Os deseo a todos una feliz navidad

Que este nuevo año que entra, sea el que nos abra las puertas de muchas editoriales


¡¡¡Feliz Navidad!!!

Pinacoteca microbiótica (I): El Grito


El Grito de aquella mujer rompió la ropa tendida en la calle. Conmovió las paredes de adobe de la aldea, reverberó en los desiertos hasta llenar el silencio global desde las Fosa de las Marianas hasta el santuario celestial del Hubble. Solo duró un instante. Fue inmediatamente engullido por el ruido de los cláxones y el burbujeo de las freidoras en las hamburgueserías.
Sin embargo, aquel grito logró salvarse de la verdadera muerte de las ondas sónicas: el olvido. Encontró un refugio en los tímpanos del Soldado. Allí se instaló como un parásito, acompañándolo en el regreso a casa, durante la boda, mientras hacía el amor con su mujer o follaba con las putas del muelle, en el parto de sus hijas, cada vez que cortaba el césped del jardín, siempre que miraba el mundo a través del culo de una botella, a la par que firmaba los papeles del divorcio y en los últimos gránulos de coca cuando esnifaba.
Una mañana de domingo, decidió sacarse aquel Grito invisible y ensordecedor de sus oídos. Tomó un rifle de asalto (el favorito) y fue hasta la iglesia del barrio. Estaba decidido a exigirle a Dios que calmase la rabia, aún viva en su cabeza, de aquella víctima del Deber.

Clarines

Llegan ya las cinco de la tarde. Salgo a la arena, mi contrincante ya está en el albero. La gente aplaude mi salida.
Él me espera en el centro del ruedo. Voy hacia él y me encomiendo a todos los poderes que conozco.
No va a resultar una tarde fácil. Antes de salir, he sentido un escalofrío, una extraña premonición, como si alguien anduviera sobre mi tumba, como suele decirse. Pero no he dejado que eso me acobardase. Mi tarea estaba clara; debía salir a la plaza, y enfrentarme a lo que fuese que me estuviera esperando en ella. La gente ruge, están expectantes. Quiero darles un buen espectáculo, y hago lo que me piden, aunque eso haga peligrar mi integridad física.
Llego a su altura. Nos miramos a los ojos; curioso, parecen destilar inteligencia. Una inteligencia primitiva, eso sí, pero consciente de cuál es su lugar aquí, cuál es su cometido. En ellos veo miedo también. Tal vez haya tenido una premonición como la mía; o tal vez sea una cosa natural, no es malo sentir miedo. El miedo es un recurso que han desarrollado las diferentes razas animales para poder sobrevivir, una consecuencia de la evolución natural. Los primeros pases son más efectistas que efectivos, ninguno de los dos conseguimos romper las defensas del otro.
Estamos así un buen rato, hasta que resulto herido. Sangro abundantemente, la vista se me va, flaquean mis fuerzas. Pero me repongo, tengo que hacerlo. La fiesta debe continuar. Volvemos a la contienda. Ahora, aunque ligeramente, yo también logro herirlo a él. Aquí sí que veo el miedo claramente en sus ojos, un miedo que dilata sus pupilas. Es consciente, y creo que no por primera vez, de que puede dejarse la vida aquí. La inteligencia que ví en él se ha transformado en una chispa que afina sus sentidos, que le hace más rápido, más mortífero. Debo andarme con cuidado, cualquier error puede ser fatal por mi parte.
La gente ruge de emoción. Sabe que se acerca el desenlace final. Ahora ambos estamos heridos, pero mi fortaleza es mayor. Aún así, la agilidad y velocidad están de su parte. No consigo acercarme lo suficiente como para finalizar la batalla; porque en esto se ha convertido todo el asunto, en una batalla personal, él y yo solos en la arena. Pero me he equivocado, no estamos solos él y yo; otros como él salen a ayudarlo: ¡tendría que habérmelo imaginado, siempre hacen igual!
Él con su capa, sus subalternos que clavan púas de hierro en mi lomo, y su entrenamiento. Yo con mi fuerza bruta, mis instintos naturales, y las armas que la madre naturaleza puso en mi cabeza.
Ahora estoy agotado, la pérdida de sangre ha sido demasiada para mis fuerzas. Resignadamente, acepto mi sino, mi destino. Parece ser que el presentimiento que tuve antes de salir se va a cumplir. El público enmudece, expectante. Yo no puedo más que mirarlo fijamente a él, a su muleta. Su movimiento me hipnotiza, la pérdida de fuerzas hace que mi campo de visión sólo se centre en ese punto ondulante. Por eso, no me doy cuenta cuando saca la espada de entre los pliegues de su capa. A un movimiento, obedezco y voy hacia él. Noto un golpe en la espalda, y el griterío del público estalla en mis oídos. Por sus gritos de alegría noto que hemos dado un buen espectáculo. Me alegro.
Ahora esperaré a que salgan a por mí y me devuelvan a los corrales. Allí me curarán las heridas del lomo, y podré descansar para un próximo espectáculo, otro de tantos, como todos los que he protagonizado hasta la fecha.
Y otro día, me encontraré con otro torero en el ruedo. Volveremos a escenificar el rito, la entrega de sangre a la madre Tierra, el baile junto a la muerte. Y alguna vez, yo seré el vencedor, la suerte me sonreirá por fin, y la sangre que bañe la tierra no será la mía.
Ahora voy camino de los corrales, arropado por mis compañeros, sujetado para que no caiga antes de llegar. Allí me esperan para curarme. Mientras, él dará la vuelta al ruedo, recogiendo premios que, en realidad, nos deberían corresponder a los dos. Pero estoy demasiado fatigado como para poder reclamarlos. Aún así, algún día, los regalos serán míos.
Algún día, sí.

