Viaje a la tierra prometida

Autor: Belén Márquez


Levanté la vista del libro que estaba leyendo al escuchar la voz femenina que con gran amabilidad, nos invitaba a todos los pasajeros a abrocharnos el cinturón de seguridad. Coloqué mi billete a modo de punto de lectura en el interior del libro, lo dejé en el asiento de al lado ―que hasta el momento había permanecido vacío―, y seguí las instrucciones de la azafata de vuelo. Luego me asomé por la ventanilla para observar con curiosidad la gran extensión de tierra que sobrevolábamos: Australia.
Dicen que Australia es la tierra prometida para todo aquel que desee empezar de nuevo. No es que yo quisiera comenzar mi vida de manera textual; más bien me vi obligada a renunciar a parte de ella, debido a la resolución de un juez. Nunca imaginé que pudiera verme abocada al ostracismo, repudiada por mis colegas y apartada de todo aquello que era importante en mi vida, a causa de la envidia que una persona, muy cercana a mí, sentía por el éxito que había llegado a alcanzar en mi carrera.
Nicolai era una persona honesta y trabajadora, de aquellas que suelen caer bien. Siempre tenía una palabra o un gesto amable para todo el mundo. Para mí fue algo más que un simple colega: era mi amigo y mi compañero. Junto a él, logré llegar a lo más alto de mi profesión: nuestros platos ―una mezcla de nouvelle cuisine con toques de gastronomía molecular―, alcanzaron tanta popularidad que, en pocos años, nos convertimos en los chefs más prestigiosos del momento.
Pero eso fue hasta hace unos meses.
Entonces, Nicolai mostró su verdadera personalidad.
Yo, tenía por costumbre aderezar los platos una vez cocinados, justo antes de que llegara el momento de ser servidos a la mesa. De este modo conseguía realzar más el sabor de los alimentos. Aquella noche, debíamos servir una cena especial para un número elevado de comensales, y decidimos contratar a una persona para que nos ayudara a servir las mesas. Nicolai se encargó de buscarla. A la cena iban a asistir grandes personalidades y no podíamos cometer ningún error.
Pero el error se cometió.
Y no hubiera pasado de ahí, si la persona que había ingerido el plato aderezado ―justo en el último momento y con demasiada pimienta―, no hubiese sido alérgica a ella. De manera cotidiana, Nicolai elaboraba una lista de comensales en la que anotaba, de un modo riguroso, todos aquellos que por motivos de salud necesitaban una dieta especial: eso incluía las alergias; y la alergia del señor Perez, estaba anotada. Fuí yo quien aderezó los platos en el momento de ser servidos, así que el juez no tuvo ninguna duda al enjuiciar quién había sido el culpable.
No hace falta que comience a dar explicaciones, intentando demostrar que yo no fui. El hecho fue que Nicolai declaró en mi contra y así fue como el juez dictaminó que debía ser considerada peligrosa por mi irresponsabilidad y por ello no se me permitiría volver a ejercer mi profesión en todo el continente europeo.
Y así me encontraba yo: triste y deprimida. Fue entonces cuando cayó en mis manos la oportunidad que daría un giro a mi vida: abrían una franquicia de un prestigioso restaurante en Tasmania y necesitaban un chef. No tenía que pensármelo dos veces: era la única oportunidad de volver a ejercer mi profesión. Sólo tenía que coger un vuelo y viajar a la tierra prometida.
Y allí estaba yo, en el aeropuerto de Tasmania, con un par de maletas que contenían toda mi vida: ropa, un cepillo de dientes, un champú para el pelo, un peine, un par de libros y unas cuantas monedas de euro que había olvidado cambiar por dólares australianos.
Esperé durante un cuarto de hora a que alguien me recogiera en el aeropuerto, pero no vino nadie. Me dirigí hacia el pequeño mostrador de información y le pregunté a la simpática señorita que me atendió, si alguien había dejado algún recado para mí. Me miró de arriba abajo como el que estudia a alguna especie en peligro de extinción y me preguntó:
