Una noche londinense

Soy hijo de la pérfida Albión. Nadie me conoce, nadie sabe como soy, quien soy. Me muevo entre las sombras como un espíritu libre. No existen barreras para mi. De la misma manera que me desenvuelvo perfectamente entre la alta sociedad inglesa, puedo, en un segundo, ser uno más de los que pululan por las zonas más bajas de la ciudad.

He de confesar algo, me siento más cómodo, más tranquilo entre la baja estofa. Soy feliz en ese caldo de cultivo pútrido, amargo y lleno de porquería. Me gusta pasearme con aires de gran señor entre esas gentes que pocas veces en sus tristes y miserables vidas han tenido la suerte de haber visto a un tipo como yo paseando por este Londres de 1888, en esta empobrecida y abandonada área de la ciudad.

Me gusta acercarme a esas mujeres que no son más que ganado y que huelen como a tal, no valen para nada. La muerte, siempre piadosa, es la única salida a la pobre, miserable y desgraciada vida que llevan y si la muerte no se apiada de ellas siendo aun jóvenes, la vejez las hace más repugnantes y más desgraciadas.

Todos sueñan con salir de aquí, sobretodo ellas, pero… yo no dejo que se muevan, no les permito que salgan de su inmundicia y de su miseria.

Esta noche, después de la fiesta que han dado los Trenton, con quienes me une una gran amistad además de algo de parentesco, le he pedido a mi cochero que me llevase donde se que me esperan, se que lo hacen. En un momento dado le he pedido que parase y me esperase, le he dicho que no tardaría en volver, he desaparecido por esas callejuelas que conozco como la palma de mi mano.

Mi olfato me ha llevado hasta uno de esos lugares, un centro de perdición, donde enseguida la he visto, allí estaba, entre esas gentes que huelen a podrido, a desesperación. Ella es como un ángel. Bonita, joven de largo cuello blanco, sonrisa perfecta, largos y hermosos cabellos negros, suave como las rosas de mi jardín, era joven, no tendría más de dieciséis años. La he mirado, y tan solo con esa mirada ha comprendido, y esa mirada ha bastado para que la pequeña Jezabel que lleva dentro, saliera en busca de lo que más anhela en este mundo: dinero.

Se ha acercado hasta mí contoneando sus redondas caderas, de manera impúdica, con mirada deseosa, sus labios se han abierto en una sonrisa en la que había la promesa de un paraíso infinito.

Le he dicho que le daría una guinea si venía conmigo, en seguida me ha dicho que sí, me ha dicho que ella se llama Elizabeth. Me ha preguntado mi nombre, a lo cual sólo le he respondido que me llamase como más le placiera, y la muy estúpida me ha dicho con su voz de niña: “Te llamaré John, era el nombre de mi padre y mi primer cliente, y nunca lo he olvidado”.

La he mirado y he visto en realidad como era, una más, otra cualquiera. El ángel se ha quitado su máscara y en su lugar un diablo en forma de mujer joven y hermosa ha aparecido. Pero a mí no me ha engañado.

La he ayudado a subir al coche, y el cochero me ha llevado hasta el lugar donde él sabe que me tiene que llevar. Mi refugio de lobo solitario, mi guarida en noches como esta, en la que sólo me apetece una cosa.

Nos hemos perdido por el laberinto de calles, hasta el lugar.

Ella me ha seguido como una perrilla en busca de un mendrugo de pan, buscaba con afán la caricia de la mano del amo. Cuando se ha visto en la sala de mi cubil se ha sentido feliz, nunca había visto tanto lujo. Aunque para mí no sea más que el lugar donde dejar los trastos rotos, inservibles, un lugar en el que jamás viviría, sólo me sirve para almacenar el odio y el desprecio.

Le he pedido que se diera un baño, no quería su olor, le he dado ropas nuevas, siempre tengo ropa para ellas, luego he visto que quería desnudarse con la presteza que le da la experiencia, pero yo la he parado. Le he pedido entre mimos y carantoñas que lo hiciera lentamente, que quería observarla, le he prometido más dinero, y ella, deseosa de complacerme y con el deseo del oro en la cabeza, lo ha hecho.

Me he sentado en el sillón, la he mirado todo el rato, mis labios se relamían esperando el momento. Cuando ha estado completamente desnuda he admirado su cuerpo, bello, hermoso, perfecto. He acariciado su piel. Terciopelo y seda.

Se ha arrodillado ante mí cuando se lo he pedido, y ha sabido mi nombre como todas en el momento exacto, cuando mi navaja ha cortado limpiamente su blanco cuello, justo en la vena de la vida. Ha querido gritar, pero de sus enrojecidos labios sólo han salido unos divertidos ruiditos de la sangre al brotar.

Al final cuando sus ojos perdían el brillo, me he acercado a su oído y le he dicho lo que esperaba; mi nombre: Jack.