El Caramelo

-¿Uno más? –preguntó el inspector Humble con desgana no bien hubo llegado a la escena del crimen.
-Así es –contestó el jefe de policía de zona. Su rostro dibujaba un atisbo de complacencia que a Humble le pareció despreciable- Y con éste ya son siete, ¿no es cierto?
-Ocho –corrigió Pie, ayudante del inspector desde hacía tres meses. Se desplazaba con dificultad, apoyado en un recio bastón. Un accidente de coche le había dejado imposibilitado dos años atrás-. Éste es el octavo asesinato en tres meses.
Humble se inclinó hacia la víctima. Una manta a cuadros rojos la cubría por entero. La deslizó para observar su rostro. Se trataba de un hombre de mediana edad con el gesto de la desesperación fundido entre sus gélidas facciones. Sobre su cuello aún se paseaban las marcas moradas de unos dedos despiadados.

-Maldito cerdo sanguinario –escupió el jefe de policía, mientras observaba la operación con cierta curiosidad malsana.
-O maldita cerda –intervino Pie. Humble le obsequió con una mirada entre sarcástica y despectiva. Empezaba a estar ya harto de aquel ayudante sabelotodo. En cuanto el caso quedara resuelto, se desharía de él-. Recordemos que ya se ha dado algún caso de asesinato en serie.
-Ninguna mujer tiene fuerza suficiente para estrangular y apalear de esta manera –señaló el inspector con desdén mientras ajustaba un guante de látex en su mano derecha. Seguidamente, abrió (no sin esfuerzo) las mandíbulas de la víctima para, tras introducir los dedos entre las mismas, extraerlos, al poco, sujetando un pequeño objeto. -Aquí está: el jodido caramelo.

Las ocho víctimas habían presentado la misma macabra factura. Todos estrangulados, violentamente golpeados con algún objeto contundente y estrecho y, en el interior de sus bocas, como insólita y tétrica marca de la casa, un caramelo de menta recién desenvuelto. Pie abrió la bolsa de las pruebas y Humble introdujo en ella aquel dulce de color verde.

-Por cierto, inspector –advirtió el jefe de policía-. Hace un rato que ha llegado un sobre a su nombre.
-Debe ser el informe –asintió Humble-. Me avisaron de su llegada y dejé dicho que me lo remitiesen aquí.
-No podía esperar hasta esta tarde, ¿no es así, inspector? –preguntó Pie con una sonrisa sardónica.
-Tengo unas fervientes ganas de descubrir qué es lo que les resulta a todos tan divertido de este asunto –renegó Humble, con gesto arisco.

De hecho, el humor del inspector resultaba ser tan bronco en los últimos tiempos que cualquier muestra de alegría en sus cercanías casi provocaba un oscuro remordimiento en su incauto ejecutor. Jamás había sido hombre de ánimos elevados, pero desde el fallecimiento de su esposa, tres meses atrás, su gravedad y cerrazón se habían acentuado de encarecida manera. Retirándose unos pasos, el inspector abrió el sobre y extrajo un papel con membrete del Departamento de Homicidios. Pie permaneció detrás de él con gesto esquivo y a la espera.

-Al fin –por primera vez en mucho tiempo, pudo vislumbrarse un aire de satisfacción en el semblante de Humble-. Como bien suponía, existe un móvil. Pie se acercó a golpe de bastón. Parecía sorprendido.
-¿Es eso cierto? –preguntó-. ¿Y de qué se trata?

Humble le miró a los ojos. Poco después en su rostro pudo observarse el último ademán que Pie jamás habría esperado: una profunda y sólida carcajada que, por momentos, sonó macabra.

-Parece ser que el cabronazo éste –consiguió articular entre risa y risa- mata a quienes desprecian la literatura.

Pie le observaba reírse, profundamente turbado. El jefe de policía y los demás agentes dispersos por la sala contemplaban a su vez la escena con aire desconcertado.

-Inspector –intervino el ayudante-. Nada me gustaría más que poder compartir con usted un momento tan risueño e inusual. Humble tuvo que sentarse en un sillón cercano. Las carcajadas no daban tregua.
-¿Se puede saber de qué se ríe, Humble? –preguntó, al fin, Pie, pues la situación se hacía cada vez más incómoda.
-Discúlpame Pie –pasados unos segundos, pareció calmarse-, pero es que me estoy imaginando la cara que pondría el asesino si supiese que yo no he leído un puto libro en toda mi vida, ja, ja, ja… El teléfono sonó, como siempre, desquiciante. -¿Sí? –descolgó Humble, apenas despierto. Era Pie-. Voy hacia allá.

