Inspiración

Autor: Marta Abelló

En la mesa del escritor se amontonan cientos de hojas en blanco. Es incapaz de poner nada sobre ellas, sólo más vacío si cabe. Algunas de sus lágrimas caen formando pequeños círculos húmedos, haciéndose más grandes al contacto con el papel.

Colecciona frases hechas y palabras nuevas que busca cada día en el diccionario, el que tiene a sus espaldas, el que se apoya en la estantería repleta. Sabe que por ahora es inútil esforzarse, y sería mejor marcharse; tal vez bajar al pub de la esquina y tomarse un buen trago de cerveza, o dos; y fumarse un paquete de cigarrillos; mejor dos. Sabe que no es fácil trabajar en condiciones precarias como en las que vive, pero persevera como perseveran los náufragos que se aferran a la última tabla de salvación que tienen. Conoce sus propias reglas y se conoce a sí mismo; sabe que las palabras pueden acudir en su ayuda pero no lo hacen, permanecen estáticas, inmóviles, sin ningún asomo de vacilación.

No tiene ningún trabajo hecho, pero sueña con ello, con los planes que podría llevar a cabo cuando surgiera el primer artículo o el primer verbo. Habla de ello continuamente a sus amigos, los que encuentra siempre en el pub, pero a ellos en realidad no les interesa nada de lo que él les cuenta. Poco importan ya sus buenas ideas cuándo nunca ha sabido cómo llevarlas a cabo ni como expresarlas en el papel. Si en verdad desea que le llamen escritor debería ponerse a trabajar en serio, dejarse de bajar cada tarde para beber la cerveza amarilla y espumosa que le sirve Jon. Debería dejar de apostar sobre los partidos de liga y de reír los chistes de Isaac. Él sí es alguien que merece la pena respetar: Sabe conjugar perfectamente todos los verbos de su mente con las palabras de su imaginación y traspasarlas al papel. Ha escrito cinco novelas, colabora en publicaciones semanales, ha sido entrevistado en televisión y aún tiene tiempo para contar chistes malos en el pub.

Y no es que sienta envidia por él, sólo es un cierto rencor porque no ha experimentado nunca el terror a ese vacío de expresiones ni la impotencia ante la blancura del papel. Isaac escribe con la misma facilidad que bebe, juega al póker, apuesta, ríe y va de aquí para allá parloteando y gesticulando. Isaac es listo, alto, reconocido y admirado; él no. Él sólo está sentado en su mesa, en su polvoriento estudio de vigas deterioradas donde se amontonan cientos de libros viejos. Su única lámpara, un flexo que se doblega ante él, enfoca su trabajo por comenzar.

El escritor mira hacia el techo esperando que descienda de ahí la inspiración que necesita como el pan que hoy tampoco ha podido comprar. En ese momento no puede hacer nada más que ir donde siempre y tratar de que alguien le pague una cerveza; tal vez logre conseguir que le paguen dos, así que baja a la calle por la escalera húmeda y oscura del edificio, da un traspiés en el último escalón y se golpea la cara con la puerta de salida. Llevándose una mano a la nariz dolorida comprueba que de la herida que no puede ver brota sangre; se la limpia con el dorso del grueso jersey de lana azul que lleva y sale.

Camina dando cortos pasos y lanzando suaves miradas a su alrededor; emerge de su corazón la ternura característica de un amante de la noche, del que sabe apreciar toda su belleza. Los adoquines están mojados por la reciente lluvia y las luces de los letreros luminosos de las tiendas se reflejan en ellos. Puede oler la suave y olorosa humedad que desprende el agua del mar. Tiene suerte de vivir en una ciudad costera; tiene suerte de poder sentirse atrapado en ella.

En el pub, la escasa iluminación le hace bien. Se sienta en una mesa apartada y espera a que cualquiera de los que están en la barra se le acerquen, como siempre, pero hoy nadie lo hace. Se siente aislado, encerrado en una burbuja hermética que impide que aprecien su presencia. Llega a la conclusión de que se ha equivocado de pub cuando se le acerca una camarera, una que nunca ha visto ni volverá a ver, y aprecia el logotipo del local en su uniforme. Ése no es el pub de Jon, pero de todas formas pide una cerveza y se la toma de un solo trago.

Aprovechando una entrada masiva de clientes, se pierde entre ellos y sale de allí pasando totalmente desapercibido. Ahora poco le queda por hacer, probablemente tratar de pensar en qué parte de la ciudad se ha metido: No reconoce ninguna calle ni ningún tipo raro de los que siempre se pasean por su barrio. Se da cuenta de que está caminando en círculo cuando se encuentra con el mismo mendigo que le vuelve a pedir limosna otra vez. ¿Qué está pasando? Crece y crece su nerviosismo, suda y golpea los muros pintarrajeados. No sabe dónde está ni cómo ha podido perderse. Era tan sencillo durante todo este tiempo ir al pub de Jon... ¿Cómo puede pasarle esto ahora?

Cruza la calle y se topa con la arena. Avanza directo al agua que es negra y se revuelve nerviosa. El olor a sal es magnífico y se sienta para disfrutarlo. Poco a poco, va cayendo en un sueño reparador que le conduce a un mundo desconocido en el que pasa el resto de la noche.

Al despertar, está de nuevo en su estudio; debe de haberse quedado dormido sobre sus hojas en blanco. Ahora... ¡ahora sí puede empezar a escribir! Sus manos se deslizan rápidas manejando con destreza el lápiz, y las palabras van apareciendo una tras otra, unidas entre sí por un lazo invisible y maravilloso. Puede recordar, por fin, sus experiencias en el otro mundo, el onírico, el que está más allá de cualquiera de los mundos. Y escribe sobre él, sobre sus experiencias en él, porque aunque hasta el momento no se le había ocurrido hacerlo, a partir de ahora ésta será su única, posible y fructífera inspiración.