Jamás Irás

Solo faltaba un día para emprender mi viaje. Eso fue lo primero que me vino a la cabeza cuando sonó la melodía de mi despertador. Todo un año esperando día tras día, viviendo una cuenta atrás que parecía que nunca iba a llegar, tachando ininterrumpidamente los días en el calendario…. Por fin taché el último: en menos de veinticuatro horas estaría volando hacia el destino que siempre había soñado, las Islas Samaj-Sari.Estas cuatro pequeñas islas pertenecen al conjunto de las más de 700 Islas Filipinas, y su nombre viene en honor al aventurero y descubridor marroquí Samaj Sari Allben.Islas prácticamente vírgenes sin apenas civilización, tribus completamente aisladas, volcanes, selvas tropicales y kilómetros de playas de ensueño que harían de mis quince días una experiencia, sin lugar a dudas, inolvidable.
Pero todavía me faltaba un día para partir y me tuve que enfrentar a la rutina diaria.Como todos los días, acudí a mi curso de “instalador de placas nucleares Protocolo J-345”. Fue una mañana muy amena tanto por mi óptimo estado de ánimo como porque esa mañana dejamos la teoría de lado ciñéndonos solo a la práctica, en concreto a la instalación de placas V-345 (las mejores del mercado).Ese día, miércoles, era el único de la semana que acabábamos la jornada del curso a mediodía y aprovechando la ausencia de clase por la tarde concerté, dos semanas antes, una cita para asistir a un “estudio de mercado”.
Siempre que me llaman y puedo, suelo acudir a “estudios de mercado”. Éstos se basan simplemente en reuniones en grupo en el que se exponen ideas y se opina sobre un determinado producto. Las personas que colaboran en este estudio son gratificadas con un incentivo económico. En este caso, el estudio fue en la calle Luchana de Madrid y trataba sobre el vermú y mi opinión como consumidor.
Soy un hombre dado a llegar con tiempo de sobra a mis citas. Llegué al lugar de la reunión a las 16:00h, media hora antes del inicio de ésta. Para hacer tiempo, decidí entrar en el Café-Bar Reina, que se situaba justo al lado del edificio donde tendría lugar la charla.Tomaba mi café con leche en taza pequeña mientras leía un libro de Isaac Asimov. Entre hoja y hoja, no podía dejar de echar un vistazo a la camarera. Rubia, alta y exuberante, con un uniforme a lo moderno de blusa y falda ajustada…., era esa clase de mujer que no pasaba desapercibida ni en el más tosco de sus movimientos.Mientras leía apoyado en la barra del bar, me ocurrió algo tremendamente extraño. Empecé a notar que alguien me rascaba la espalda. Miré hacia atrás, y pude observar como la camarera me rascaba con toda la naturalidad del mundo mientras ordenaba a otra joven camarera que cobrara a los de la mesa siete. Me quedé totalmente mudo, no pude hacer nada, no sabía que decirle. Fue algo tan inesperado y tan incoherente que solo pude mirarla sin abrir la boca. Ella me rascaba colocándose su blusa y saludando simpáticamente a clientes que entraban en el bar. Era como si en lugar de rascarme, estuviera pasando la bayeta en la barra.Pasados unos segundos, dejó de rascarme, se introdujo en el interior de la barra y siguió realizando su trabajo como si no hubiera pasado nada.Me quedé totalmente alucinado. No sabía que pensar. Me encontraba leyendo un libro de fantasmas y de repente una mujer rubia de 1,75m, desconocida y tremendamente sexy me había rascado la espalda durante unos segundos. En este tiempo no fui capaz de reaccionar ante, me atrevo a decir, la situación más surrealista que había ocurrido, hasta ahora, en mis 23 años.Me tomé lo poco que quedaba del café y salí del bar con cierta prisa para llegar a tiempo al estudio de mercado sin dejar de pensar en lo que me había ocurrido.
En la calle Luchana, todavía con un cuerpo un tanto intranquilo por lo que previamente había vivido, accedí a la quinta planta del Edificio Black.De cara angelical y voz de radio, una joven y guapa recepcionista me dio las buenas tardes.En los estudios de mercado, generalmente, todo transcurre de igual manera:Se pregunta por una persona, la recepcionista te pide los datos o el dni para realizar una ficha y en cinco minutos te están interrogando sobre teléfonos móviles, coches, pistolines, cafeteras, tarjetas de crédito o, en este caso, vermú.La joven y amabilísima recepcionista fue capaz de hacerme olvidar por completo lo que anteriormente había ocurrido en el Café-Bar Reina. Lo que la recepcionista hizo con mi dni me dejó boquiabierto y absolutamente paralizado sin la más mínima capacidad de reacción.¿Una broma?¿Un sueño?¿Una alucinación?, ¿que me estaba pasando?…. No podía ser, no podía ser posible lo que mis ojos estaban viendo. Sin poder decir una palabra, intentaba buscar una explicación a todo lo que estaba ocurriendo, pero era imposible. No tenía sentido, era una auténtica locura.La dulce joven de tierna mirada se comió mi dni. Ayudándose de la guillotina que tenía a su derecha, partió mi documento de identidad en varios trozos en formas de lámina y los engulló como si se tratara de jamón de york.Una vez que acabó de comer el último trozo y ante mi cara perpleja de alucinación total, me miró sonriente comunicándome alegremente que la Señorita Carmen Gutiérrez me esperaba en la sala cinco.Me quedé mirándola sin pestañear, pálido, aturdido y conmocionado sin poder hacer ni decir nada. Ella me preguntó:-¿Se encuentra usted bien?Un hilo de voz entrecortado salió de mi interior:-Mi dni….?-Oh, no se preocupe. Concretamente no nos es necesario para este Estudio de Mercado.Pensé en preguntar que porque se había comido mi dni pero no me atreví, no fui capaz, me sentía un idiota al imaginarme formular la pregunta. Era una situación tan irreal y surrealista que dudaba de mí mismo.
Un sueño, pensé. Pero no puede ser, estoy despierto, todo esto está ocurriendo. Dio mío, igual me estoy volviendo loco. Y si estoy viendo cosas que no están ocurriendo realmente…Ante esta situación me sentía tan desequilibrado y confuso que sin despedir a la recepcionista, tomé el pasillo que me llevaba a los ascensores y abandoné el edificio Black sin realizar el estudio de mercado.
Quería llegar a mi casa cuanto antes, no me sentía nada bien. Tenía ganas de sentarme en mi salón y contar todo lo que me había ocurrido a Foog, mi compañero de piso y única persona de confianza de esta ciudad. Foog era un canadiense alto, delgadísimo que estudiaba filología hispánica. Me escucharía estupefacto cuando le contara todo. Era una persona muy comprensiva pero también muy racional. No se muy bien como reaccionaría cuando le explicara todo lo que me había pasado.
Me decidí por tomar un taxi. Llegar a casa lo antes posible era mi prioridad.Vi uno estacionado a pocos metros y fui hacia él. Toqué la ventanilla para llamar la atención del taxista que se encontraba haciendo un sudoku. Éste me miró y pausadamente, arrancó el motor del coche sin dejar de mirarme con una sonrisa muy burlona y a la vez rara. De repente, las ruedas chillaron mientras el hombre reía y aceleraba con fuerza yendo de frente y dejándome en tierra sin entender nada. Que personaje, pensé…Me quedé allí esperando a que pasara otro taxi que quisiera ofrecer sus servicios de una manera normal.Pasó uno cerca de la acera donde me encontraba. Le levanté el brazo y él empezó a acercarse donde me encontraba lentamente. Sin parar el coche, vi de nuevo que el taxista se burlaba de mí, me miraba y se reía fuertemente mientras pasaba de largo.Empecé a ponerme muy nervioso e incluso a temblar porque posteriormente pasaron más taxis y ocurría lo mismo con todos. Incluso algunos taxistas me señalaban maliciosamente con el dedo y me pitaban mientras reían exageradamente pasando de largo.Algo estaba ocurriendo. No podía saberlo pero algo estaba pasando alrededor de mí.Con un tembleque sobrehumano me dirigí a la boca del metro más cercana. Solo quería llegar a mi casa, estaba empezando a encontrarme realmente mal.
Al poco de introducirme en la estación de Metro “Bilbao”, me di cuenta de un detalle que me puso los pelos de punta: allí no había nadie más que yo.Eran las 17:00h y en el metro de Madrid no encontraba ninguna persona excepto yo. A esa hora cualquier día de la semana, el metro estaba lleno de gente. ¿Qué me estaba pasando? ¿Me estaba volviendo loco?Caminando por los largos y desiertos pasillos del metro, empecé a desesperarme por la impresión que me daba el ir solo por un lugar que normalmente estaba lleno de transeúntes.Una mujer que no conocía de nada me rascó la espalda, una recepcionista se comió mi dni, taxistas se reían sospechosamente de mí….ahora la única persona que había en el metro era yo,¿qué estaba ocurriendo?. Era imposible entender algo de lo que me estaba sucediendo.De repente, llegué al andén donde cogería el tren que me llevaría a mi casa y, al fin, allí había alguien. Estaba un poco lejos, no lo distinguía bien. Me fui acercando y vi como la persona que estaba a la otra punta del andén era un guardia de seguridad. Me dirigí hacia él a gran velocidad, corriendo, ansioso de una explicación lógica. Sin preámbulos y con muchos nervios le pregunté qué era lo que estaba ocurriendo, porqué no había gente en el metro.No me lo podía creer. El guardia de seguridad empezó a hablar en un castellano antiguo, latín o una de esas lenguas muertas de las que es imposible entender nada por mucho que precedan a nuestro idioma. No me podía comunicar con él.
Una vez que empezó a hablar, no paró. Yo me quedaba mirándole intentando entender algo de lo que decía pero era imposible.El tren llegó y paró en la estación con absoluta normalidad. Accedí al vagón mientras que el guardia de seguridad, mirándome a través de las ventanas del tren, continuaba con su sermón como si de un robot se tratara.El interior de los vagones estaba totalmente vacío. ¿Dónde estaba la gente?A pesar de que me daba la impresión de que el metro iba más deprisa de lo habitual, el viaje se me hizo interminable, parecía que nunca llegaría a mi casa.Empecé a sentir miedo. Recapitulé todo lo que me estaba pasando. Todo era absurdo y sin sentido. No sabía que hacer, solo quería llegar a casa y contarle, no se de qué manera, todo a Foog.
En cuanto el metro paró en la estación de Valdezarza y abrió sus puertas, salí a toda prisa del suburbano y ya en el exterior me dirigí a la calle Ochagavía, donde se encontraba mi humilde piso.Según llegaba a mi casa me sentí relativamente mejor. Mi corazón latía a un ritmo normal y el miedo que tenía disminuyó.Entré en el portal y me dispuse a tomar el ascensor junto a una vieja monja que allí se encontraba. Ya dentro del ascensor, la hermana pulsó el botón del quinto piso mientras que yo pulsé para ir al cuarto.Según ascendíamos, observé la vieja cara arrugada de la monja, me percaté de que ella me miraba seria y desafiante. Desvié mi mirada hacia el panel digital del ascensor mientras un escalofrío recorría mi cuerpo entero. De repente, ya en el cuarto piso, a la vez que se abría la puerta del ascensor, la monja, con una fuerza inesperada, me agarró el brazo, y me dijo con una voz que nunca olvidaré:-Vas a morir cabrón.
Salí del ascensor con un miedo incapaz de describir. Me encontraba en el rellano buscando desesperadamente las llaves de casa mientras que la monja, todavía en el ascensor y con la puerta abierta, me insultaba con todo el odio del mundo.Por fin encontré las llaves dentro de mi bolsillo interior. Abrí la puerta apresuradamente y accedí casi sin aliento cerrando de un portazo.
Me quedé apoyado en la puerta de mi casa con los ojos cerrados fatigado por el peor día me mi vida. Dejé de escuchar los bárbaros insultos de la religiosa y ahora escuchaba la música a todo volumen que salía del salón. En ese mismo instante una mujer mulata vestida con muy poca ropa me agarró y empezó a bailar a mi lado. No daba crédito…esto no me estaba ocurriendo a mí.Me dirigí hacia el salón. La mulata me perseguía cantando e intentando agarrarme para bailar. Cuando entré en el salón y vi a más de 50 personas apiladas bailando una música que nunca pude recordar, mi corazón empezó a latir tan rápido que me llegué a sentir críticamente mal; no podía respirar con normalidad, me faltaba el oxígeno.Entre la gente que bailaba eufóricamente pude reconocer a varios de los taxistas que había visto momentos antes. Seguían en su línea, no dejaban de bailar mientras me miraban y se reían con descaro.Había gente que venía desde la cocina con vasos y cócteles, otros iban hacia allí formando congas arrítmicas. Todo el mundo me miraba sonriendo y me empujaba para que bailara. Yo me encontraba sin fuerzas para intentar hacer algo que cambiara la situación que estaba viviendo en mi propia casa.Me dirigí hacia la cocina entre la masa de desconocidos que se divertían como locos. Chinos, travestís, gente disfrazada, jóvenes de color, varios policías…..me crucé con todo tipo de personas. Ya no podía más, agobiado entre la multitud empecé a gritar llamando a Foog con las pocas fuerzas que me quedaban. No podía avanzar en el propio pasillo de mi casa. Se había formado un tapón humano y nos movíamos casi sin aire. Yo no podía más, estaba totalmente derrotado, gritaba llamando a Foog pero Foog no estaba allí. Cuando la corriente humana me dejó en la cocina me encontré con una barra de bar provisional que habían improvisado con las 2 mesas del salón. Esta fiesta me estaba volviendo loco, la vista se me nublaba y mi cuerpo amagaba con recaídas que me podían hacer desfallecer en cualquier momento.Encima de la barra de la cocina, dos mujeres bailaban como locas y Foog apareció riendo y cantando amarrándome por detrás.
-Pero dios mío Foog, ¿qué es todo esto? ¿qué está pasando aquí?
-¿Pero no te has enterado? Hoy es el fin del mundo. Hoy se acaba la vida. ¿Pero en qué país vives? ¿Es que no ves la televisión?…Hoy cada uno hace lo que le plazca…
Ahora si que tenía todo más claro. Me estaba volviendo loco.Miré hacia las dos chicas que estaban sobre la barra y me di cuenta de que eran la camarera que me rascó y la recepcionista que se comió mi dni. Ellas me miraban sonrientes e iniciaban prolongadas caricias y besos apasionados mientras que todos los asistentes, incluido Foog, las vitoreaban y gritaban de júbilo.
No sabía que hacer. Estaba totalmente saturado. Me rendía al barullo de la fiesta que aumentaba cada vez más. Me metí entre la masa festiva del pasillo con la idea de intentar cruzar hasta mi habitación. Quería saber si podía estar a gusto en algún lugar de mi propia casa, quería descansar solo. La única esperanza que tenía era mi cuarto, tuve la sensación de que allí estaría más tranquilo.Sudando y con alguna lágrima en mi mejilla abrí la puerta de mi habitación con mucho miedo, deseando con todas mis fuerzas que allí dentro no hubiera nadie y pudiera descansar del agotamiento psicológico que tenía.La oscuridad me produjo algo de paz. Una vez dentro, cuando di el interruptor de la luz y me vi metido a mí mismo en la cama durmiendo como un angelito, exploté y empecé a llorar. Me dio un ataque de ansiedad, no entendía porque todo esto me estaba pasando a mí. Era muy joven para perder la cabeza, era muy joven para volverme loco….Llorando y gimiendo me dejé caer en la cama junto a mí mismo y en cuanto cerré los ojos, me quedé dormido junto a él…., me quedé dormido junto a mí……
El despertador sonó más temprano que nunca. Ya había llegado el día. En tres horas estaría volando hacia las Islas Samaj-Sari. Vaya nochecita, pensé mientras me secaba un rostro todavía sudoroso. Sin duda había sido la pesadilla más rara y surrealista de mi vida.Me espabilé en poco tiempo dejando el extraño sueño en el olvido y desayuné pensando en los siguientes quince días.Tomé un taxi que me llevó al aeropuerto. Una vez allí junto a mi maleta, me encontraba más emocionado que nunca… ahora sí que estaba apunto de partir hacia las Islas Samaj-Sari.
Me situé en la larga cola de personas que iban a facturar. Me dio la impresión de que la cola nunca se iba a acabar, pero esta fue bastante deprisa. En unos instantes ya me encontraba de los primeros.De cara angelical y voz de radio, una joven y guapa azafata me sonrió solicitándome mi Dni. En ese momento, en mi cabeza se materializó la pesadilla que esa misma noche tuve y mis manos fueron a la cartera en busca de un Dni que nunca encontré.Mi desesperación era terrible pues era imposible volar sin dni. La azafata me ordenó que me retirara de allí puesto que había mucha gente todavía por facturar.Pero ¿dónde estaba mi Dni? No puede ser, sólo fue un sueño, pensaba sin entender nada de lo que me había ocurrido. Mi dni siempre estaba en la cartera… Me sentía tan mal…..Empecé a pensar en todo lo que esa noche soñé mientras veía como cerraban el Stand de facturación……Dios mío, pensé, no iré a las Islas Samaj-Sari.Se me cayó el mundo encima. Con todo preparado, pagado y organizado me quedaría en tierra por algo tan simple como no tener el dni para facturar.
Mis lágrimas empezaron a dejarse ver. No podía contener la rabia mientras miraba el billete de avión en mis manos, Destino: Islas Samaj-Sari.Lloraba sin perder de vista el billete de avión y daba vueltas a todo lo que me había ocurrido. Mi mente giraba bruscamente de un lado a otro buscando explicaciones entre el mundo de la vigilia y un mundo real del que no estaba seguro que lo fuera.Estaba hecho un lío. Leía una y otra vez en el billete del avión: Destino: Islas Samaj-Sari………Islas Samaj-Sari……….Islas Samaj-Sari……Samaj-Sari……Samaj-Sari….. de nuevo me estaba volviendo loco. Todo me daba vueltas….todo lo veía al revés……De repente el nombre de las Islas se dio la vuelta.Jamás Irás, leí mientras me secaba las lágrimas.
Solo me pude consolar pensando en que todo lo ocurrido fuera un sueño. Me senté en un banco del aeropuerto con el billete de avión en la mano y con la esperanza de que sonara realmente mi despertador.

Coincidencias

Decidió coger el teléfono aquella noche porque necesitaba a alguien con quien hablar. Estuvo sonando un buen rato hasta que crujió el sofá, sonó un pitido y una voz altanera cargada de estática surgió por el igualmente altanero altavoz. A Johrson nunca le había gustado relacionarse de aquella manera, pero esa noche era distinto. Se podía percibir una sensación extraña en el aire, prácticamente imperceptible, y una serie de recuerdos acudieron raudos a su mente. Unos recuerdos que le traían a la memoria sensaciones que hacían que el estómago le diera vueltas, algo que no le gustaba en absoluto.

Hacía un frío propio de finales de otoño. Era de esa especie que cala hasta los huesos, se te mete dentro del abrigo, y luego vuelve inmediatamente hacia las copas esqueléticas de los árboles, como un espíritu del aire juguetón y risueño, echa su gracia y dejando a tu espina dorsal con un susto de muerte. El camino empedrado, totalmente cubierto de hojas tardías, acunaban el sonido de los zapatos de Johrson, mientras trazaban una ruta sin destino aparente. Pero Johrson iba cavilando para sí, porque desde que aquella noche que recibió la llamada, no había podido pegar ojo. Posiblemente le atrajo la idea de reunirse en este parque retirado de la mano de dios, pero ahora no estaba seguro de haber querido hacerlo. Siempre fue inseguro, prácticamente para casi todo, justo desde que esa voz que recordaba tan bien pasara a formar parte de su amplio imaginario personal, en aquel período concreto de su vida, siempre con su toque de sarcasmo y condescendencia. Supuso que no podía ser realmente culpa suya, pero aún así, eso no significaba que a Johrson no le pusiera enfermo e irritable. Tan apartados habían quedado esos recuerdos en su cerebro, que ahora que no tenían donde esconderse pugnaban por salir de nuevo.