―¿Es usted la señorita Rojas?
―Sí ―le contesté―. Tenía que haberme venido a recoger un taxi de la compañía.
Ella me sonrió.
―El señor Landis dijo que la esperaría en Bicheno. Sólo tiene que tomar el autobús. Por allí.
Seguí con la mirada la línea que señalaba el dedo de la recepcionista y vislumbré, a lo lejos, lo que parecía ser una parada de autobús. Le di las gracias y acarreé de nuevo mis maletas hasta la parada.
En la parada de autobús de Bicheno, me esperaba un hombre. Lo que más me llamó la atención de su aspecto fueron sus rasgos orientales que contrastaban sobremanera con el peculiar acento francés de su voz.
―¿Mademoiselle Rojas? ―estreché la mano que me tendía―. Comment Ça va?
―¿Es usted el señor Landis?
―Oui ―respondió él indicándome con un gesto que lo siguiera mientras tomaba mis maletas―. Debegá disculpag mi agcent, mademoiselle, pegó lespagnol no es…
―No se preocupe por ello.
―Tre bien.
Colocó mis maletas en la parte trasera de un antiguo jeep y me abrió una de las puertas delanteras para que tomara asiento. Subió a mi lado y puso el vehículo en marcha. Mientras me explicaba ―en su confuso español―, todo lo referente a la idiosincrasia del pueblo al que nos dirigíamos, mi vista se perdía en el maravilloso paisaje que se desplegaba ante mí: los inmensos lagos rodeados de eucaliptos conferían una uniformidad bucólica a todo cuanto nos rodeaba. La civilización había desaparecido. Incluso me sentí algo avergonzada cuando señalé, con el entusiasmo de una colegiala, a un pequeño koala que holgazaneaba entre las hojas de un inmenso eucalipto, ajeno a todo cuanto le rodeaba.
Por fin llegamos a nuestro destino y, con ello, al duro descubrimiento de la verdad. El prestigioso restaurante no era otra cosa que una franquicia de la cadena Assian in Wok y lo que necesitaban, no era un chef sino un simple cocinero. Por mucho que intenté explicarle al señor Landis que mi sistema de cocinar no requería de woks u otros utensilios parecidos, y que mi presencia en su restaurante no sería más que un lastre, no quiso escucharme.
Mi estado de ánimo pasó de ser excesivamente animado a sumirse en la desesperación. A parte de cocinar, debía encargarme de las compras y ni siquiera sabía donde adquirir una simple barra de pan.
―¿Señorita Rojas?
―¡Laura!
Me sobresalté al escuchar mi nombre.
―¡Laura! ¡Despierta!
A mi lado estaba Nicolai.
―¿Qué haces aquí?
―¿Señorita Rojas? ―Me volví, algo confundida, y observé el arrugado rostro de la señorita Garcés, mi profesora de filosofía―. ¿Podría explicarnos algo sobre el zoroastrismo?
―¿Cómo dice?
En aquel momento sonó la campana.
―Como siempre, señorita Rojas, se ha dormido en mi clase. ―Luego se dirigió al resto de mis compañeros―. Para el próximo día quiero un trabajo sobre el personaje de Zoroastro, mínimo cincuenta páginas ―se escuchó una exclamación general―. ¡Y ni una menos! Se lo podéis agradecer a la marmota de vuestra compañera.
¿Qué había ocurrido? ¿Adónde había ido a parar el restaurante?
―¿Se puede saber por qué te duermes en clase de filosofía? ―preguntó Nicolai acercándose a mí―. Sabes que esa bruja nos manda trabajos descomunales cada vez que te pilla durmiendo.
―Pero… ¿y el restaurante?
―¿De qué demonios estás hablando?
―¡Tú me tendiste una trampa!
―¿Yo? ―Nicolai me miraba incrédulo pero luego sus facciones se relajaron y me sonrió al preguntarme―: ¿Qué has soñado esta vez?
―Tu y yo teníamos un restaurante y hacíamos unos platos que…
―¿Tú cocinar? ―No pudo evitar soltar una enorme carcajada―. ¡Si ni siquiera sabes freír un huevo! Anda, vayamos a casa y digámosle a mi madre que nos prepare unos bocatas mientras hacemos ese trabajo sobre Zoroastro…

2 comentarios:

Carolina dijo...

Me has despistado por completo. Sorprendente!!
No me extraña que la srta. Rojas cambiara la clase de filosofía por un restaurante...

Belén dijo...

Me alegra que te guste