. Cuando habló lo comprendí:
    —Yo sólo quería preguntar si sabes quién es la modelo de la portada —dijo con decisión.
    Eso ya fue demasiado para mí.
    —¡Es un dibujo! —exploté levantándome de la silla, provocando que el vaso de agua, que era el único beneficio que iba a tener la editorial ese día, se derramara salpicando las zapatillas Nike del muchacho—. ¡Un puto dibujo! ¡Sólo son píxeles! ¡No existe! ¿Tan difícil es de entender? ¿Es que nadie le presta atención al puñetero libro?
    En ese momento, los encargados de la pequeña librería del centro de Málaga en el que estaba firmando los libros, me miraron con expresión adusta. Mosqueados. Lógico. Pero era lo que había. Yo había ido allí a firmar libros, con todo mi cariño y dedicación. Y ¿qué me encontraba? Una panda de estúpidos que tenían más interés por los turgentes pechos de la chica de la portada que por las letras escritas en las páginas.
    —¡Oye! —llamé a los encargados—. ¿Para la próxima por qué no llamáis al ilustrador? —les pregunté lleno de rabia.
    Sin decir una palabra más me levanté para marcharme. No sin antes tropezar con la mesa y provocar que los libros cayeran al suelo sin ton ni son. Tuve tan mala suerte que uno de los ejemplares empujó el gran cartón que había junto a la mesa, en la que se reproducía, a tamaño natural, la portada de las narices. El cartón cayó, empujando a su vez una estantería, repleta de copias de Rosas al viento.
    Tras el alboroto provocado se hizo el silencio. Todos me miraban. Yo sentí que mi rostro se ponía colorado como el culo de un mandril. Pero me recompuse. Con un digno movimiento, estiré la camisa para ponerla lo más lisa posible y esbocé una amplia y seductora sonrisa.
    —Ya les avisaré cuando haya otra presentación —les confirmé—. Prometo que traeré al ilustrador y a la tía buena de la portada.
    Todos seguían en silencio, mirándome boquiabiertos, pero yo no olvidé mis buenos modales ni un instante.
    —Que pasen buena tarde.
    Y me fui.