Caminó sin rumbo fijo por el recinto del parque, un pequeño ecosistema poblado de ardillas y castaños de indias que convivían en una total y natural armonía. No había signos de maltrato, ni siquiera en los bancos, cuando la moda actual era que los jóvenes practicaran su vana literatura con escritos y poemarios diversos, con escaso éxito. Cientos, quizá miles, de hojas, cubrían el camino, y si uno alzaba la vista, podía contemplar un cielo grisáceo, que invita al hogar y a la lectura, bajo el abrigo de una manta y un libro favorito en la mano. Y a ser posible con un buen tabaco de pipa y un chocolate caliente, de los de antes. Pero, ay, cuan gratos recuerdos trae consigo aquella pérgola de allá, la que está cerca del muro combado. Johrson rememora cómo de pequeño acudía aquí, haciendo novillos, para pedirle, más bien rogarle, al gentil heladero de entonces que le sirviera uno de esos ricos chocolates espesos y calientes, a veces pagando y otras tantas sin pagar, a falta de una triste moneda que llorara en su bolsillo. A punto para los instantes en que las manos enfundadas en guantes de lana con remiendos dejaban pasar al frío insolente y se tornaban azules, momento en el que el mágico brebaje hacía su labor. Y eso cuando era invierno, porque en verano, el famoso heladero se transformaba en vendedor de sorbetes y todos le pedíamos uno para aplacar el insoportable calor, momento en el que nos poníamos a la sombra para degustar nuestra recién adquirida genialidad. Y mientras tanto, hacíamos comentarios ingeniosos sobre la fortaleza roja que se divisaba más allá, un castillo de antiguos tiempos y lugares, ahora tan sólo recordado en leyendas populares. Pero cuando se es bien joven, esas situaciones de la vida pasan rápidamente sin que uno llegue a percatarse en su totalidad. Es triste, pero es cuando se alcanza la edad madura cuando todo eso se recuerda con ilusión y algo de optimismo, y cuando el propósito del tiempo es sobrepasarte poco a poco, minuto a minuto, la nostalgia invade cada parte de tu ser y esa pérgola gris, cubierta de herrumbre, desgastada, con el suelo de mármol repleto de hojas, habla por sí sola y trae más dolor que otra cosa.

Eran ya más de las siete cuando Johrson consultó el reloj de su recién adquirido aparato telefónico portátil. Cerró la tapa de un golpe y un gesto de disgusto, por dos razones: primero, porque no le gustaba en absoluto que le hicieran esperar, segundo… porque comenzaba a hacer un frío insoportable. Y llegó a impacientarse cuando pensó que ahora mismo podría estar ya rumbo a su casa, a su refugio particular, a sus libros. Así que a los pocos minutos puso rumbo a la salida sin pensarlo ni un minuto más. Por mucho que hubiera estado enamorado en el pasado, no iba a cambiar ahora su forma de pensar, para nada en absoluto. Iba riéndose todo el camino de su propia ocurrencia, dejando atrás lugares recordados de la infancia y el noviazgo, para arribar a la verja de entrada, estirar la mano y abrirla. Tiró de nuevo, pero no, aquello no se movió ni un ápice. Tras unos instantes de duda, giró la cabeza hacia el cartel de pie que indicaba los horarios, pero o bien querían gastarle una broma o decía mentiras como puños de arena. El barro de la cartulina indicaba claramente que se echarían las llaves a las nueve en punto, faltaban aún dos horas para eso. Johrson miró en derredor, y como en la caseta del vigilante no había un alma, trató de buscar una salida alternativa, posiblemente tras esa sección de muro derruido tras la pérgola abandonada. Desgraciadamente, estaba lo suficientemente familiarizado con el parque como para saber que había una caída de más de diez metros tras cada sección del recinto. Hubo una vez una verja tras el condensador eléctrico que ofrecía buenas escapadas, pero mejor sería no intentarlo. No más recuerdos.

Al llegar al sitio indicado, trató de auparse apoyando las manos en la pared y sus pies en los ladrillos caídos. Hizo uno, dos, tres esfuerzos, y consiguió alzarse un par de metros como para poder estirar el cuello y atisbar el horizonte. Inmediatamente, y sin previo aviso, hubo un tremendo fogonazo amarillo y un destello impresionante. El sonido quedó ausente durante unos segundos, y Johrson cayó hacia atrás, perdiendo todo agarre posible. Sus costillas golpearon un tronco de madera podrida y su cabeza dio mil y una vueltas cuando chocó contra algo punzante, pero siempre había tenido la cabeza muy dura y apretó los dientes para soportar el dolor. Trató de moverse, pero tenía el tobillo roto y algo clavado en la espalda, no sabría decir qué. Tan sólo podía torcer la muñeca y agarrar la cazoleta de su pipa, preparada, del bolsillo de su americana. Así lo hizo, y enseguida una voluta de humo se alzó hacia el cielo, impregnando el ambiente de un aroma añejo y dulzón.

- Jamás hubiera imaginado que mi vida terminaría de esta manera. Miradme, encerrado en un parque viejo y mohoso, medio ciego, dándole caladas a una pipa que llevo siempre en el bolsillo por gusto, cuando, joder, a mí realmente no me gusta fumar. Qué ironía. Y todo esto no ha sido más que una fantasmada para traerme aquí y recordar todo, nada más que angustia, cuando yo nunca le he hecho nada a nadie. A mi, que siendo pequeño, todo el mundo siempre me decía: “¡Algún día te caerás y te abrirás la sien! ¡Algún día te partirás la cabeza! ¡Que no subas por ahí te he dicho!”. Odio que tengan razón, lo odio con todas mis fuerzas. Y también odio la suerte. Aún ahora dudo que exista, pero no, no es precisamente la sien lo que me he abierto. Cojones, cómo duele.

Entonces torció la mandíbula y un borbotón de sangre emanó de su boca. Descendió como melaza, recorriendo la poblada barba blanca, resbalando hasta impregnar el pecho de la americana marrón. Otro cauce siguió resbalando, por el brazo, llegó hasta la codera, pasó por la mano, hasta los dedos, y finalmente, pasando cerca de una pipa de ébano, alcanzó un aparato electrónico extendido en el suelo. Su pequeña pantalla agrietada de reluciente color azul emitió algo. Poco alcance de ondas, posiblemente.

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Un manto gris que lo cubría todo. Una calma inusitada y totalmente inesperada que se palpaba en el aire. La noche artificial que llega y no parece querer irse, a gusto con su nueva casa, su hogar, sobre el parque centenario que no ha podido cubrir del todo al hallarse sobre las alturas. La fortaleza roja como un anexo ahora de color gris, el color de la ceniza, pero imperturbable. Una pequeño destello azulado entre las sombras, teñido de rojo y apagándose, retirándose hacia el olvido cuyo destino podría haber sido otro. Y abajo… una ciudad que duerme.

Inmunes y apáticos

- Expediente 8.40/2 -- Información para Civiles - “Día 836 de la Era Instintiva.Me llamo Eleanor Watling, y la primera quincena de Marzo del año 2027, permaneceré en la Plaza de España de Sevilla (Comunidad Autónoma de Andalucía, España) a la espera de aquellos que no hayáis sido afectados por la enfermedad ACEI (Alteración Cerebral Estimulada Involuntariamente).” • Eso que habéis leído es uno de los miles de mensajes impresos, radiofónicos, televisivos e informáticos que bombardean la nación española. Hace dos años, tres meses y varios días, la humanidad dejó ver sus instintos primarios. Debido a las terriblemente trágicas noticias e informaciones vertidas por medios de comunicación de manera fría e indolente diariamente durante años, la mayor parte de la raza humana sufrió alteraciones cerebrales que cambiaron el raciocinio humano por los instintos más primarios: supervivencia, alimentación y reproducción. La humanidad fue clasificada por científicos en dos grupos: los Inmunes (sanos) y los Apáticos (enfermos).Por ahora no se ha encontrado cura, pues el problema es cerebral y no viral. Además no hay suficientes doctores para tantos afectados. La civilización Inmune sobrevive en pequeños Núcleos Seguros: centros urbanos amurallados o protegidos mediante vigilancia informatizada. Los medios de comunicación ya solo son utilizados para informar de la localización de dichos núcleos de supervivencia. • Hasta hace unos meses no se habían contabilizado ataques a humanos sanos por parte de afectados por la enfermedad ACEI, los cuales han causado la extinción de cientos de especies por el mero hecho de alimentarse. El canibalismo se extendió entre los Apáticos, pero nunca llegaron a atacar a los civiles Inmunes. No hasta hace unos días.Unidades de investigación científica de Estados Unidos, Alemania, España, Japón, Argentina y Egipto notificaron a naciones de todo el mundo que habían sufrido ataques por parte de los Apáticos. Parece que ahora han creado una forma de vida propia… Una civilización alejada de la ley, el orden y la humanidad. Haberles abandonado a su suerte no había echo sino empeorar la situación.Yo sé de esto porque contribuyo a la supervivencia de humanos sanos. Pero ahora todos estamos en peligro, y cuento esto como única esperanza para el futuro. Hace un día me uní a un grupo militar de búsqueda para encontrar a varios investigadores y científicos que trabajaban fuera del los Núcleos Seguros; en laboratorios privados. Intentaban hallar una cura, y lo lograron. El científico Ernest Stuart consiguió crear robots a escala molecular para interferir en los impulsos eléctricos que transformaba a los humanos en bestias de un cuento de terror.Ahora capturamos a nuestros iguales para insertarles estos robots, pero son demasiados. Perdemos más hombres y mujeres de los que salvamos. Los apáticos siempre van en grupos y, aunque poseemos el equipamiento adecuado, ellos se las ingenian para hacernos sentir como el cazador cazado.Si la situación no mejora en unas semanas, nos pensaremos seriamente la opción de realizar un ataque a escala mundial. Tendremos que reconstruir la sociedad en su totalidad, pero es lo más cuerdo que se nos ocurre hacer para despertar de esta pesadilla que ha durado ya demasiado. • Ya se ha tomado la decisión. Las semanas han transcurrido, y la situación ha empeorado alarmantemente. Esto se ha convertido en una guerra, y los enfermos tienen más posibilidades de ganar. El armamento militar es la solución definitiva.Ahora me encuentro en un recinto subterráneo bajo la ciudad de Barcelona. Esta ciudad está destruida, pero es el lugar con menos concentración de Apáticos de toda Europa; no sabemos por qué se da tal hecho. Desde aquí se controlará todo lo que ocurra en próximas horas. Cada nación ha preparado, en la medida de lo posible, el armamento a utilizar. • Está hecho: las bombas han caído. Según lo previsto, la comunicación con las distintas autoridades mundiales no se recuperará hasta pasados varios días. Rezo porque haya merecido la pena este gran sacrificio. • Accedo ha este documento por ultima vez. Todo se ha acabado… para todos. Un terremoto y otros cataclismos se han producido por todo el planeta. La superficie terrestre esta deformada, y el magma emerge a la superficie por doquier. La mayor parte de las zonas elevadas han desaparecido a causa de las bombas y de las catastróficas fuerzas de la naturaleza; enfurecida por las acciones humanas.En un último intento por remendar los errores, varios científicos han creado una especie de máquina del tiempo. Mediante potentes imanes se ha creado un campo magnético rotatorio que ha creado un agujero negro totalmente controlado y estable. Creemos que funcionará como maquina del tiempo, o como modo de desplazarse mas rápido que la luz. No hay tiempo para experimentos, se activará la maquina y se enviará este documento.Si está o están leyendo esto, significará que lo hemos logrado, y podrá cambiar este infierno futuro haciéndoles llegar esta información a las autoridades. O tal vez lo encuentre una raza alienígena situada a millones de años luz de la tierra.Espero que esta información no se convierta o confunda con un simple cuento de escritor. -Fin del archivo--Expediente 8.40/2-

Un hombre desnudo


Autor: Francisco J. Illán Vivas








Leí que un hombre desnudo es siempre otro hombre, al que sólo conoce su mujer, o el equipo de fútbol en las duchas, después del partido.
La amistad, en una relación de oficina, sólo reconoce la cabeza y las manos― los pies, si acaso, en verano, cuando calza sandalias―. El cuerpo es para después del horario de trabajo.
El cuerpo, el hombre desnudo, retiene su secreto incluso en la intimidad de la alcoba, con las luces apagadas.
Yo suelo sentir frío, la desnudez más profunda que la ropa, por debajo de la piel, abriendo los poros de la misma a los ojos, a las miradas. Desde que me recuerdo me ha costado esfuerzo, mucho esfuerzo, una encarnizada lucha interna desprenderme de la piel, para presentarme a ti desnudo, con la rojiza carne al descubierto, sólo para ti, para tus ojos.
En tu caso era más fácil, la sutil bata de seda dejaba poco lugar a la imaginación, pero, en mi caso, ya te dije que algunas cosas no se pueden describir, hay que verlas. Y aunque me haces feliz, me llevas por el camino, por el mar, por el amanecer, entre los aromas de mil miles de flores, deseando estar contigo, añorando tu voz incluso cuando la escucho, noté como un escalofrío indescriptible te azotó, pegándote la lengua al paladar.
¿Qué sentiste? Nunca lo sabré. Por que la vida guardó silencio, como lo hizo la última vez que me desnudé, en las profanas horas que precedieron al grito Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?

