Derramarse en los geranios

¿Qué dimensión es ésta donde los rayos de sol aun me hacen cerrar los ojos?. Me resisto.
Quiero guardar cada detalle de este inmenso metro cuadrado que me cobija. Mi terraza es una esquina al oeste por donde se va la luz. Aquí me vine para arañar la tarde. Nunca me pareció mas infinito el mundo que cabe entre el horizonte y mis manos, nunca tan largo el recorrido del aire por mis pulmones sin querer salir a perderse.
Me gusta sentir el frío de los ladrillos rojos. Hoy mas rojos.
Una planta de equivocado nombre “siempreverde” se ha recostado, como yo, en la pared y la he salpicado.
Aquí estoy esperando… Y por primera vez en mi vida no me preocupa el tiempo; ni el mío ni el de los demás.
A mi derecha, mas allá de la manta que me envuelve, está la calle. Una calle llena de gente normal que sonríe para poner un envoltorio convincente a sus vidas vacías.
Eso, el vacío es lo que más me duele. No, no es el silencio, es el vacío. Pues mi silencio está habitado por un latido tambaleante desde la sien al pecho cada vez con más desgana y menos prisa.
La vida pasa a mi izquierda entre el roce del cristal y mi cuerpo quieto. Tan frágil frontera me divide la sombra y ya no se bien de que lado estoy.
Mi espalda no se queja del abrazo de cemento que la mantiene erguida. El suelo está cada vez mas húmedo.
Me cuesta mirar al frente. No veo la libertad tras la cárcel efímera de las pestañas.
Mi horizonte al alcance de mi mano y mi mano atrapada aún en el ayer como una nota única en un pentagrama de sonidos vacíos.
Descansando en un hilo azulado, late mi pulso. Es solo una pausa, no un abandono, para encontrarse después en los pliegues del miedo y parar así su cauce.
Nadie se culpe del color ni del dolor que almaceno en mi sangre.
¿Qué dimensión es esta que me hiere la mirada?
Se confunde con la noche, o es la noche misma empapada de ausencias. Deshojando la luz va una pregunta sin respuesta…. Y de repente. Oscuridad. La nada.
Ni la noche se me hizo cómplice.
Desde el piso de abajo se oyen voces y gente, cada vez mas gente que miran hacia arriba. Gotas de sangre bajan sin prisa y riegan sin querer los geranios blancos de mi vecina.
Derramarse sobre los geranios no era el fin, solo un descuido imperdonable. Mi manta no fue muro suficiente para pararme la vida. Ni la vida suficiente muro para parar mi muerte.
Les oí decir en un intento de jugar a ser Dios… “llegamos tarde, mira, le están creciendo alas.”

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