    La noticia de mi espantada en la firma de libros corrió como la pólvora por internet. Facebook, Twitter, Myspace, incluso vi algún que otro video corto en Youtbe. Desde mi flamante Iphone 4 vi imágenes mías, fuera de mí. Mi rostro parecía el de un orco sacado de El señor de los Anillos.
    Sonreí mientras daba buena cuenta de mi vaso de Acuarius. Había sido un poco cabrón, debía reconocerlo. Pero bueno ¿acaso Pérez-Reverte no es un poco cruel a veces? ¿Por qué no yo? La respuesta me vino pronto. Porque yo no era Pérez-Reverte. Yo no había publicado Las aventuras del Capitán Alatriste, ni El club Dumas o La piel del tambor. Yo era Ricardo Castillo, autor de una novela romántica de mala muerte llamada Rosas al viento. Joder, hasta el nombre era demasiado dulce. Engordaba solo de escucharlo.
    En aquellos momentos, bebiendo mi refresco en un bar, muy alejado de la librería donde había intentado firmar mis libros, me encontraba tranquilo. La imagen de portada había sido el detonante, pero no era sólo eso. Era el título, el género, todo… Odiaba ese libro y todo lo que representaba. ¿Por qué? Pues porque me gusta escribir. Pero escribir lo que yo quisiera.
    El hecho de meterle mano a una novela romántica fue solo una cuestión comercial. Yo suelo escribir fantasía, terror, aventura… pero eso no vende. Sin embargo, una novela con la imagen de una tía medio en bolas es éxito asegurado. Por eso lo hice. Y por eso también tenía ganas de colgarme de los pies en una farola cualquiera de la ciudad y dejar que me azotaran sin compasión.
    Estaba mirando una imagen en la que salía yo con cara de orco frente a la muchacha bonita… Violeta. Y de pronto, la imagen del orco desapareció para ser sustituida por la de Juan Andrades, mi editor y mejor amigo. El culpable de que yo hubiera escrito Rosas al viento. Automáticamente, Highway to hell de ACDC comenzó a sonar por el altavoz del teléfono.
    Con una mueca, descolgué.
    —Ehh —fue mi saludo.
    —¿Así es como quieres vender? —me preguntó Juan—. ¿Llamando pervertida a una vieja y pidiéndole una cita a una chica?
    —No llamé pervertida a nadie, ni le pedí una cita —reflexioné un momento—. Aunque lo hubiera hecho.
    —¿Ah no? ¿Y qué dirías que es una dedicatoria que dice: A la señora Mariposa, para que me olvide cuando se toque la cosa? Firmado, Ricardo Castillo.
    —¿Una broma? —contesté con expresión ausente alzando de nuevo mi vaso de Acuarius.
    —Ya. Oye ¿tienes fuerzas para una noticia más?
    —¿Tiene algo que ver con una tía y un tío medio desnudos?
    —En cierto modo sí. ¿Tienes El sur a mano?
    —¿El sur de España?
    —No, idiota, el periódico.
    Esbocé una sonrisa traviesa. Me encantaba dar la tabarra a Juan cuando se me presentaba la oportunidad. Busqué con la mirada al camarero que iba de aquí para allá, sirviendo copas:
    —Perdona —le llamé cuando lo tuve cerca—. ¿Tienes por casualidad El sur por aquí?
    El chico me tendió el periódico, que tenía guardado bajo la cafetera y, cuando lo tuve delante volví a hablar por mi teléfono:
—¿Qué pasa?
—Página veinticinco. ¡Pero no lo leas aún! —me advirtió antes de colgar.
    Yo, como no podía ser de otro modo, le ignoré y busqué la página. Cuando leí la primera frase grité:
    —¡Mierda!
    —Te lo dije, tío —dijo una voz a mi espalda—. No lo leas aún.
    Juan estaba tras de mí, con su eterna sonrisa de pillo y su cabello negro perfectamente engominado. Iba trajeado, como solía ser habitual en él. El muy capullo debía de haber estado hablando conmigo mientras iba hacia el bar. No era difícil para él saber que yo estaba allí. Pasaba más tiempo en aquél pub que en mi propia casa.
    —¿Por qué me haces esto, Juan? —le pregunté fuera de mí—. ¿No ves el día que llevo?
    —Eso es relativo, amigo. Realmente no lo he visto, no he estado contigo —emitió una risita—. Aunque me hubiera encantado ver cómo le metías caña a la señora Mariposa.
    —Rosas al viento es tan mala, patética y aburrida como excitante es su portada —leí—. ¿Quién demonios ha escrito esto? ¿Y qué carajos tiene esa maldita portada?
    —Bueno, la chica está bastante buena ¿no?
    —Lucía Ramírez —dije rumiando cada silaba de aquél nombre. La mujer que había escrito la primera crítica de la novela; la mujer que la había puesto a parir—. Seguro que no tiene ni idea de literatura y no ha leído un libro en su vida.
    —Bueno, yo no apostaría mucho por eso, colega —Juan se sentó a mi lado y pidió un whiskey con cola              —. Tiene un carrerón y tres novelas en el mercado.
    —Será fea.
    —No, está como un tren.
    —Y vive con cinco gatos y sin amigos.
    —Mil quinientos cincuenta y tres amigos en Facebook. ¿Te has desahogado ya?
    —Olvídame, me voy a casa. Sólo quiero acostarme y dormir.
    Cuando me estaba dando la vuelta, Juan se levantó de su asiento y me impidió el paso.
    —¿Pero qué dices? La noche es joven y sí, has tenido un mal día. Pero acostarse no es la mejor manera de olvidarlo —pareció meditar un momento—. A menos que te acuestes con la de la portada, eso sería otra historia.
    —Juan…
    —Vamos a hacer una cosa. Quédate conmigo media hora. Si no consigo que la noche mejore te vas a llorar por lo terriblemente desgraciado que eres y lo buena que es la portada. ¿Qué me dices?
    Yo le miré, sopesando la idea de hacerle caso o no. Y entonces la vi. Apareció por la puerta, justo tras el hombro de mi editor, que seguía diciendo algo que no alcanzaba a oír. En aquellos momentos sólo existía ella. Los mismos ojos, la misma mirada desafiante, los mismo turgentes senos…
    —No me lo puedo creer —me lamenté—. Es ella.
    Mi amigo se giró cuando me escuchó y su mirada se quedó tanto o más prendada que la mía.
    —¿Ves? Te lo dije —le oí decir—. La noche mejoraría.
    Sí, amigos. Justo frente a mí, en medio de toda aquella gente, se hallaba el origen de mis problemas, la mujer más bella que había visto en mi vida.
    La mujer que aparecía en la maldita portada de mi maldito libro.


Carlos Moreno Martín: La Guarida de las Palabras.