El velo naranja

Eso era lo que parecía el cielo, un denso y brillante velo naranja. Aquel era el color predominante, como si se encontrara congelado en un eterno anochecer. El señor de los anillos, Saturno, se encontraba en el centro del firmamento, siempre y cuando las rotantes nubes se lo permitían. A sus pies, trozos duros de hielo del tamaño de una mano y puntas quebradas como el silex se esparcían, formando un paisaje rocoso familiar. Los valles quedaba a su espalda, excavados en la accidentada superficie que adoptaba una forma carcomida, como si fueran víctimas de una constelación de enormes insectos. A pocos pasos se encontraba un opaco lago, el objetivo de su pequeña excursión. Se acercó a pequeños saltos y sus ojos lo enfocaron mejor. El lugar que ocupaba el agua en su planeta le correspondía al metano en aquel desolado territorio. Como niebla líquida, se asentaba en las partes más bajas, creando lagos y mares de color plateado o blanco. Más lejos, a su derecha y a una segura distancia, podía ver el cono de un volcán y su particular mezcolanza de gases y magma, que se deslizaba perezosamente por su chimenea aunque no era este una criatura de corazón cálido si no más bien lo contrario, según le habían informado su compañera de expedición. Mientras comenzaba la tarea que tenía encomendada, rememoró los caprichosos motivos que habían escogido aquel terreno y no otro de los muchos mundos a descubrir. Los políticos profesionales que dirigían su país, con esa amplia visión de futuro que les caracteriza, optaron por no favorecer la instalación de sus ciudadanos en Marte, desanimándolo a ello en la medida de lo posible.
“Somos amigos del pueblo de Marte, no invasores” y de ese modo se perdió la posibilidad de establecer bases que permitieran la emigración y el avance de la ciencia. Cuando llegó la fecha tope marcada por el acuerdo, la Autoridad Transitoria de Marte invitó a irse a todos los que no estuvieran en la lista, formada por todos aquellos que poseían una colonia en el planeta rojo, aunque fuera una reducida instalación atmosférica, aniquilando las expectativas de mucha gente. Como premio de consolación se abrió el resto del sistema solar para explorar y asentarse.
Los gobiernos suben y bajan, como las mareas. El que sucedió a los pro-rojos cambió el rumbo de forma drástica. Un ambicioso programa tecnológico y aquella misión, les permitirían recuperar el tiempo perdido. No le importaba, donde aquellos hombres de coche oficial y moqueta mullida veían formas de promoción personal y de mantenerse en el poder, su formación como bioquímico, experto en ambientes hostiles, le permitía encontrar en aquel mundo anclado en tiempos remotos las moléculas precursoras de la vida. Había indicios de hidrocarburos en grandes cantidades, metano y posiblemente etano, formaldehídos y otros compuestos orgánicos sencillos. Con una atmósfera densa que los resguardara convenientemente de la letal radiación del cinturón de Van Halen y la energía que les aportaba el Sol, se daban todos los factores para que la vida surgiera de forma espontánea. Las temperaturas bajo cero, que amenazaban con atravesar la gruesa cobertura de su traje espacial, no sería un obstáculo para su desarrollo, posiblemente resultase la chispa que le hacía falta.-¿Vamos a comer? Una firme mano se posó sobre su hombro.-Vamos -le contestó – Ya tengo todo lo que me hacía falta.Subió a la parte de atrás de aquel extraño vehículo sin carrocería, en un asiento plegable justo encima de las pesadas baterías. Sostenía sobre su pecho el maletín con todas las muestras que había obtenido en su corto paseo. Su compañera geóloga se encontraba junto al conductor. Le sonreía tras el casco, la sonrisa de blanco marfil y su piel oscura delataban el origen africano de René.Le había hablado emocionada de los descubrimientos que aquella expedición tenía encomendada, crio-volcanes los llamó, aunque también era fácil relacionarlos con algo demasiado arriesgado. Se encendió el motor eléctrico y comenzó el traqueteante camino a casa. Al menos durante las próximas semanas.

Con esas cosas no se juega

15 de Enero de 1880.

Como era de esperar, todo estuvo listo y en perfecto estado de revista a finales de diciembre; pero aun así la salida se postergó a causa del clima. No fue hasta dos semanas más tarde, y en vista de que el temporal no amainaba, que la fragata británica “El Atlanta” zarpó rumbo a Inglaterra. Bajo ningún pretexto se podía demorar más el retorno.
En cualquier caso, y pese a que el tiempo no resultaba propicio para una travesía tan larga, no existía el menor peligro al tratarse de una embarcación de este calado y tan reciente manufactura. A lo sumo se podía esperar que las inclemencias retrasaran en unos días la llegada, o hicieran el viaje menos agradable; empero las circunstancias especiales impuestas era un barco de la armada, y tales condicionantes carecían de trascendencia.

Era la tarde del quinto día. Una tarde que tocaba a su fin, y en la que el frío empezaba a arreciar. Un sol vigoroso que durante toda esa jornada estuvo campeando por derramar su luz más allá del rebaño de nubes que se ensombrecían al alejarse o se hacían jirones arrastradas por el viento, se despedía sin perder su fulgor. Y a medida que se sumergía en la inmensidad ofrecida por el oceánico horizonte, dejaba sobre él su anaranjado halo.

Al llegar estas horas el trajín en cubierta venía a ser inexistente, puesto que un nutrido número de cadetes bajaba al comedor; algunos para seguir allí con la labor, y otros que tras terminar sus quehaceres arriba, esperaban el turno de la cena. En un barco militar donde viajaban doscientas noventa personas no podía ser de otra manera.

Momentos más tarde, salvo por los puestos en los que era estrictamente necesario dejar a alguien, la cubierta hubiera quedado vacía de no ser por una parte del reducido elenco de personalidades civiles que, a última hora y acreditados por un salvoconducto del gobernador ingles en Islas Bermudas, pasaron a formar parte del pasaje.

En una parte habilitada expresamente para ellos, más para que no incomodaran en las tareas de a bordo que por deferencia, la señora Kimbal y la anciana señora Sandler se entregaban por inercia a cumplir con su cotidiano ritual, ajenas tanto a los que estaban a su cargo como al resto de lo que era externo a su pequeño mundo particular. Ritual conocido, y que se ha practicado en todos los lugares y épocas sin que la raza fuera un condicionante. De esta forma, se cumplía a la perfección lo que era propio que ocurriera al encontrarse dos mujeres ociosas de escasa inteligencia, que además de coincidir en banalidad y absurdez, no conocían otra forma de afrontar el tedio que hablando.

El valiente pirata navega en su barco.
El valiente pirata buscaba un tesoro.
El valiente pirata de pata de palo.
El valiente pirata de parche en el ojo.


Inducido por la inquietud propia de los pocos años, y cansado de mantenerse junto a las faldas de una madre que no le prestaba atención y se mantenía ajena a sus requerimientos, el pequeño Albert tomó a Pupo y se alejó cantando. Pupo era su nuevo juguete, un títere sin hilos que su padre le trajo a la vuelta de una escapada de negocios a México. Un “fantoche”, como allí los llamaban, que representaba la figura de un pirata, al que decidió darle ese nombre basándose en la historia de uno francés que así se apellidaba y que su padre tuvo a bien contarle unos días antes; uno de esos tan escasos en los que no estaba enfrascado en traducciones y montañas de papeles, y recordaba que tenía una familia.

El valiente pirata navega en su barco.
El valiente pirata buscaba un tesoro.
El valiente pirata de pata de palo.
El valiente pirata de parche en el ojo.


Inmerso en un utópico mundo de fantasías y canciones, el pequeño Albert deambulaba por la cubierta de aquel barco de guerra sin contar con la supervisión de un adulto. Una y otra vez repetía aquella estrofa, la única que había conseguido aprender de la canción; y que en ocasiones la interrumpía para interpretar un improvisado teatrillo en el que él, a las órdenes de Pupo, buscaba ese tesoro escondido. A falta de niños que se prestasen a jugar, solo mantenía las conversaciones, alternado la voz cuando tenía que meterse en el papel del valiente pirata, al tiempo que trataba de emular ese deje afrancesado que su padre utilizó para contarle la historia.

El valiente pirata navega en su barco.
El valiente pirata buscaba un tesoro.
El valiente pirata de pata de palo.
El valiente pirata de parche en el ojo
.

Caminó de un lado a otro durante largo rato, con la cabeza gacha y sin destino cierto, sin prestar atención a los posibles peligros que pudiera haber en su entorno. Sin saber que, escondido en la popa, alguien le esperaba, alguien que, con una perturbadora sonrisa, se mostraba entusiasmado al comprobar que todo salía como él imaginaba. Junto a esta agazapada figura algo se agitaba con viveza dentro de una funda de tela, algo a lo que, para que se aquietara, dio un golpe seco con la mano que sostenía el cuchillo.

El valiente pirata navega en su barco.
El valiente pirata buscaba un tesoro.
El valiente pirata de pata de palo.
El valiente pirata de parche en el ojo.


Fue en el instante en que apenas unos pasos los separaban, cuando el asaltante tomó la funda de tela y un papel que había junto a ella y se arrojó con determinación sobre el pequeño Albert, que alzando la vista no pudo más que sentir miedo, ya no tanto por la sorpresa o el cuchillo, como por quien era su portador.

―¡Camina pirata!, y en silencio ―lo exhortó su atacante con la fría hoja del cuchillo impuesta sobre su garganta; y así lo hizo. Caminaron escasamente unos metros, para detenerse tras cajas y lonas donde se guardaban útiles de labor. Lugar previamente acondicionado para su plan.

Una vez allí, soltó, adrede y con malicia, la funda de tela con aquello que en su interior se revolvía, y que tras el golpe, si cabe, demostró aún más agitación; y acto seguido pisó con determinación uno de los extremos para afianzarla bajo su pie. El papel que en su mano sostenía pasó a la otra, y al quedar esta libre arrancó al pequeño Albert de las suyas el títere al que por instinto se aferraba con ambas manos, y que fue a parar con igual violencia a lo alto de una caja cercana. Del bolsillo trasero del pantalón el asaltante extrajo un abrecartas con forma de espada, supuesta replica exacta de la “Tizona” que en su día portara “El Cid”, y la clavó con vehemencia en el pecho de Pupo. Al ver esto el pequeño Albert lloró, como si en verdad aquel juguete tuviera una vida y acabara de ser arrebatada. Durante esta sucesión de pasos se mantuvo el silencio y el cuchillo en su garganta, al tiempo que la sonrisa de aquel espíritu se intensificaba cada vez que quedaba de manifiesto el dolor, la humillación y la impotencia, de aquella escogida víctima.

―Ahora estás solo. Tu amigo está muerto. ¿Qué vas ha hacer ahora, pirata? ―preguntó el asaltante mientras se deleitaba al deslizar el cuchillo por el cuello, por el rostro, y terminar dejándolo suspendido cerca de uno de sus ojos.

―¿No respondes, valiente? ―añadio apremiante.

―Dejame, Arthur, por favor ―se limitó a suplicar con voz trémula y apocada.

―¿Arthur?, yo no me llamo Arthur. Arthur ha dejado de existir. Yo soy Alhum. Soy el enviado de Shayrlur para abrir la puerta―. Tales palabras sembraron consternación y desconcierto, y el que supuestamente dejó de ser Arthur, adquirió, sin perder la sonrisa, cierto grado de circunspección.

―Tenemos que empezar antes de que sea de noche, ¡levanta esa tela! ―le ordenó con el cuchillo ya alejado de su rostro. Y eso hizo, para dejar al descubierto unos extraños dibujos pintados en el suelo.

―¡Ponte de rodillas dentro del circulo!

―¿Por qué, Arthur? ―preguntó con temor, llorando a lágrima viva.

―Te he dicho que Arthur está muerto, igual que Pupo, yo los maté a los dos ―confesó con seriedad, clavándole con maliciosa supremacía el intenso verdor de su mirada.―¡De rodillas!― volvió a ordenar al tiempo que mordiéndose el labio de rabia hacía ademán de apuñalarlo.