El asesino del caramelo había vuelto a actuar. A las dos horas, el inspector detuvo su coche frente a la casa de Pie. Una vez acomodado, el ayudante no trató de ocultar su enfado:

-¿Qué le pasa Humble? ¿Dos horas esperándole y no es capaz de venir ni tan siquiera afeitado? –preguntó, sarcástico. No hubo respuesta. Ni una sola palabra por su parte durante todo el trayecto. -¿Nos hemos levantado con mal pie, jefe? ¿No hay ganas de hablar? Humble no habló. Sus ojos turbios sólo miraban al frente; su velocidad, vertiginosa. -Cálmese –señaló Pie, nervioso ya ante el extraño mutismo de su jefe y aquella peligrosa carreta en la que parecía haberse embarcado-. Tenga por seguro que el fiambre no va a marcharse…

Llegaron al lugar. Un descampado a las afueras de la ciudad. Bajaron del coche y comenzaron a caminar adentrándose con decisión en el mismo. Humble seguía sin pronunciar palabra. Pie le seguía como buenamente podía, cojeando acusadamente y apretando los dientes en un gesto… de odio.
-Se acabó –susurró el ayudante cuando hubieron perdido de vista el coche y las últimas casas.

Ni una sola alma ocupaba aquel pedregal inhóspito. El bastón de Pie se elevó con firmeza para después golpear la nuca de Humble. No hizo falta estrangularle. Sudando profusamente y con respiración agitada, volteó el cadáver, que yacía de bruces contra el suelo árido. Del bolsillo de su chaleco extrajo un caramelo de menta. Lo desenvolvió con manos temblorosas y abrió la contraída boca de Humble. Al ir a introducírselo, descubrió algo extraño en su interior. Un papel plegado y con letras, protegido por un plástico transparente. Pie, altamente confundido, desplegó la nota y, con ojos desorbitados, la leyó en alto.

-Gracias, Pie. ¿Qué mejor manera de morir que ésta para un cobarde como yo? Sin Emma ya nada tenía sentido. Supe que eras tú desde el tercer crimen. Las marcas en los cuerpos eran demasiado parecidas al grosor de tu bastón. Sólo tuve que encontrar la excusa que necesitabas para acabar también conmigo. Tuve tiempo, además, de estudiar a fondo tu pasado. Cómo te dolía que todos aquellos niños te llamaran “Caramelo”, dándote de lado por ser excesivamente “dulce” y únicamente pensar en leer y leer como un poseso, ¿verdad?

El asesino no daba crédito a sus ojos. En la lejanía, comenzaron a sonar unas sirenas difusas. Asustado y estupefacto, no pudo evitar terminar de leer la nota. Por cierto, una última cosa. Si aún no lo has leído, te aconsejo a Poe durante los largos años que te esperan en la cárcel. Porque, eso sí; a pesar del favor que me has hecho, no creas que tengo intención de que puedas hacérselo a nadie más.

5 comentarios:

Velkar dijo...

Gracias baoyim por publicar el relato. Tiene algunos errores en la edición (creo que son culpa mía) que espero no hagan perder el hilo.
Un abrazo.

Belén dijo...

Simplemente he copiado y pegado, ya sabes, las prisas. Me lo miro y lo corrijo.

Belén dijo...

He correjido unas cuantas cosillas pero no lo quiero tocar mucho. Si quieres cambiar algo, envíame un e-mail y me lo comentas.

Hugo dijo...

Yo retocaría algunas cosas, por ejemplo

-”O maldita cerda” creo que con “cerda” a secas gana en velocidad.

- “Recordemos que ya se ha dado algún caso de asesinato en serie.
-Ninguna mujer tiene fuerza suficiente para estrangular y apalear de esta manera”.

Digo yo que sería de “asesina en serie” y mejor “apalearlo”.

Buen relato, yo me pasaré mas a menudo.

Velkar dijo...

Gracias Hugo. Estoy de acuerdo en lo de eliminar el “maldita”. Tiene más fuerza. En cuanto a lo demás, lo de asesinato es claramente una errata, supongo que por mi parte. Lo de “apalearlo” no lo veo tan claro, pero gracias de todas formas.
Un saludo.