Coincidencias

Decidió coger el teléfono aquella noche porque necesitaba a alguien con quien hablar. Estuvo sonando un buen rato hasta que crujió el sofá, sonó un pitido y una voz altanera cargada de estática surgió por el igualmente altanero altavoz. A Johrson nunca le había gustado relacionarse de aquella manera, pero esa noche era distinto. Se podía percibir una sensación extraña en el aire, prácticamente imperceptible, y una serie de recuerdos acudieron raudos a su mente. Unos recuerdos que le traían a la memoria sensaciones que hacían que el estómago le diera vueltas, algo que no le gustaba en absoluto.

Hacía un frío propio de finales de otoño. Era de esa especie que cala hasta los huesos, se te mete dentro del abrigo, y luego vuelve inmediatamente hacia las copas esqueléticas de los árboles, como un espíritu del aire juguetón y risueño, echa su gracia y dejando a tu espina dorsal con un susto de muerte. El camino empedrado, totalmente cubierto de hojas tardías, acunaban el sonido de los zapatos de Johrson, mientras trazaban una ruta sin destino aparente. Pero Johrson iba cavilando para sí, porque desde que aquella noche que recibió la llamada, no había podido pegar ojo. Posiblemente le atrajo la idea de reunirse en este parque retirado de la mano de dios, pero ahora no estaba seguro de haber querido hacerlo. Siempre fue inseguro, prácticamente para casi todo, justo desde que esa voz que recordaba tan bien pasara a formar parte de su amplio imaginario personal, en aquel período concreto de su vida, siempre con su toque de sarcasmo y condescendencia. Supuso que no podía ser realmente culpa suya, pero aún así, eso no significaba que a Johrson no le pusiera enfermo e irritable. Tan apartados habían quedado esos recuerdos en su cerebro, que ahora que no tenían donde esconderse pugnaban por salir de nuevo.

Caminó sin rumbo fijo por el recinto del parque, un pequeño ecosistema poblado de ardillas y castaños de indias que convivían en una total y natural armonía. No había signos de maltrato, ni siquiera en los bancos, cuando la moda actual era que los jóvenes practicaran su vana literatura con escritos y poemarios diversos, con escaso éxito. Cientos, quizá miles, de hojas, cubrían el camino, y si uno alzaba la vista, podía contemplar un cielo grisáceo, que invita al hogar y a la lectura, bajo el abrigo de una manta y un libro favorito en la mano. Y a ser posible con un buen tabaco de pipa y un chocolate caliente, de los de antes. Pero, ay, cuan gratos recuerdos trae consigo aquella pérgola de allá, la que está cerca del muro combado. Johrson rememora cómo de pequeño acudía aquí, haciendo novillos, para pedirle, más bien rogarle, al gentil heladero de entonces que le sirviera uno de esos ricos chocolates espesos y calientes, a veces pagando y otras tantas sin pagar, a falta de una triste moneda que llorara en su bolsillo. A punto para los instantes en que las manos enfundadas en guantes de lana con remiendos dejaban pasar al frío insolente y se tornaban azules, momento en el que el mágico brebaje hacía su labor. Y eso cuando era invierno, porque en verano, el famoso heladero se transformaba en vendedor de sorbetes y todos le pedíamos uno para aplacar el insoportable calor, momento en el que nos poníamos a la sombra para degustar nuestra recién adquirida genialidad. Y mientras tanto, hacíamos comentarios ingeniosos sobre la fortaleza roja que se divisaba más allá, un castillo de antiguos tiempos y lugares, ahora tan sólo recordado en leyendas populares. Pero cuando se es bien joven, esas situaciones de la vida pasan rápidamente sin que uno llegue a percatarse en su totalidad. Es triste, pero es cuando se alcanza la edad madura cuando todo eso se recuerda con ilusión y algo de optimismo, y cuando el propósito del tiempo es sobrepasarte poco a poco, minuto a minuto, la nostalgia invade cada parte de tu ser y esa pérgola gris, cubierta de herrumbre, desgastada, con el suelo de mármol repleto de hojas, habla por sí sola y trae más dolor que otra cosa.