Tras tan categórica amenaza, el pequeño Albert se arrodilló en el círculo con la cabeza gacha, y así, mostrando una infinita sumisión, permaneció hasta que no buscando más que su interés el asaltante le golpeó en la cabeza.

―¡Sostén esto! ―impuso su agresor, tendiéndole la hoja de papel. Y así lo hizo.

―Ahora no hagas ruido y sostenlo bien. Como algo salga mal por tu culpa, te mataré a ti también ―dicho esto, pegó una patada, a modo de comprobación, a la funda de tela que había dejado de moverse desde hace un rato. Y al ver que su prisionero se revolvía, asintió en señal de conformidad.

Despacito, con voz grave, y otorgando al momento acusados tintes de teatralidad, comenzó el ritual.

¡Oh, Shayrlur, señor de las profundidades abisales escucha mi llamada!
¡Por la marca de Ahyair!
¡Oh, Shayrlur, soy Alhum, tu siervo! El que pretende traerte un glorioso despertar.
¡Por la marca de Nirdalf!
Despierta, ¡te lo imploro!, de ese sueño ancestral para recibir mi ofrenda.
¡Por la marca de Kehok!
Despierta, ¡y que la mar se embravezca!
¡Muestra tu poder Shayrlur!
y que esta vida que te ofrezco, no sea más que la primera de un festín de almas.

Mientras el ritual de llamada era pronunciado, el cuchillo cortaba con vehemencia el aire sobre la cabeza del pequeño Albert, dibujando formas cada vez que aludía a una nueva marca.

Llegado a este punto se agachó, y tras tantear, tomó a la anónima criatura confinada en la funda por la cabeza y la levantó del suelo. El cuerpo de ésta continuó agitándose. Acto seguido, hizo una incisión en la funda con la punta del cuchillo e introdujo su hoja, al tiempo que las palabras volvían a ser pronunciadas.

¡Oh, Shayrlur, señor de las profundidades abisales!
He aquí la sangre que sobre las marcas ha de ser vertida
para que se abra la puerta, y tomes conciencia de mi ruego.

Cuando dichas palabras fueron pronunciadas, sesgó con enérgica resolución la garganta del ser confinado; y su sangre brotó sin mesura empapando la funda, que hubo de ser sostenida sobre cada una de las marcas para que el hilo de sangre que de esta brotaba las ungiera. Con esto último el ritual de aquel improvisado invocador debería darse por concluido, pero el creyó que aún no era suficiente, y llevado por el deleite que la situación proporcionaba, puso la funda sobre el pequeño Albert, para que la cálida sangre del cadáver se derramara sobre él. Pese a mantener la sumisión, el pequeño Albert acogió la sangre con un acusado escalofrió, intensificándose el temblor que había nacido en el momento que lo vio surgir tras aquellas cajas. Y fue justo después de ser ungido con ella, que esta, y la que se derramó sobre las marcas, se mezcló con el igualmente cálido orín que empapaba el pantalón del niño. Al ver aquello, el placer del agresor alcanzó unas cotas hasta entonces desconocidas, y en mitad de dicho deleite, vino a su cabeza la que a su criterio sería la mejor manera de poner un broche a esta situación. De esta forma, y manteniéndose tan ajeno a las consecuencias que acarrearían sus actos como desde el principio, decidió ponerla en práctica.

Confinado aún en su mortaja carmesí el cadáver fue arrojado por la borda, y al quedar la mano liberada de su carga, tomó al pequeño Albert de los rubios cabellos que de rojo se teñían, y con voz serena y el cuchillo impuesto sobre su cabeza se dirigió a él.

―Ahora voy a matarte Albert, te va a doler muchísimo.

Al oír la sentencia, emergió de la garganta del pequeño un grito desnaturalizado, y sin más amparo que el temor, luchó todo cuanto sus exiguas fuerzas le permitían por librarse de la presa. Algo que no fue difícil, porque retenerlo no era la intención de su agresor. Tras librarse, se puso en pie y corrió en busca de la protección de sus padres. De esa madre que seguía donde la dejó, hablando con la anciana señora Sandler, y a la que gritó al verla, pero sus gritos no fueron atendidos. Al llegar a hasta ella se arrojó en su regazo, ensangrentado, tembloroso y llorando a lágrima viva. Y lejos de poder asimilarlo, la señora Kimbal se desmayó.

Algún tiempo después, cuando la señora volvió en sí, examinaron al niño para comprobar que la sangre no era suya, y consiguieron hacerle hablar, buscaron al causante, al tiempo que fueron a reconocer el lugar para disipar la que por entonces estaba llamada a ser la mayor de las inquietudes: saber de quién era la sangre.

Cuando llegaron al lugar donde todo aconteció esa parte de la cubierta estaba húmeda y las marcas se había borrado, pero no los restos de sangre que empaparon la madera.

No fue fácil encontrar al causante, pero al final apareció agazapado en el interior de una de las barcas de salvamento cubierto con una lona. Se le llevó al puente de mando, ante la señora Kimbal y el capitán de la fragata.

Apenas los vio entrar, la señora, Kimbal, se abalanzó sobre él, y aferrándolo de los hombros le gritó fuera de sí: ―¡Arthur Kimbal III, eres un demonio!, ¡un demonio!, ¿me oyes? ¿Por qué haces estas cosas?, ¿Quieres matar a tu madre de un disgusto verdad? ¿VERDAD?

Las reprimendas continuaron hasta que el capitán medió para calmar los ánimos, y poder tratar el delicado asunto de la sangre. Mientras la madre permanecía aparte llorando desconsoladamente y lanzando lamentos y quejas que no hacían más que interrumpir, el capitán interrogó al muchacho. Al que escasos instantes después devolvió a su madre, y cuya confesión le sorprendió, al tiempo que hubo de concederle cierto alivio cuando supo de quién era la sangre.

Aclarado ese punto, todo lo demás pasaba a ser un conflicto meramente familiar, y una vez estuvieron fuera del puente de mando, la madre prosiguió con la reprimenda hasta dictar sentencia.
―¿Cuántas veces te hemos dicho que te portes bien? ¿Cuántas, que con los papeles de papá no se juega? Que sepas que vas a estar castigado el resto del viaje, y en cuanto tu padre termine de trabajar se lo voy a contar todo.

Lo que la madre no sabía, y el padre averiguó de las explicaciones, es que aquellos papeles no eran como el resto, que el texto que copió para efectuar el ritual estaba sacado íntegramente de un libro arcano que bajo llave él tenía escondido. Libro que el joven Arthur vería ocultar junto con la llave, que se dedicó a curiosear y terminó copiando en ausencia del padre para gastar una macabra broma a su hermano. Una broma que, por otro lado y conociendo la naturaleza de los textos, no atribuía a su hijo. Mientras encajaba cada una de las piezas que pudo ir extrayendo de aquella extensa charla preñada de banalidades, tomaba consciencia de la gravedad del asunto. Y de este modo continuó, hasta que supo con exactitud qué pasaje fue copiado. Al tomar pleno conocimiento de este suceso las barreras de la razón se rompieron. Su voluntad se quebró, y una mueca demencial se dibujó en su rostro. Y hablando para sí, como si le fuera concedida una revelación, salieron de sus labios las últimas palabras.

―Nos ha matado a todos ―se limitó a decir antes de que brotara de él la risa, una risa convulsa y espasmódica, una risa insana, que lo poseyó hasta tornarse algo agónico, una risa, que representaba la inexorable pérdida de su cordura.

Continuó riéndose sin pausa, preso de aquella risa que su asustada mujer trató de atajar. Para sacarlo de aquel estado, le gritó, lo zarandeó, e incluso lo abofeteó en varias ocasiones, pero nada lo desligaba de aquella maldita risa. Con el pasar de los minutos empezó a enrojecer, se asfixiaba, sus ojos se llenaron de lágrimas, y alterándose con la risa y la tos, se revelaron las claras muestras de un acusado dolor interno, cuya ubicación se hacía visible al posar ambas manos con desesperación sobre la zona afectada. El tormento se prolongó durante veinticinco minutos, instante en el que murió a consecuencia de un ataque cardíaco.

A la mañana siguiente, la viuda del señor Kimbal seguía llorando su pena, y su hijo, Arthur III, trataba de consolarla como buenamente podía. Aparte, sentado en el suelo con Pupo en las manos, estaba el pequeño Albert, escrutando la hendidura que el abrecartas dejó en el pecho del pirata, al tiempo que lanzaba fugaces miradas al cuerpo sin vida de su padre. Ambos están muertos, pensaba.

En una habitación próxima, la doncella de la señora Kimball buscaba una funda de almohada que no encontraría. En otro lugar del barco, deambulando sin descanso, la anciana señora Sandler busca desesperadamente a Cloe, su gata Maine Coon, compañera inseparable durante estos últimos años, sin que nadie se atreviera a decirle lo que había sido de ella. Y en lo más alto, en el puente de mando, el capitán repasaba contrariado las cartas de navegación, comprobando una y otra vez las coordenadas con cuantos instrumentos de medición tenía en su haber, para que su desconcierto se viera acrecentado tras cada prueba. Había hecho esta ruta centenares de veces; y hasta hoy, no se había topado con aquella pequeña isla de unos dos kilómetros y medio de longitud rodeada de pequeños islotes flotantes.

Un agradable olor inundaba el ambiente de aquella soleada mañana de enero, que estuvo llamada a ser la última para las doscientas noventa almas que iban a bordo de “El Atlanta”.

Derramarse en los geranios

¿Qué dimensión es ésta donde los rayos de sol aun me hacen cerrar los ojos?. Me resisto.
Quiero guardar cada detalle de este inmenso metro cuadrado que me cobija. Mi terraza es una esquina al oeste por donde se va la luz. Aquí me vine para arañar la tarde. Nunca me pareció mas infinito el mundo que cabe entre el horizonte y mis manos, nunca tan largo el recorrido del aire por mis pulmones sin querer salir a perderse.
Me gusta sentir el frío de los ladrillos rojos. Hoy mas rojos.
Una planta de equivocado nombre “siempreverde” se ha recostado, como yo, en la pared y la he salpicado.
Aquí estoy esperando… Y por primera vez en mi vida no me preocupa el tiempo; ni el mío ni el de los demás.
A mi derecha, mas allá de la manta que me envuelve, está la calle. Una calle llena de gente normal que sonríe para poner un envoltorio convincente a sus vidas vacías.
Eso, el vacío es lo que más me duele. No, no es el silencio, es el vacío. Pues mi silencio está habitado por un latido tambaleante desde la sien al pecho cada vez con más desgana y menos prisa.
La vida pasa a mi izquierda entre el roce del cristal y mi cuerpo quieto. Tan frágil frontera me divide la sombra y ya no se bien de que lado estoy.
Mi espalda no se queja del abrazo de cemento que la mantiene erguida. El suelo está cada vez mas húmedo.
Me cuesta mirar al frente. No veo la libertad tras la cárcel efímera de las pestañas.
Mi horizonte al alcance de mi mano y mi mano atrapada aún en el ayer como una nota única en un pentagrama de sonidos vacíos.
Descansando en un hilo azulado, late mi pulso. Es solo una pausa, no un abandono, para encontrarse después en los pliegues del miedo y parar así su cauce.
Nadie se culpe del color ni del dolor que almaceno en mi sangre.
¿Qué dimensión es esta que me hiere la mirada?
Se confunde con la noche, o es la noche misma empapada de ausencias. Deshojando la luz va una pregunta sin respuesta…. Y de repente. Oscuridad. La nada.
Ni la noche se me hizo cómplice.
Desde el piso de abajo se oyen voces y gente, cada vez mas gente que miran hacia arriba. Gotas de sangre bajan sin prisa y riegan sin querer los geranios blancos de mi vecina.
Derramarse sobre los geranios no era el fin, solo un descuido imperdonable. Mi manta no fue muro suficiente para pararme la vida. Ni la vida suficiente muro para parar mi muerte.
Les oí decir en un intento de jugar a ser Dios… “llegamos tarde, mira, le están creciendo alas.”

La leyenda de la reina mora

Autor: Elisabet Parés



El pueblo brotaba sobre la roca, espolón de piedra que se erguía como gigante solitario en medio de los montes y los valles umbríos. Allí donde ni tan sólo las águilas anidaban, un puñado de gentes de raza agreste resistía un embate más temible que el aliento del cierzo y el azote de la tempestad.
Algún rey lejano, muchos años atrás, había cedido aquel feudo perdido a un capitán de su tropa, hombre bravo y audaz, venido del desierto. Acostumbrado al sol implacable y a la sequedad de las arenas, la fragosidad del peñasco y la sombra frondosa de los valles aparecieron ante sus ojos como un retazo del soñado paraíso terrenal.

El capitán trocó su sable por un hacha, y sus hombres abandonaron los puñales por azadas. La sangre guerrera de la medialuna se mezcló con la sangre oscura y densa de los ásperos hijos de la tierra.