Ni tu aliento ni tus caderas

Autor: Hale Sastre






Ahora que me sofocan los bailes
y me asfixia Valencia
me acuerdo de tu pelo al aire
y mis manos en tus caderas
las que ahora danzarán con elocuencia
siguiendo un ritmo cadencioso
haciendo de lo frívolo algo hermoso

Pienso en aquella piel de arena fina
donde encontró regocijo mi boca
en ese aliento que me llenó de vida
cuando las horas se me hacían pocas
Esa piel ahora está a merced del mar
y ese aliento romperá contra las rocas

No me acompañan ni tu pelo ni tus caderas
no más de tu piel ni de tu aliento
Nada de ti que ya no me esperas
nada de mi cuando me lleve el viento

Si lo sé no me mato



Autor: Marcos Dk





Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido. Si hubiera sospechado que ya no podría echarme un trago, ni me lo pienso. Ni siquiera puedo saborear un pitillo mientras sigo compadeciéndome. Se suponía que todo debería de finalizar cuando mi cuerpo golpeara contra el asfalto. Pensar en aquello durante el corto y rápido descenso me proporcionó el único alivio de los últimos días. Ni por asomo imaginé yo que mis problemas solo habían cambiado de fase.

Lo primero que oí fueron los gritos de una mujer fuera de sí. Me sobresalté y me incorporé casi de un salto. Y allí me encontré, a mis pies. Aplastado como una manzana que hubiera lanzado desde la ventana de mi oficina en el piso veinte de aquel edificio. Un enorme charco de sangre marcaba la zona como un llamativo “No pasar”. Tal vez fue por la histeria de los mirones que poco a poco rodearon el cadáver. Tal vez por la impresión de verme reflejado como en un espejo roto sobre la calle. Huí. Corrí tan deprisa como pude. Y descubrí que podía correr muy rápido, increíblemente rápido.

Me atrincheré en mi casa como uno de esos locos que a veces salen en las noticias rodeados de montañas de periódicos y mierda por toneladas. Poco a poco fui consciente de mi nuevo estado tangencial; estaba, pero no existía; me notaba, pero no me veía. Saberte muerto no es una noticia que te alegre el día, aunque saltaras por la ventana sin que nadie te ayudara. Las primeras horas son las peores. Las pasé llorando, aterrorizado, encogido en una esquina de mi habitación, entre la cama y el armario ropero. De no haber estado muerto estoy seguro de que me lo habría hecho todo encima, pero entre mis nuevas facetas destacó la falta de apetito y sus consiguientes reacciones biológicas. No sé cuánto tiempo pasó. Días, estoy seguro. Poco a poco fui perdiendo el miedo al vacío de mi etérea existencia y comencé a aventurarme en pequeñas incursiones por mi apartamento de soltero. Cuando llegué a la cocina me encontré con los restos de una lata abierta de pimientos donde crecía un cultivo de hongos superdesarrollados. En el fregadero se amontonaban platos y cazuelas con restos de comida resecos semejando la escamosa piel de un reptil. Fue entonces cuando me percaté de un detalle capaz de llenarme las tripas de inquietas mariposas, de haberlas tenido, claro. Nadie entró en mi piso desde que yo marchara a la oficina el día que decidí probar el vuelo libre. No era de muchos amigos, pero alguno tenía. Y estaba Carlota, mi novia. Bueno, mi ex novia, ya que me había dejado un par de días antes de mi aterrizaje forzoso. Aún no me había devuelto la llave del piso pero se ve que tampoco le dio por pasarse por aquí estos días. Necesitaba ver a los chicos. Necesitaba bajar hasta el Savoy y ponerme al día de lo sucedido mientras permanecí aquí encerrado. Decidido, me puse en marcha, y al llegar al recibidor me detuve un momento para echarme a reír. Por un instante se me ocurrió buscar una chaqueta para salir a la calle ya que en esta época refresca mucho por las noches. Lo que es la costumbre.

Caminé con falsa decisión las dos manzanas que separaban mi apartamento de nuestro tugurio favorito. Me sentí aterrado pensando en qué pasaría si cualquiera de aquellos con los que me cruzaba en mi camino me reconociera, pero ni siquiera hicieron amago de sentir mi presencia. Bajé las escaleras que desde la acera servían de entrada al Savoy y traspasé limpiamente la puerta para entrar.