Eran ya más de las siete cuando Johrson consultó el reloj de su recién adquirido aparato telefónico portátil. Cerró la tapa de un golpe y un gesto de disgusto, por dos razones: primero, porque no le gustaba en absoluto que le hicieran esperar, segundo… porque comenzaba a hacer un frío insoportable. Y llegó a impacientarse cuando pensó que ahora mismo podría estar ya rumbo a su casa, a su refugio particular, a sus libros. Así que a los pocos minutos puso rumbo a la salida sin pensarlo ni un minuto más. Por mucho que hubiera estado enamorado en el pasado, no iba a cambiar ahora su forma de pensar, para nada en absoluto. Iba riéndose todo el camino de su propia ocurrencia, dejando atrás lugares recordados de la infancia y el noviazgo, para arribar a la verja de entrada, estirar la mano y abrirla. Tiró de nuevo, pero no, aquello no se movió ni un ápice. Tras unos instantes de duda, giró la cabeza hacia el cartel de pie que indicaba los horarios, pero o bien querían gastarle una broma o decía mentiras como puños de arena. El barro de la cartulina indicaba claramente que se echarían las llaves a las nueve en punto, faltaban aún dos horas para eso. Johrson miró en derredor, y como en la caseta del vigilante no había un alma, trató de buscar una salida alternativa, posiblemente tras esa sección de muro derruido tras la pérgola abandonada. Desgraciadamente, estaba lo suficientemente familiarizado con el parque como para saber que había una caída de más de diez metros tras cada sección del recinto. Hubo una vez una verja tras el condensador eléctrico que ofrecía buenas escapadas, pero mejor sería no intentarlo. No más recuerdos.

Al llegar al sitio indicado, trató de auparse apoyando las manos en la pared y sus pies en los ladrillos caídos. Hizo uno, dos, tres esfuerzos, y consiguió alzarse un par de metros como para poder estirar el cuello y atisbar el horizonte. Inmediatamente, y sin previo aviso, hubo un tremendo fogonazo amarillo y un destello impresionante. El sonido quedó ausente durante unos segundos, y Johrson cayó hacia atrás, perdiendo todo agarre posible. Sus costillas golpearon un tronco de madera podrida y su cabeza dio mil y una vueltas cuando chocó contra algo punzante, pero siempre había tenido la cabeza muy dura y apretó los dientes para soportar el dolor. Trató de moverse, pero tenía el tobillo roto y algo clavado en la espalda, no sabría decir qué. Tan sólo podía torcer la muñeca y agarrar la cazoleta de su pipa, preparada, del bolsillo de su americana. Así lo hizo, y enseguida una voluta de humo se alzó hacia el cielo, impregnando el ambiente de un aroma añejo y dulzón.

- Jamás hubiera imaginado que mi vida terminaría de esta manera. Miradme, encerrado en un parque viejo y mohoso, medio ciego, dándole caladas a una pipa que llevo siempre en el bolsillo por gusto, cuando, joder, a mí realmente no me gusta fumar. Qué ironía. Y todo esto no ha sido más que una fantasmada para traerme aquí y recordar todo, nada más que angustia, cuando yo nunca le he hecho nada a nadie. A mi, que siendo pequeño, todo el mundo siempre me decía: “¡Algún día te caerás y te abrirás la sien! ¡Algún día te partirás la cabeza! ¡Que no subas por ahí te he dicho!”. Odio que tengan razón, lo odio con todas mis fuerzas. Y también odio la suerte. Aún ahora dudo que exista, pero no, no es precisamente la sien lo que me he abierto. Cojones, cómo duele.

Entonces torció la mandíbula y un borbotón de sangre emanó de su boca. Descendió como melaza, recorriendo la poblada barba blanca, resbalando hasta impregnar el pecho de la americana marrón. Otro cauce siguió resbalando, por el brazo, llegó hasta la codera, pasó por la mano, hasta los dedos, y finalmente, pasando cerca de una pipa de ébano, alcanzó un aparato electrónico extendido en el suelo. Su pequeña pantalla agrietada de reluciente color azul emitió algo. Poco alcance de ondas, posiblemente.

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Un manto gris que lo cubría todo. Una calma inusitada y totalmente inesperada que se palpaba en el aire. La noche artificial que llega y no parece querer irse, a gusto con su nueva casa, su hogar, sobre el parque centenario que no ha podido cubrir del todo al hallarse sobre las alturas. La fortaleza roja como un anexo ahora de color gris, el color de la ceniza, pero imperturbable. Una pequeño destello azulado entre las sombras, teñido de rojo y apagándose, retirándose hacia el olvido cuyo destino podría haber sido otro. Y abajo… una ciudad que duerme.