Tras echar raíces en aquella tierra, el capitán quiso levantar un monumento bajo el cielo, y así fue cómo el solitario pilar de roca fue coronado con una espléndida muralla y un alcázar de piedra, traída a peso desde las canteras de las cercanas sierras hasta su inhóspito nido de gavilanes.

El bastión de Siurana se convirtió en emblema de una gloriosa conquista.

Pero la cambiante Fortuna y hizo girar su rueda con el paso de las generaciones y llegó el día en que los orgullosos condes del norte decidieron tomar las tierras antaño perdidas. Uno tras otro, los baluartes de la medialuna fueron cayendo bajo el embate implacable de los señores de la cruz y la espada. Y muchos fueron los que, antes que la muerte, prefirieron rendirse.

Siurana permaneció intacta, como islote en medio de mar turbulento. Pero el acoso enemigo no tardó en arreciar a sus pies. Y una tropa de guerreros armados asedió la fortaleza inexpugnable.

Transcurrieron soles y lunas. El sitiador confiaba, sabía que el hambre vence más batallas que las armas. El hambre, y la desesperanza.

¿Qué fuerza alentaba la resistencia de aquel puñado de hijos de la roca? No era un rey, ni un profeta, ni un guerrero quien les insuflaba tal coraje, sino una mujer: la hija única del último señor de la medialuna.

Ella reunió a su pueblo y les ofreció su amparo. Les dio el pan, el agua y el vino. Quemó la leña de su hogar para ahuyentar su frío. Y, cuando todo faltó, les dio aún la esperanza.

Pero una madrugada clara, también la esperanza huyó, volando como golondrina errante. Los enemigos iniciaron el ascenso al risco.

La reina reunió a los supervivientes. Escasos, débiles y enfermos, aún ofrecieron resistencia, arrojando piedras y lanzando saetas. Pero la tropa enemiga avanzó, como negra invasión de hormigas. A golpe de clava y destral abatieron las puertas del muro.

Dicen que los habitantes, depauperados y exhaustos, cayeron, postrados, ante los invasores. Dicen que los que no murieron, se rindieron sin condiciones.

Cuentan, también, que el capitán del batallón cristiano se persignó, sobrecogido, tras hollar el rudo suelo de aquel pueblo devastado, y que prohibió a sus hombres ensañarse con las gentes.

Pero exigió la rendición, y el castillo no se entregaba. Lanzó a sus mejores guerreros, que irrumpieron en la solitaria alcazaba. Nadie salió a recibiros. ¿Dónde estaba la reina mora?

Salieron al patio de armas, rodearon los torreones. Y allá, en la desnuda era, lienzo de roca lisa que moría en el abismo, ella los aguardaba.

Erguida sobre su alazán los vio llegar, ataviada con seda y púrpura, la negra cabellera ondeante.

―¡Rendíos, señora! La fortaleza ya es nuestra.

Ella los miró con desdén desde lo alto del caballo.

―Llamáis vuestro a un palacio de roca, pero jamás será vuestra su reina. ¡Antes que vivir esclava, prefiero morir siendo libre!

Y espoleando al corcel, emprendió veloz carrera, galopando hacia el vacío.

Saltó sobre el pico de roca. Y las águilas, chillando, acompañaron su vuelo

Ulises decidió partir

Ulises decidió partir. El litoral de Itaca era un grillete cerrado tan fuertemente sobre el cuello que no le dejaba respirar. Tenía que huir de allí.
Comenzó los preparativos del viaje el mismo día que prendió la pira funeraria de Penélope. Ya nada lo retenía en aquel islote a la deriva. Telémaco, borracho de arrogancia y enfermo de ambición, tomó el trono declarando a su padre loco a causa del dolor. Para él los olivos, las cabras, las vides, las rocas y los lagartos –pensó Ulises-, a mí dejadme el mar.
Durante semanas, reparó una vieja barca de pescadores en una cala olvidada. Como única compañía tuvo un viejo perro, sin olfato ni nombre, y un hombre errabundo, un vate de voz profunda y ojos muertos que se hacía llamar Homero. Éste cuidadano de ningún lugar había ido a parar a la remota Itaca huyendo de la corte de Micenas, al parecer por un turbio escándalo relacionado con la virtud de ciertos efebos de alta cuna. Por su condición de poeta e invidente, no le fue de mucha ayuda a Ulises para calafatear el casco o coser la vela, pero si se convirtió en una agradable compañía, un oído atento para sus experiencias -vividas o prestadas-, ya versasen sobre la Guerra de Troya y los azares de los barcos en el regreso a los reinos de Grecia, con bodegas y cubiertas vencidas por las riquezas del saqueo; o fuesen simples relatos noctámbulos de marinos y mercaderes, que en sus cráteras de vino evocaban costas agrestes donde rugían los cíclopes, el cantar seductor de las sirenas en mortales trampas de arena o islas fantásticas, vetadas a los mortales, que aparecían a capricho en el horizonte.
Ulises zarpó al alba de un día cualquiera. Solo. El perro sin nombre ladró. El recitador de versos calló y lo despidió agitando la mano en dirección al rumor de las olas. Eolo había mandado a los vientos para que impulsasen la nave del Hijo de Laertes, perdiéndola en el imperio de Poseidón.

El concierto

Miraba la hora de vez en cuando. Begoña llevaba bastante retraso. Además esperar nunca había sido su fuerte, se le hacía muy pesado. Ya había retirado las entradas en la taquilla del auditorio para ganar tiempo. El concierto empezaría dentro de breves minutos y si Begoña no llegaba se lo iban a perder. Tampoco es que fuera una gran tragedia porque él no era un gran aficionado a la música clásica. Levantó la vista de nuevo y la vio llegar.
-Hola Pedro, siento el retraso pero era imposible pillar un taxi esta noche -dijo Begoña con una sonrisa que al mismo tiempo era disculpa e incitación a la broma.
-Claro, claro ya veo que vienes preocupadísima porque casi nos perdemos el concierto.
-Seguro que si nos marchamos de aquí a otro lado no lo sientes demasiado -dijo riendo Begoña.
-No me tientes -respondió con sorna Pedro.
Entraron en el auditorio y se sentaron en sus butacas. En el concierto se interpretarían obras para piano de Chopin. El concertista era un reconocido pianista rumano, famoso por sus excentricidades, por lo que había trascendido el ambiente cerrado de la música clásica para convertirse en una celebridad de los medios de comunicación. Por eso esa noche era todo un acontecimiento social y conseguir entradas había resultado muy difícil. Pedro las había conseguido en un sorteo por internet en el que se había apuntado en el último momento casi sin pensar. Cuando se enteró que le había tocado lo comentó en la oficina y más de un compañero le comentó lo mucho que envidiaba su suerte. Se suponía que muchos famosos y políticos de primera fila iban a acudir al concierto. El premio eran dos entradas, así que llamó a su amiga Begoña que era más aficionada que él a la música clásica para que lo acompañara. Por lo menos sería una forma distinta de pasar la noche del sábado.
Llevaban un rato charlando y haciendo bromas sobre los asistentes, sobretodo algunas damas de la alta sociedad que parecía que habían acudido a una recepción de la reina de Inglaterra en vez de a un concierto, cuando por fin apareció el maestro, un hombre ya anciano, muy delgado y que tenía una larga melena blanca. Todo el auditorio prorrumpió en un fuerte aplauso, al que Pedro se sumo, más por compromiso que por entusiasmo. El maestro recibió los aplausos con una inclinación de cabeza, se sentó en su banqueta y comenzó a tocar. Las notas fueron fluyendo, llenando con la belleza de su sonido el auditorio. Para su sorpresa comprobó que no le estaba resultando aburrido como había temido, así que se relajó, cerró los ojos e intentó disfrutar de la música.
De repente sintió un tremendo ruido, una capa de sonido envolvente y atronador que le hizo abrir los ojos, con el corazón desbocado por el sobresalto. Intentando recobrar el aliento miró a Begoña. Para su asombro parecía tranquila, concentrada en la interpretación del pianista. El resto de los espectadores tampoco parecía tener reacciones extrañas. No podía comprender que nadie se quejara de ese estruendo.

-¿ Qué es ese ruido? -dijo Pedro a Begoña.
Begoña le miró extrañada y se puso el dedo en los labios para indicarle que guardara silencio. Algunos de los espectadores más cercanos se giraron mirándole irritados por hablar en medio del concierto.
Pedro comenzó a asustarse. Podía entender que el ruido proviniera de un fallo de la megafonía de entrada al auditorio, o de alguna obra en construcción cercana, pero no entendía la tranquilidad con que se lo tomaba la gente. El concertista seguía con sus manos encima del teclado del piano, tocando y el público parecía disfrutar de la música. Durante un segundo Pedro pensó que estaba soñando o se había vuelto loco. Junto al ruido atronador escuchaba alaridos de miedo y dolor, gritos de pánico y agonía de una multitud desesperada, que ya no sabía si estaban dentro de su cabeza o existían en la realidad. Notó que le faltaba el aire, y una profunda angustia le impedía respirar bien.
-¿Te encuentras bien? -preguntó en susurros Begoña al ver la expresión de angustia de Pedro.
-No pasa nada, voy un momento al baño -contestó en voz baja Pedro, a punto de desmayarse.
Begoña le miró preocupada e hizo ademán de acompañarle, pero Pedro con un gesto le indicó que no pasaba nada, no quería ponerla nerviosa, cuando probablemente dentro de un rato habría superado esa extraña e inquietante experiencia.
Afortunadamente estaban casi pegados al pasillo y pudo salir sin causar unas molestias excesivas, aunque notó más de una mirada de reproche cuando se encaminaba hacia la puerta de salida. Comenzó a caminar por el pasillo desierto dirigiéndose al baño. Entró en el aseo y se lavó la cara. Cuando se miró al espejo vio que estaba pálido y las manos le temblaban de forma incontrolada. El ruido dentro del servicio de caballeros seguía siendo insoportable. Sentía en su cerebro y en sus entrañas los alaridos, el rechinar de dientes, los gritos de agonía de un grupo de personas sumidas en el terror más absoluto, como ganado maduro para el sacrificio. Incapaz de soportarlo más fue a la taza y vomitó presa de incontrolables espasmos. Después cayó al suelo y quedó encogido en posición fetal, llorando y temblando. Al cabo de un tiempo que no supo si fueron segundos, minutos u horas, el ruido que le torturaba cesó. El miedo continuaba, sobretodo porque le aterraba haber sufrido un brote sicótico, pero se encontraba un poco mejor. Se recompuso la ropa,se aseó como pudo y salió del baño. Cuando volvía a la sala de conciertos sintió un impulso y se paró a mirar por una de las ventanas del pasillo. En ese momento vio como el avión cambiaba el rumbo y se acercaba al auditorio a gran velocidad. Supo que era cuestión de dos o tres segundos que el avión llegara. No daba tiempo a avisar, ni a pedir ayuda, ni despedirse de Begoña. Sólo podía contemplar la belleza de la noche estrellada antes del fin.

Ambiente

El Centro Comercial había quedado en penumbra, sólo las claraboyas y los respiraderos proporcionaban un atisbo de luminiscencia.
Nadie sabía qué iba a pasar, pero la sensación de que iban a producirse acontecimientos inesperados flotaba en el ambiente. No se sabía si agradables o, por el contrario, desesperantes; pero se esperaban lo peor…
Los trabajadores del Centro intentaban tranquilizar a los clientes, pero ellos mismos estaban igual, o más, nerviosos que el resto de la gente.
Los guardias de seguridad, más habituados a este tipo de situaciones, tomaron el mando. Enseguida establecieron posiciones estratégicas para que en caso de pánico, no se produjeran graves altercados. O, al menos, para minimizarlos en lo posible.
Llegaba la noche, y la claridad que penetraba por los escasos lugares por los que aún le era posible, iba muriendo. En pocos minutos, la oscuridad sería total.
Los responsables trabajaban a marchas forzadas. Ya hacía rato que habían dado sus especificaciones a sus subordinados, para que estos las trasmitieran al personal a su cargo. Ahora no podía fallar nada, el momento clave se aproximaba.

Y la iluminación de la nueva sede estalló en un sinfonía de colores, acompañados de un maremagnum musical, que provocó la algazara del público, y aún de los empleados.
Nadie en el Centro Comercial, fuera de los responsables, había sabido nada del espectáculo. Nadie debía saberlo, pues iba a ser una- esperaban- gran sorpresa para el público asistente a la inauguración, y no querían que hubieran filtraciones al público.

La fiesta sorpresa resultó un éxito, la inauguración sería recordada durante mucho tiempo en la ciudad, así como en la sede central del Centro Comercial. Pero los ciudadanos, encabezados por el alcalde les pidieron a los responsables del centro que por favor, evitaran ese tipo de sorpresas en el futuro.

