Clarines

Llegan ya las cinco de la tarde. Salgo a la arena, mi contrincante ya está en el albero. La gente aplaude mi salida.
Él me espera en el centro del ruedo. Voy hacia él y me encomiendo a todos los poderes que conozco.
No va a resultar una tarde fácil. Antes de salir, he sentido un escalofrío, una extraña premonición, como si alguien anduviera sobre mi tumba, como suele decirse. Pero no he dejado que eso me acobardase. Mi tarea estaba clara; debía salir a la plaza, y enfrentarme a lo que fuese que me estuviera esperando en ella. La gente ruge, están expectantes. Quiero darles un buen espectáculo, y hago lo que me piden, aunque eso haga peligrar mi integridad física.
Llego a su altura. Nos miramos a los ojos; curioso, parecen destilar inteligencia. Una inteligencia primitiva, eso sí, pero consciente de cuál es su lugar aquí, cuál es su cometido. En ellos veo miedo también. Tal vez haya tenido una premonición como la mía; o tal vez sea una cosa natural, no es malo sentir miedo. El miedo es un recurso que han desarrollado las diferentes razas animales para poder sobrevivir, una consecuencia de la evolución natural. Los primeros pases son más efectistas que efectivos, ninguno de los dos conseguimos romper las defensas del otro.
Estamos así un buen rato, hasta que resulto herido. Sangro abundantemente, la vista se me va, flaquean mis fuerzas. Pero me repongo, tengo que hacerlo. La fiesta debe continuar. Volvemos a la contienda. Ahora, aunque ligeramente, yo también logro herirlo a él. Aquí sí que veo el miedo claramente en sus ojos, un miedo que dilata sus pupilas. Es consciente, y creo que no por primera vez, de que puede dejarse la vida aquí. La inteligencia que ví en él se ha transformado en una chispa que afina sus sentidos, que le hace más rápido, más mortífero. Debo andarme con cuidado, cualquier error puede ser fatal por mi parte.
La gente ruge de emoción. Sabe que se acerca el desenlace final. Ahora ambos estamos heridos, pero mi fortaleza es mayor. Aún así, la agilidad y velocidad están de su parte. No consigo acercarme lo suficiente como para finalizar la batalla; porque en esto se ha convertido todo el asunto, en una batalla personal, él y yo solos en la arena. Pero me he equivocado, no estamos solos él y yo; otros como él salen a ayudarlo: ¡tendría que habérmelo imaginado, siempre hacen igual!
Él con su capa, sus subalternos que clavan púas de hierro en mi lomo, y su entrenamiento. Yo con mi fuerza bruta, mis instintos naturales, y las armas que la madre naturaleza puso en mi cabeza.
Ahora estoy agotado, la pérdida de sangre ha sido demasiada para mis fuerzas. Resignadamente, acepto mi sino, mi destino. Parece ser que el presentimiento que tuve antes de salir se va a cumplir. El público enmudece, expectante. Yo no puedo más que mirarlo fijamente a él, a su muleta. Su movimiento me hipnotiza, la pérdida de fuerzas hace que mi campo de visión sólo se centre en ese punto ondulante. Por eso, no me doy cuenta cuando saca la espada de entre los pliegues de su capa. A un movimiento, obedezco y voy hacia él. Noto un golpe en la espalda, y el griterío del público estalla en mis oídos. Por sus gritos de alegría noto que hemos dado un buen espectáculo. Me alegro.
Ahora esperaré a que salgan a por mí y me devuelvan a los corrales. Allí me curarán las heridas del lomo, y podré descansar para un próximo espectáculo, otro de tantos, como todos los que he protagonizado hasta la fecha.
Y otro día, me encontraré con otro torero en el ruedo. Volveremos a escenificar el rito, la entrega de sangre a la madre Tierra, el baile junto a la muerte. Y alguna vez, yo seré el vencedor, la suerte me sonreirá por fin, y la sangre que bañe la tierra no será la mía.
Ahora voy camino de los corrales, arropado por mis compañeros, sujetado para que no caiga antes de llegar. Allí me esperan para curarme. Mientras, él dará la vuelta al ruedo, recogiendo premios que, en realidad, nos deberían corresponder a los dos. Pero estoy demasiado fatigado como para poder reclamarlos. Aún así, algún día, los regalos serán míos.
Algún día, sí.

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