La leyenda de la reina mora

Autor: Elisabet Parés



El pueblo brotaba sobre la roca, espolón de piedra que se erguía como gigante solitario en medio de los montes y los valles umbríos. Allí donde ni tan sólo las águilas anidaban, un puñado de gentes de raza agreste resistía un embate más temible que el aliento del cierzo y el azote de la tempestad.
Algún rey lejano, muchos años atrás, había cedido aquel feudo perdido a un capitán de su tropa, hombre bravo y audaz, venido del desierto. Acostumbrado al sol implacable y a la sequedad de las arenas, la fragosidad del peñasco y la sombra frondosa de los valles aparecieron ante sus ojos como un retazo del soñado paraíso terrenal.

El capitán trocó su sable por un hacha, y sus hombres abandonaron los puñales por azadas. La sangre guerrera de la medialuna se mezcló con la sangre oscura y densa de los ásperos hijos de la tierra.

Tras echar raíces en aquella tierra, el capitán quiso levantar un monumento bajo el cielo, y así fue cómo el solitario pilar de roca fue coronado con una espléndida muralla y un alcázar de piedra, traída a peso desde las canteras de las cercanas sierras hasta su inhóspito nido de gavilanes.

El bastión de Siurana se convirtió en emblema de una gloriosa conquista.

Pero la cambiante Fortuna y hizo girar su rueda con el paso de las generaciones y llegó el día en que los orgullosos condes del norte decidieron tomar las tierras antaño perdidas. Uno tras otro, los baluartes de la medialuna fueron cayendo bajo el embate implacable de los señores de la cruz y la espada. Y muchos fueron los que, antes que la muerte, prefirieron rendirse.

Siurana permaneció intacta, como islote en medio de mar turbulento. Pero el acoso enemigo no tardó en arreciar a sus pies. Y una tropa de guerreros armados asedió la fortaleza inexpugnable.

Transcurrieron soles y lunas. El sitiador confiaba, sabía que el hambre vence más batallas que las armas. El hambre, y la desesperanza.

¿Qué fuerza alentaba la resistencia de aquel puñado de hijos de la roca? No era un rey, ni un profeta, ni un guerrero quien les insuflaba tal coraje, sino una mujer: la hija única del último señor de la medialuna.

Ella reunió a su pueblo y les ofreció su amparo. Les dio el pan, el agua y el vino. Quemó la leña de su hogar para ahuyentar su frío. Y, cuando todo faltó, les dio aún la esperanza.

Pero una madrugada clara, también la esperanza huyó, volando como golondrina errante. Los enemigos iniciaron el ascenso al risco.

La reina reunió a los supervivientes. Escasos, débiles y enfermos, aún ofrecieron resistencia, arrojando piedras y lanzando saetas. Pero la tropa enemiga avanzó, como negra invasión de hormigas. A golpe de clava y destral abatieron las puertas del muro.

Dicen que los habitantes, depauperados y exhaustos, cayeron, postrados, ante los invasores. Dicen que los que no murieron, se rindieron sin condiciones.

Cuentan, también, que el capitán del batallón cristiano se persignó, sobrecogido, tras hollar el rudo suelo de aquel pueblo devastado, y que prohibió a sus hombres ensañarse con las gentes.

Pero exigió la rendición, y el castillo no se entregaba. Lanzó a sus mejores guerreros, que irrumpieron en la solitaria alcazaba. Nadie salió a recibiros. ¿Dónde estaba la reina mora?

Salieron al patio de armas, rodearon los torreones. Y allá, en la desnuda era, lienzo de roca lisa que moría en el abismo, ella los aguardaba.

Erguida sobre su alazán los vio llegar, ataviada con seda y púrpura, la negra cabellera ondeante.

―¡Rendíos, señora! La fortaleza ya es nuestra.

Ella los miró con desdén desde lo alto del caballo.

―Llamáis vuestro a un palacio de roca, pero jamás será vuestra su reina. ¡Antes que vivir esclava, prefiero morir siendo libre!

Y espoleando al corcel, emprendió veloz carrera, galopando hacia el vacío.

Saltó sobre el pico de roca. Y las águilas, chillando, acompañaron su vuelo

5 comentarios:

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Hola.

Últimamente veo que mi amiga Elisabeth no para, tiene fuerzas para estar en todos los frentes.
Bonita historia.
Saludos.

Velkar dijo...

Señores/as: esto es escribir como se debe.
Felicidades.

Elisabet dijo...

Hola, amigos. Siento responder tan tarde… Paco, como ves, peleo en muchos frentes, pero nunca se llega a todos. Gracias por pasar y comentar.

Un abrazo,

Elisabet

palabras dijo...

Buenas Eli

Una buena historia y muy bien escrita.

En cuanto a la escena del caballo, queda muy bien visualmente, pero como amante de los animales me molesta que saltara con él, (una capullada por mi parte, lo sé,pero es lo que pensé, jajaja)

Por cierto una cosilla.

“Pero la cambiante Fortuna y hizo girar su rueda” por ahí te se coló una “Y”

Un beso, nos leemos

Anónimo dijo...

hola.
yo quero decir que la micica es muy yamatiba es linda la leyenda yo tube q aser un trabajo con esto y lo comentare en mi escuela es demaciada linda la leyenda para el q la yso@ es demacuada linda los felicito y eso eli te pasaste para esta leyenda q me cautibo en mi corazon