Nickelodeon

La encontré en un convento situado a las afueras de Nueva York, a mediados de 1910; por entonces ya me sentía embargado por una intensa depresión que mermaba mi ímpetu creativo. Los Estudios Edison habían rechazado mis tres últimos trabajos, algo que por otro lado no me cogió por sorpresa, pues ni yo mismo había quedado satisfecho con ellos. Desesperado por encontrar una solución a mis problemas, recorrí extraños barrios y oscuros suburbios, siempre en busca de la chispa furtiva que acabara por despertar ese afán que parecía haber abandonado mi subconsciente. Pero toda imagen que pasaba por mi retina me parecía pueril y anodina, un remedo insustancial de mil diapositivas que ya habían desfilado ante la lente de mi cámara. Finalmente, fue la Madre Superiora del Convento Católico de Sant’Asbesto la que me llevó hasta ella.
Según sus palabras la habían abandonado en la puerta del noviciado no siendo más que una niña. Hasta los quince años fue una criatura introvertida que jamás se había relacionado con el resto de las monjas, pasando los días enclaustrada en su celda, recluyendo su belleza entre los muros de una fría habitación o rezando ante las imágenes aceradas de la Iglesia. Finalmente, llegada la pubertad, había entrado en un estado cataléptico que tan sólo abandonaba por las noches, cuando despertaba de aquella apoplejía mental y los habitantes de Sant’Asbesto podían verla contonearse sola en el patio situado ante los claustros, bañada su blanca piel por el fulgor mortecino que emanaba de la Luna. Marie bailaba y bailaba hasta el alba, sin descanso o respiro, sólo en ese momento regresaba a su encierro y aquellas que se cruzaban en su camino, quedaban sorprendidas ante la expresión macilenta de su rostro, ante sus pupilas dilatadas, ante la mortal ingravidez que parecía dominar todos sus movimientos y la arrastraba inevitablemente hacia ese letargo que parecía dominar el resto de su vida. Ningún médico había encontrado solución a su enfermedad, así que con el permiso de la Madre Superiora, llevé a Marie al pequeño almacén donde desarrollaba mi trabajo y le di cobijo en un zulo situado en el sótano.

Tal como había anunciado la rectora de Sant’Asbesto, Marie se mostró dócil como un cachorro arrancado de la madriguera. No era más que una niña de diecisiete años, de piel blanca y cabello rizado, moreno como finas hebras de obsidiana. La inocencia bullía por sus ojos, desdibujándose entre un rictus de incomprensión, apatía y depresión del que me enamoré inmediatamente.

Sólo con la llegada de la noche, Marie abandonó el zulo, atravesó descalza el piso de cemento y se situó en el centro del sótano, rodeada de paredes sucias y agrietadas. La luz de una bombilla era el único foco de claridad del escenario ante el que coloqué el cinematógrafo. Marie comenzó a bailar entonces, mientras la bobina de la cámara registraba cada uno de sus movimientos, cada uno de sus pasos, cada uno de sus gestos. Sus brazos se agarraban a un ser etéreo mientras sus piernas se deslizaban rítmicamente bajo el camisón de seda. Quedé hipnotizado por su danza sensual, por el movimiento de una frágil cadera que rozaba las paredes mientras era arrastrada por una fuerza sobrenatural que se diluía entre las sombras. Llegué a ver la punción de sus pezones bajo la tela, la rigidez de sus extremidades mientras sus músculos se ponían a prueba hora tras hora, hasta que su tersa piel quedaba bañada en sudor y la luz reflectaba sobre ella como un crisol de constelaciones.

Durante toda la noche llené diez bobinas con más de cuatro horas de metraje, llegada la madrugada, Marie comenzó a emitir extraños gemidos que me erizaron el vello de la nuca. Su faz se contrajo en una máscara de horror que estremeció todo mi ser, pero en contra de todas las leyes cristianas, no dejé de grabar, sino que seguí accionando el cinematógrafo presa de una mezcla de emociones que iban desde la fascinación al terror más absoluto. De pronto, el crujido de la tela al rasgarse rompió el silencio y el cuerpo de Marie quedó desnudo, paralizado por un rictus tenso que la obligaba a ponerse de puntillas mientras los dedos de sus pies y sus manos se retorcían agónicamente. Los jadeos aumentaron al tiempo que sus falanges se rompían una tras otra, pequeños crujidos que se encastraron en mis tímpanos y aún hoy me hacen temblar de terror.
Marie se vio propulsada contra la pared y varias de sus costillas se quebraron al encontrarse con el hormigón. El ruido de su cabeza al besar el muro resultó escalofriante, sus ojos se humedecieron al tiempo que sus brazos se alzaban hacia mí, rogando desesperadamente auxilio. Sin embargo, yo me veía incapaz de soltar la cámara y responder a sus ademanes, aquella sensación de descubrimiento que, durante tanto tiempo, había permanecido apelmazada en mi mente, renacía de golpe y eclosionaba con fuerza en mis entrañas, abstrayéndome del suplico de Marie y absorbiendo mi atención en el trabajo que me llevaba entre manos.
La joven se contorsionó mientras su cuerpo se elevaba centímetro a centímetro, contrayéndose el abdomen y encogiéndose los ijares. Los dedos de sus pies se despegaron del suelo, sus brazos chocaron contra el lienzo y quedaron en postura de crucifixión; una mano se marcó en su carne y oprimió su blanco vientre, impulsando a la lengua a surgir de su garganta y a retorcerse entre los labios. Su abdomen se abrió lentamente mientras los chillidos que surgían de su boca se hacían más y más desagradables; roja sangre manó por el torso abierto de Marie, manchando su pubis y resbalando por sus piernas. Rogué a todos los santos porque no se acabara la bobina en mitad de aquel acto sobrenatural, y lo cierto es que alguien debía estar escuchándome, pues el rollo continuó grabando hasta después de que la doncella expirara tras una última convulsión.
Su cuerpo cayó inerte al suelo, con el vientre dividido en dos profundas laceraciones por las que asomaban las vísceras. Marie se había convertido en una muñeca deslavazada de largas piernas y brazos descoyuntados. Su espalda se arqueaba en una postura imposible y sus ojos, crispados por la muerte, se clavaban en mí en una última súplica.
Presa de aquella inercia irrefrenable que había hecho mella en mi subconsciente, me encerré en el cuarto oscuro y proyecté la primera bobina. En la pantalla apareció Marie, tan bella en la vida como en la muerte, y al poco irrumpió su inesperado acompañante de baile, una sombra envuelta en un negro gabán que pareció emerger de la nada. Tuve que restregarme los ojos varias veces para constatar que no era un engaño del celuloide, sin embargo, por mucho que trataba de dejar atrás aquella pesadilla, seguía viendo a aquel espectro de larga levita, sombrero de copa calado a la testa y pose extravagante. El extraño realizó una reverencia y comenzó a bailar con Marie, apretándola con fuerza contra su pecho e ignorando sus aspavientos. Así, la pareja danzó durante una eternidad, deslizándose armónicamente por cada bobina del cinematógrafo.
El apogeo de la proyección llegó cuando el extraño arrojó a su pareja de baile contra el muro y, despojándose de sus ropas, reveló su verdadera identidad. Se trataba de un ser mitad hombre mitad macho cabrío que, alienado por una repentina sed de sangre, se arrojó sobre la víctima y desolló su vientre mientras daba rienda suelta a un torrente de carcajadas. Una vez más asistí al gesto de dolor de Marie, pude ver sus ojos desorbitados y sus labios emitiendo gritos silenciosos que se perdían en las tinieblas; pero a pesar del calvario que estaba presenciando, mi mente se hallaba extasiada por el resultado de aquel proyecto pues, conforme mi bella musa iba perdiendo la vida, yo comprendía que tenía en mis manos la culminación del trabajo que, durante tanto tiempo, se me había resistido.
Amanecía cuando oculté el cuerpo de Marie en el zulo, me despedí de aquella criatura invisible que moraba en mi cinematógrafo y me reuní con los productores de los Estudios Edison. Les prometí la mejor película que pudieran haber visto en los últimos meses: diez minutos de metraje que yo mismo había preparado antes de abandonar el almacén; un resumen pormenorizado de la macabra danza de mi querida bailarina y su insaciable visitante nocturno.
Supe que las cosas no iban por buen camino en cuanto la criatura salió a escena y se reunió con Marie. Su extravagante atuendo había cambiado y ahora, en vez de levita y sombrero de copa, iba arropado con mis pantalones, mi camisa, mi chaleco y, por supuesto, mi rostro. Pude verme a mí mismo bailar con la bella Marie, apretándola contra mi pecho mientras ella se resistía a ese fatídico final que yo tan bien conocía. Recé a Dios porque las cosas cambiaran, porque el argumento que culminaba mi obra maestra tomara un giro inesperado, pero la criatura que ahora portaba mi faz, acabó desnudándose y, empuñando un cuchillo de desollar, abrió el esternón de Marie ante los ojos horrorizados de todos cuanto se encontraban en la pequeña sala de proyecciones.
Años más tarde, alguien diría con acierto: ¡qué grande es el cine!

El Caramelo

-¿Uno más? –preguntó el inspector Humble con desgana no bien hubo llegado a la escena del crimen.
-Así es –contestó el jefe de policía de zona. Su rostro dibujaba un atisbo de complacencia que a Humble le pareció despreciable- Y con éste ya son siete, ¿no es cierto?
-Ocho –corrigió Pie, ayudante del inspector desde hacía tres meses. Se desplazaba con dificultad, apoyado en un recio bastón. Un accidente de coche le había dejado imposibilitado dos años atrás-. Éste es el octavo asesinato en tres meses.
Humble se inclinó hacia la víctima. Una manta a cuadros rojos la cubría por entero. La deslizó para observar su rostro. Se trataba de un hombre de mediana edad con el gesto de la desesperación fundido entre sus gélidas facciones. Sobre su cuello aún se paseaban las marcas moradas de unos dedos despiadados.

-Maldito cerdo sanguinario –escupió el jefe de policía, mientras observaba la operación con cierta curiosidad malsana.
-O maldita cerda –intervino Pie. Humble le obsequió con una mirada entre sarcástica y despectiva. Empezaba a estar ya harto de aquel ayudante sabelotodo. En cuanto el caso quedara resuelto, se desharía de él-. Recordemos que ya se ha dado algún caso de asesinato en serie.
-Ninguna mujer tiene fuerza suficiente para estrangular y apalear de esta manera –señaló el inspector con desdén mientras ajustaba un guante de látex en su mano derecha. Seguidamente, abrió (no sin esfuerzo) las mandíbulas de la víctima para, tras introducir los dedos entre las mismas, extraerlos, al poco, sujetando un pequeño objeto. -Aquí está: el jodido caramelo.

Las ocho víctimas habían presentado la misma macabra factura. Todos estrangulados, violentamente golpeados con algún objeto contundente y estrecho y, en el interior de sus bocas, como insólita y tétrica marca de la casa, un caramelo de menta recién desenvuelto. Pie abrió la bolsa de las pruebas y Humble introdujo en ella aquel dulce de color verde.

-Por cierto, inspector –advirtió el jefe de policía-. Hace un rato que ha llegado un sobre a su nombre.
-Debe ser el informe –asintió Humble-. Me avisaron de su llegada y dejé dicho que me lo remitiesen aquí.
-No podía esperar hasta esta tarde, ¿no es así, inspector? –preguntó Pie con una sonrisa sardónica.
-Tengo unas fervientes ganas de descubrir qué es lo que les resulta a todos tan divertido de este asunto –renegó Humble, con gesto arisco.

De hecho, el humor del inspector resultaba ser tan bronco en los últimos tiempos que cualquier muestra de alegría en sus cercanías casi provocaba un oscuro remordimiento en su incauto ejecutor. Jamás había sido hombre de ánimos elevados, pero desde el fallecimiento de su esposa, tres meses atrás, su gravedad y cerrazón se habían acentuado de encarecida manera. Retirándose unos pasos, el inspector abrió el sobre y extrajo un papel con membrete del Departamento de Homicidios. Pie permaneció detrás de él con gesto esquivo y a la espera.

-Al fin –por primera vez en mucho tiempo, pudo vislumbrarse un aire de satisfacción en el semblante de Humble-. Como bien suponía, existe un móvil. Pie se acercó a golpe de bastón. Parecía sorprendido.
-¿Es eso cierto? –preguntó-. ¿Y de qué se trata?

Humble le miró a los ojos. Poco después en su rostro pudo observarse el último ademán que Pie jamás habría esperado: una profunda y sólida carcajada que, por momentos, sonó macabra.

-Parece ser que el cabronazo éste –consiguió articular entre risa y risa- mata a quienes desprecian la literatura.