Allí encontré a Jack Doe, tras la barra, sirviendo una copa a un tipo delgado y trajeado. Acompañando al fulano, dos hombres enormes de aspecto simiesco estudiaban sin pudor a los clientes del bar. Ellos no bebían. No entraron muchos clientes esa noche; varias mesas permanecían vacías y en el pequeño escenario del fondo no tocaba ninguna banda de soul amenizando la velada.

También encontré a Billy, mi buen amigo Billy. ¿Cuántas horas habíamos pasado en aquel tugurio hasta que el paciente Jack nos tenía que echar a la calle para poder cerrar y limpiar? No lo hallé solo, le acompañaba una mujer. Mi sorpresa fue mayúscula al reconocer a Carlota, mi ex novia. Más que tropezármela allí sentada me sorprendió el cómo la encontré: con sus manos entrelazadas entre las de Billy.

-Se me hace difícil entender qué pudo ver una mujer como tú en un pusilánime como Johnny –le decía mi amigo empleando el tentador tono de quien trata de desvelar los furtivos secretos de la mente femenina.

Por un momento pensé que se refería a otra persona, pero pronto tuve que aceptar que era de mí de quién mi mejor amigo hablaba en semejantes términos.

-Tenía… algo –le contestó con una leve risita-. Conocí al imbécil de su socio en una cafetería del centro. Estaba harta de soportar sus babeos hasta que, de puro parloteo, me empezó a contar sus hazañas en los negocios, sus inversiones y ese paquete de acciones que compartía con Johnny.

-Acciones que ahora son tuyas –le dijo Billy guiñándole un ojo.

¡Mis acciones! ¿Qué demonios tenían que ver mis acciones en todo esto? Al fin y al cabo no valían nada. Michael me dijo que la quiebra de Farmacéuticas Lyons nos llenó la caja fuerte de papel higiénico muy bien decorado con números, sellos y firmas.

-Convencer a Michael para que engañara a Billy haciéndole creer que lo habían perdido todo fue fácil –continuó Carlota-. Que pusiera mi nombre en los papeles que mandé preparar a mi abogado me costó un par de noches de aguantar su aliento a tabaco jadeando en mi oreja.

-Seguro que disfrutaste –sonrió malicioso mi mejor ex amigo.

¿Qué demonios ocurría allí? La cabeza me daba vueltas. ¿Carlota acostándose con Michael? Y a mí me dijo que sus creencias le obligaban a llegar virgen al matrimonio, que la espera valdría la pena. Empecé a temer cómo acabaría aquella conversación tan interesante.

-Faltaba la firma de Johnny y pensé en hacerle sufrir un poco; tirar de la cuerda –Continuó Carlota-. Dije que le dejaba.

Las risas de Billy no hicieron sino aumentar la ira que ya había comenzado a inundarme.

-Quería obligarle a luchar por su premio, pero su suicidio fue providencial. Todo quedó en manos de su socio y en unos días, en cuanto el juez revise los papeles que me firmó, en las mías.

-Por dios que pérfida y malvada eres –dijo Billy entre carcajadas-. ¿Y quién me dice a mí que no vas a usarme y luego tirarme, como a ese par de idiotas, en cuanto te canses?

-No lo sé. Ya veremos. Gastemos ese dinero mientras me lo pienso.

Y mientras se besaban apasionadamente yo me quedé plantado como el perchero de la entrada del bar. Me hubiera gustado poder sentirme estúpido, pero estaba tan perplejo que no era capaz de pensar con claridad. Esa maldita zorra me engañó como a un perfecto imbécil. Justo la idea que parecía tener de mí quien yo tenía como mi mejor amigo. Hasta mi socio me tomó el pelo con nuestra quiebra. Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido. Me arrastré derrotado hacia la barra del bar con la intención de pedirme una copa, pero recordé que ya no hay sustancia física que pueda asimilar mi etéreo cuerpo. Si hubiera sospechado que ya no podría echarme un trago, ni me lo pienso.

-Vete a casa muchacho –me sorprendió la calmada voz de Jack-. Este ya no es tu sitio.

Estaba tras su barra, con un paño blanco al hombro y encendiendo un cigarro con un fósforo y su acostumbrada tranquilidad. ¿Había dicho algo o me lo imaginaba yo?

-¿Puedes verme? –le pregunté con miedo a cualquier respuesta.

-Muchacho, cuando se lleva tantos años trabajando en un garito como este uno puede decir que ha visto de todo –me contestó mirando fijamente al lugar que deberían ocupar mis desorbitados ojos por la sorpresa.



Marcos Dk. Relatos desde la Mazmorra