El concierto

Miraba la hora de vez en cuando. Begoña llevaba bastante retraso. Además esperar nunca había sido su fuerte, se le hacía muy pesado. Ya había retirado las entradas en la taquilla del auditorio para ganar tiempo. El concierto empezaría dentro de breves minutos y si Begoña no llegaba se lo iban a perder. Tampoco es que fuera una gran tragedia porque él no era un gran aficionado a la música clásica. Levantó la vista de nuevo y la vio llegar.
-Hola Pedro, siento el retraso pero era imposible pillar un taxi esta noche -dijo Begoña con una sonrisa que al mismo tiempo era disculpa e incitación a la broma.
-Claro, claro ya veo que vienes preocupadísima porque casi nos perdemos el concierto.
-Seguro que si nos marchamos de aquí a otro lado no lo sientes demasiado -dijo riendo Begoña.
-No me tientes -respondió con sorna Pedro.
Entraron en el auditorio y se sentaron en sus butacas. En el concierto se interpretarían obras para piano de Chopin. El concertista era un reconocido pianista rumano, famoso por sus excentricidades, por lo que había trascendido el ambiente cerrado de la música clásica para convertirse en una celebridad de los medios de comunicación. Por eso esa noche era todo un acontecimiento social y conseguir entradas había resultado muy difícil. Pedro las había conseguido en un sorteo por internet en el que se había apuntado en el último momento casi sin pensar. Cuando se enteró que le había tocado lo comentó en la oficina y más de un compañero le comentó lo mucho que envidiaba su suerte. Se suponía que muchos famosos y políticos de primera fila iban a acudir al concierto. El premio eran dos entradas, así que llamó a su amiga Begoña que era más aficionada que él a la música clásica para que lo acompañara. Por lo menos sería una forma distinta de pasar la noche del sábado.
Llevaban un rato charlando y haciendo bromas sobre los asistentes, sobretodo algunas damas de la alta sociedad que parecía que habían acudido a una recepción de la reina de Inglaterra en vez de a un concierto, cuando por fin apareció el maestro, un hombre ya anciano, muy delgado y que tenía una larga melena blanca. Todo el auditorio prorrumpió en un fuerte aplauso, al que Pedro se sumo, más por compromiso que por entusiasmo. El maestro recibió los aplausos con una inclinación de cabeza, se sentó en su banqueta y comenzó a tocar. Las notas fueron fluyendo, llenando con la belleza de su sonido el auditorio. Para su sorpresa comprobó que no le estaba resultando aburrido como había temido, así que se relajó, cerró los ojos e intentó disfrutar de la música.
De repente sintió un tremendo ruido, una capa de sonido envolvente y atronador que le hizo abrir los ojos, con el corazón desbocado por el sobresalto. Intentando recobrar el aliento miró a Begoña. Para su asombro parecía tranquila, concentrada en la interpretación del pianista. El resto de los espectadores tampoco parecía tener reacciones extrañas. No podía comprender que nadie se quejara de ese estruendo.

-¿ Qué es ese ruido? -dijo Pedro a Begoña.
Begoña le miró extrañada y se puso el dedo en los labios para indicarle que guardara silencio. Algunos de los espectadores más cercanos se giraron mirándole irritados por hablar en medio del concierto.
Pedro comenzó a asustarse. Podía entender que el ruido proviniera de un fallo de la megafonía de entrada al auditorio, o de alguna obra en construcción cercana, pero no entendía la tranquilidad con que se lo tomaba la gente. El concertista seguía con sus manos encima del teclado del piano, tocando y el público parecía disfrutar de la música. Durante un segundo Pedro pensó que estaba soñando o se había vuelto loco. Junto al ruido atronador escuchaba alaridos de miedo y dolor, gritos de pánico y agonía de una multitud desesperada, que ya no sabía si estaban dentro de su cabeza o existían en la realidad. Notó que le faltaba el aire, y una profunda angustia le impedía respirar bien.
-¿Te encuentras bien? -preguntó en susurros Begoña al ver la expresión de angustia de Pedro.
-No pasa nada, voy un momento al baño -contestó en voz baja Pedro, a punto de desmayarse.
Begoña le miró preocupada e hizo ademán de acompañarle, pero Pedro con un gesto le indicó que no pasaba nada, no quería ponerla nerviosa, cuando probablemente dentro de un rato habría superado esa extraña e inquietante experiencia.
Afortunadamente estaban casi pegados al pasillo y pudo salir sin causar unas molestias excesivas, aunque notó más de una mirada de reproche cuando se encaminaba hacia la puerta de salida. Comenzó a caminar por el pasillo desierto dirigiéndose al baño. Entró en el aseo y se lavó la cara. Cuando se miró al espejo vio que estaba pálido y las manos le temblaban de forma incontrolada. El ruido dentro del servicio de caballeros seguía siendo insoportable. Sentía en su cerebro y en sus entrañas los alaridos, el rechinar de dientes, los gritos de agonía de un grupo de personas sumidas en el terror más absoluto, como ganado maduro para el sacrificio. Incapaz de soportarlo más fue a la taza y vomitó presa de incontrolables espasmos. Después cayó al suelo y quedó encogido en posición fetal, llorando y temblando. Al cabo de un tiempo que no supo si fueron segundos, minutos u horas, el ruido que le torturaba cesó. El miedo continuaba, sobretodo porque le aterraba haber sufrido un brote sicótico, pero se encontraba un poco mejor. Se recompuso la ropa,se aseó como pudo y salió del baño. Cuando volvía a la sala de conciertos sintió un impulso y se paró a mirar por una de las ventanas del pasillo. En ese momento vio como el avión cambiaba el rumbo y se acercaba al auditorio a gran velocidad. Supo que era cuestión de dos o tres segundos que el avión llegara. No daba tiempo a avisar, ni a pedir ayuda, ni despedirse de Begoña. Sólo podía contemplar la belleza de la noche estrellada antes del fin.

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