Pie le observaba reírse, profundamente turbado. El jefe de policía y los demás agentes dispersos por la sala contemplaban a su vez la escena con aire desconcertado.

-Inspector –intervino el ayudante-. Nada me gustaría más que poder compartir con usted un momento tan risueño e inusual. Humble tuvo que sentarse en un sillón cercano. Las carcajadas no daban tregua.
-¿Se puede saber de qué se ríe, Humble? –preguntó, al fin, Pie, pues la situación se hacía cada vez más incómoda.
-Discúlpame Pie –pasados unos segundos, pareció calmarse-, pero es que me estoy imaginando la cara que pondría el asesino si supiese que yo no he leído un puto libro en toda mi vida, ja, ja, ja… El teléfono sonó, como siempre, desquiciante. -¿Sí? –descolgó Humble, apenas despierto. Era Pie-. Voy hacia allá.

El asesino del caramelo había vuelto a actuar. A las dos horas, el inspector detuvo su coche frente a la casa de Pie. Una vez acomodado, el ayudante no trató de ocultar su enfado:

-¿Qué le pasa Humble? ¿Dos horas esperándole y no es capaz de venir ni tan siquiera afeitado? –preguntó, sarcástico. No hubo respuesta. Ni una sola palabra por su parte durante todo el trayecto. -¿Nos hemos levantado con mal pie, jefe? ¿No hay ganas de hablar? Humble no habló. Sus ojos turbios sólo miraban al frente; su velocidad, vertiginosa. -Cálmese –señaló Pie, nervioso ya ante el extraño mutismo de su jefe y aquella peligrosa carreta en la que parecía haberse embarcado-. Tenga por seguro que el fiambre no va a marcharse…

Llegaron al lugar. Un descampado a las afueras de la ciudad. Bajaron del coche y comenzaron a caminar adentrándose con decisión en el mismo. Humble seguía sin pronunciar palabra. Pie le seguía como buenamente podía, cojeando acusadamente y apretando los dientes en un gesto… de odio.
-Se acabó –susurró el ayudante cuando hubieron perdido de vista el coche y las últimas casas.

Ni una sola alma ocupaba aquel pedregal inhóspito. El bastón de Pie se elevó con firmeza para después golpear la nuca de Humble. No hizo falta estrangularle. Sudando profusamente y con respiración agitada, volteó el cadáver, que yacía de bruces contra el suelo árido. Del bolsillo de su chaleco extrajo un caramelo de menta. Lo desenvolvió con manos temblorosas y abrió la contraída boca de Humble. Al ir a introducírselo, descubrió algo extraño en su interior. Un papel plegado y con letras, protegido por un plástico transparente. Pie, altamente confundido, desplegó la nota y, con ojos desorbitados, la leyó en alto.

-Gracias, Pie. ¿Qué mejor manera de morir que ésta para un cobarde como yo? Sin Emma ya nada tenía sentido. Supe que eras tú desde el tercer crimen. Las marcas en los cuerpos eran demasiado parecidas al grosor de tu bastón. Sólo tuve que encontrar la excusa que necesitabas para acabar también conmigo. Tuve tiempo, además, de estudiar a fondo tu pasado. Cómo te dolía que todos aquellos niños te llamaran “Caramelo”, dándote de lado por ser excesivamente “dulce” y únicamente pensar en leer y leer como un poseso, ¿verdad?

El asesino no daba crédito a sus ojos. En la lejanía, comenzaron a sonar unas sirenas difusas. Asustado y estupefacto, no pudo evitar terminar de leer la nota. Por cierto, una última cosa. Si aún no lo has leído, te aconsejo a Poe durante los largos años que te esperan en la cárcel. Porque, eso sí; a pesar del favor que me has hecho, no creas que tengo intención de que puedas hacérselo a nadie más.

La última victoria

Todas aquellas palabras que en su época fueron escritas se repartían en un fajo de hojas amarillentas. Vicente sintió una leve punzada de nostalgia ante la visión de los cuentos que creó durante años. El contacto de sus dedos con el papel le hizo estremecerse. No se detuvo, no tenía tiempo. Había conseguido alejar a los dos demonios que le atormentaban – Alzheimer y Parkinson eran sus nombres -, pero no sabía cuando regresarían.
Halló al fin el cuento que necesitaba, una historia conmovedora sobre Fénix, el héroe que siempre se alzaba tras cada derrota. Hizo un cucurucho con las cuartillas y las prendió fuego. Aspiró las volutas de humo, procurando que ninguna escapara. Necesitaba todas las fuerzas que pudiera reunir.

Durante años él vio donde otros no percibían nada. Los monstruos se cernían a la vuelta de cada esquina. Al principio, atemorizado, observó sus depredaciones desde una prudente distancia; pero al final dio con el modo de combatirles. Utilizó la magia otorgada por la historia emotiva y bien narrada; la fuerza de la palabra plasmada a la espera de ser leída y liberada. Comprendió el poder de los antiguos cuentacuentos.

Apoyó primero el pie izquierdo, después el derecho, y se levantó de la silla de ruedas a la que permanecía anclado desde hacía seis años. La manta con que su hijo cubría sus rodillas se deslizó perezosa al suelo, como si deseara retenerlo en su prisión. No perdió el tiempo, no podía permitírselo, con paso firme y seguro se encaminó a recoger su vieja pluma. Miríada era su nombre porque contenía cuantas armas deseara, desde un simple estilete hasta una futurista vara de muerte-plasma.

Se encaminó al piso de arriba, allí le aguardaba otro demonio. Las escaleras crujieron como si fueran viejos huesos; sus huesos viejos resonaron como si fueran escaleras. Pero superó la prueba y llegó arriba. La radio sonaba en la habitación del fondo. Amaral cantaba “Resurrección”, un presagio, quizás.

Su nieta Carolina descansaba en la cama. Tenía dieciocho años, pero no la salud de una joven de esa edad. Era toda ojeras, piel y huesos. Su demonio se llamaba Anorexia.

- ¿Qué haces aquí, viejo?- desafió aquel monstruo pellejudo con su voz rasposa y carente de sentimientos, mientras se alzaba sobre el cuerpo de la muchacha, que se mantenía en un inquieto duermevela.

“Vengo a destruirte”, pensó, pero no perdió el tiempo en responder. Sabía que era uno de los ardides de aquel malsano ente. No debía desperdiciar su tiempo. Rozó con su pluma una cuartilla en blanco y comenzó a dar forma a un cuento. Era sobre una preciosa joven que yacía presa de una maldición. Una hermosa historia. El monstruo aulló blasfemias mientras sus carnes se cuarteaban y desgajaban.

- Viejo, estás maldito, mis primos darán buena cuenta de ti y ya no te restan fuerzas para combatirles- maldijo con su último estertor.

Carolina entreabrió los ojos.

- ¿Abuelo, como..?

- No, mi niña, escucha. He vivido mucho y bien. He sido feliz, y ahora es tu momento. Toma mi pluma, es mi legado. Su nombre es Miríada, y sé que estará bien en tus manos. En el piso de abajo hay una carpeta con cuentos. Son tuyos también, te ayudaran en tus primeros pasos.- Le dio un beso en la frente. - Recuerda no hay demonio que resista un buen cuento; alegra vidas, mi niña. Reparte esperanza.
La muchacha, agotada, cayó en un dulce y reparador sopor.

A su espalda, Vicente escuchó los pasos de los monstruos que le perseguían.

- Habéis tardado mucho- dijo sin girarse.

Mientras las dos bestias se cebaban en el anciano, una sonrisa de triunfo curvó sus labios.

El último vampiro

Salió de su lecho de madera y barro como cada noche; pasadas unas horas de ponerse el sol. Con el paso de los siglos su letargo era cada vez más largo. La mayor parte de sus fuerzas le habían abandonado. Y la demencia, al igual que los humanos, le estaba llegando. La piel se adhería a sus huesos, y unos largos y tristes mechones de canoso cabello, caían sobre sus hombros. No le quedaban dientes y tenía que hacer uso de palos afilados para sacar el ansiado alimento a sus presas. Su ropa estaba mohecida, tenía la espalda cubierta de hongos y los bolsillos llenos de arañas.

Vivía solo en medio del bosque en una cabaña derruida, aunque a pesar de los esfuerzos del anciano por mantenerla en pie; se le podría calificar más bien de cueva, que de cabaña. Era incapaz de recordar en que parte del mundo vivía, y ya casi ni recordaba su propia lengua. Llevaba siglos apartado del mundo que conoció. Su única compañía eran las alimañas de la noche, que muy de vez en cuando; eran el único alimento que tenía. Aunque su menú se había reducido a ratas y gatos salvajes, pues incluso un zorro ya era superior a sus fuerzas.

Lauro, como cada noche, se sentaba en lo alto de la colina a contemplar las estrellas y hacer terribles esfuerzos por recordar que fue joven una vez. Cuando su comida era gente sana y esbelta. La fuerza que recorría por sus venas y sus inmensas riquezas. Pero más que esto, añoraba la compañía de gente semejante a él. Echaba de menos a su esposa; que hace ya demasiado tiempo fue víctima de un terrible jabalí que pudo con ella. Si le quedasen lágrimas, lloraría también esta noche su pérdida.

Su marcha era lenta pero ágil. Aunque de vez en cuando tropezaba con alguna piedra. Se quedaba quieto junto a las madrigueras durante horas con su afilado palo, esperando a alguna presa. Pero la mayoría de las noches; o no daba con ellas, o eran estas más rápidas que él. Pero esa noche la suerte estuvo de su parte. Una rata vieja y gorda asomaba su voluminoso cuerpo por la madriguera. Lauro se abalanzó sobre ella como un rayo, dejando caer su cuerpo sobre ésta. Con movimientos torpes y fugaces pudo acertar un mortal golpe en el vientre de la rata, y con sus decrépitas manos; la agarró con fuerza, llevándose sus temblorosos labios a la herida de la bestia. No era suficiente alimento para él. Pero su cuerpo marchito y cansado lo agradecía.

Cada vez que se alimentaba, regresaban a su mente antiguos recuerdos de cuando vivía en medio de una gran civilización. Y su presencia era capaz de hacer temblar al más apuesto y valeroso de los hombres. Cuando después de poseer a bellas mujeres; se alimentaba de ellas complaciendo su gula de placeres y necesidades. Pero al conocer a su amada, Ademar, y el gran corazón de ésta, aun a pesar de ser un demonio para el hombre; decidió irse a vivir a las afueras de la ciudad y formar un hogar junto a ella. Alimentándose tan solo de los reos que huían de la ciudad y las temibles bestias de los bosques.

Y ahora, cansado y sólo, sin ciudades cerca, ni fuerzas para el viaje; Lauro sufre la desconsoladora soledad y la dolencia del anhelo. Y como cada noche, horas antes del alba, vuelve a su ataúd; entristecido y dolorido, sin más deseo que el de volver a los brazos de su amada. La que con su llegada le enseñó un mundo de amor. Y con su pérdida, sintió en sus carnes por primera vez el temor.

Cuando el bosque se llenó con la luz blanquecina de la luna, y las criaturas nocturnas habitaban en la penumbra de la noche. Un espíritu se deslizaba entre los árboles, siguiendo un camino casi marcado que lo llevaba a lo alto de una colina; junto a un viejo tronco podrido, en el que se sentaba y meditaba sobre una plegaria a las estrellas. Pero el ciervo, príncipe de los bosques, se acercó al ánima como nunca antes lo había hecho. Lauro, abandonó sus pensamientos para prestar atención a su espectador. Con infinita nobleza, hizo un gesto de reverencia al anciano espíritu, como un último adiós, y dicho esto, siguió su camino dejando al vampiro con la mirada tendida al recuerdo suspendido que dejaba tan noble criatura.

Hubo un tiempo en el que fueron faraones, emperadores y reyes quienes les hicieron reverencias. Temido por los demás vampiros, dueño de medio mundo… Lauro, el conquistador, embajador de todo lo que tocaba; amo del humano, y por amor, ahora estaba condenado.

Bajó hasta la cabaña, donde tenía un pequeño huerto de hortalizas, que cultivaba para atraer a pequeños roedores y que éstos les sirviera de alimento. Se llenó los brazos con éstas, y se adentro en el bosque repartiendo los alimentos por cada madriguera y junto a árboles. Después, como cada luna nueva, cogió las flores silvestres que cada noche colocaba Ademar en su cama; y las colocó donde ahora sus restos descansaban. Regresó a lo alto de la colina, y sentado junto al tronco, con las manos temblorosas y entrelazadas, esperaba el momento a su plegaria.

Las estrellas se empezaron a dispersar, y el cielo a aclarar. Una extraña luz se adueñaba de todo. Primero sintió frio, y después, conforme el horizonte empezaba a desteñir, su piel empezaba a enardecer. Y con voz temblorosa y palabras torpes lanzó su plegaria a la mañana: -Llévame junto a mí amada….