Pinacoteca microbiótica (I): El Grito


El Grito de aquella mujer rompió la ropa tendida en la calle. Conmovió las paredes de adobe de la aldea, reverberó en los desiertos hasta llenar el silencio global desde las Fosa de las Marianas hasta el santuario celestial del Hubble. Solo duró un instante. Fue inmediatamente engullido por el ruido de los cláxones y el burbujeo de las freidoras en las hamburgueserías.
Sin embargo, aquel grito logró salvarse de la verdadera muerte de las ondas sónicas: el olvido. Encontró un refugio en los tímpanos del Soldado. Allí se instaló como un parásito, acompañándolo en el regreso a casa, durante la boda, mientras hacía el amor con su mujer o follaba con las putas del muelle, en el parto de sus hijas, cada vez que cortaba el césped del jardín, siempre que miraba el mundo a través del culo de una botella, a la par que firmaba los papeles del divorcio y en los últimos gránulos de coca cuando esnifaba.
Una mañana de domingo, decidió sacarse aquel Grito invisible y ensordecedor de sus oídos. Tomó un rifle de asalto (el favorito) y fue hasta la iglesia del barrio. Estaba decidido a exigirle a Dios que calmase la rabia, aún viva en su cabeza, de aquella víctima del Deber.

1 comentarios:

LOREA dijo...

Buenísimo, me ha puesto los vellos de punta.
Interesante también el resto de la página.



Un saludo.