Esas extrañas flores

Autor: Marta Abelló


Siempre que pasaba junto a aquella casa el corazón le latía más aprisa de lo normal. Se sentía incómodo, desasosegado, nervioso, aunque no entendía muy bien el porqué. La casa de la vieja Ma no era una casa típica del cine de misterio: lúgubre, con pequeñas ventanas oscuras llenas de barrotes oxidados y amenazantes; repletas de polvo y muebles vetustos en su interior. No. Era simplemente una casa de dos plantas de principios de siglo que tenía la fachada desgastada por los azotes del tiempo. A la entrada poseía un jardín, pequeño y muy cuidado, en el que destacaban unas flores raras circundando la cerca. En el interior de la vivienda, que era de techos altos y abovedados, habían tres dormitorios amplios, uno con baño incorporado; un gran salón con el suelo de madera cubierto en parte por dos alfombras persas de seda, y una cocina totalmente restaurada con muebles modernos y funcionales: la única pieza de la casa en la que Job se había sentido cómodo las pocas veces que había estado.

Fue esa tarde en que iba en dirección a la biblioteca del pueblo, cuando se percató de que las flores que se ceñían a la cerca y crecían descontroladas, no pertenecían a ninguna clase que él conociera; como estudiante de biología, se quedaba perplejo ante esa variedad extraña, de hojas angostas y flores muy numerosas de color azul. Las matas eran pegajosas, y la base de aquellos pétalos de forma sinuosa era blanca; el centro de las flores, negro. Eran muy hermosas, pero raras; más que raras, insólitas. Y se decidió a preguntar a la vieja Ma de dónde provenían.
Job empujó la cerca y en seguida sus pies se posaron sobre el césped fresco y recién cortado. Fue atravesando el jardín contemplando los pequeños setos tallados en diversas y caprichosas formas, las madreselvas y las enredaderas que se aferraban a las vallas laterales que marcaban las lindes del terreno.
Al llegar a la puerta, maciza, de color oscuro, golpeó con los nudillos y respiró profundamente. Pudo oir una voz grave que le dijo desde el interior:

-Adelante, la puerta está abierta...
Él giró el pomo y atravesó el umbral. Se quedó allí, de pie, sobre una alfombra de lana, y miró a la joven que estaba sentada en el amplio vestíbulo, en la mecedora de la vieja Ma, una reliquia del siglo pasado.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Soy Sophie, una amiga de Ma. -respondió ella haciendo que la mecedora se balanceara. -Y tú, ¿quién eres?
-Me llamo Job, y quería hablar con Ma.
-Ella no está, volverá más tarde. -explicó- Si quieres puedes esperarla.
-¿Sabes si tardará mucho?
-No, no lo creo. Depende del tiempo...
-¿Del tiempo? -se extrañó él, que ahora miraba a la chica fijamente.
Sophie era una muchacha de facciones vulgares, y sólo destacaba de su persona la espesa cabellera negra salpicada por algunas canas.
-Si prefieres sentarte, puedes pasar al salón.- le dijo ella, amablemente, sin dejar de balancear la mecedora.
Job abandonó el vestíbulo y la joven cerró los ojos; parecía que iba a sumirse en un profundo sueño. Él abrió entonces la puerta que conducía al salón repleto de antigüedades, porcelanas valiosas, en el que destacaba unos cuadros que llevaban la firma de Caroline Ma Sophie. Una de aquellas pinturas siempre estremecía al chico en las pocas ocasiones que tenía de verla. En realidad, sólo había visitado aquella casa en cinco ocasiones, y sólo en dos había estado en el salón. Ésta era, por tanto, la tercera vez que un escalofrío recorría su espina dorsal contemplando aquel extraño cuadro que parecía poseer movimiento. La pintura representaba la casa donde él se encontraba. Se veía la fachada principal y el jardín delantero, éste último poblado de arbustos, dos árboles frutales y decenas de flores; todas extrañas .
La primera vez que vio ese cuadro, el jardín aparecía casi desierto, predominando el terreno arenoso, yermo y desértico, sólo poblado por pequeñas florecillas blancas sobre el descolorido césped. La segunda vez pudo ver las flores más grandes de lo normal, siendo el césped más frondoso y verde; ahora veía cómo su altura llegaba a tapar casi media fachada, y su espesura hacia difícil el acceso a la casa. Los árboles eran de troncos inmensos y sus grandes hojas cubrían las ventanas de la planta baja. ¿Cómo era posible? Un cuadro no tiene vida, no tiene posibilidad de manejarse a su antojo y variar su contenido sin tener en cuenta la voluntad del pintor. Tampoco tenía mucho sentido que la vieja Ma tuviera varios cuadros de su casa con jardines diferentes, y los fuera cambiando a temporadas. No, no era muy lógico, pero...

Desconcertado se sentó en una butaca, de espaldas al lienzo. En la televisión emitían un programa de debate enormemente aburrido y decidió que era mejor no verlo. De pronto, se acordó de aquella chica, de Sophie. Se levantó y se dirigió al vestíbulo, hallándolo vacío.
-Se ha marchado. -se dijo- ¡Qué extraño! Y suspirando, etrañado por la tardanza de la vieja, volvió al salón y conectó el equipo de música. El CD del compositor de jazz Ornette Coleman empezó a sonar dispersando las notas de la canción 'Beauty is a rare thing' mientras él, sin darse cuenta, se adormecía con el aroma que emanaban las flores; aquel desconocido aroma que se colaba por la ventana abierta del salón.

Tras un extraño sueño, Job despertó y miró a su alrededor, incorporándose perezoso en el asiento. Vió que todavía estaba en casa de Ma. El reloj de cuco dió las doce.
-¡Cielos, qué tarde es!
Se levantó y corrió hacia el vestíbulo para salir, pero encontró la puerta cerrada y no la pudo abrir. Fue entonces cuando sintió una presencia detrás suyo y se volvió: Una anciana de pelo gris recogido en un moño, se limpiaba las manos en el delantal que llevaba. Era de corta estatura, y su rostro estaba surcado de arrugas; sus ojos estaban rodeados de profundas ojeras violetas.
-¿Te quedarás a cenar, verdad Job?
-¡Ma! -exclamó. -Bueno, yo... La verdad es que es muy tarde, me quedé dormido y... Sophie me dijo que la esperara en el salón. -explicaba confuso.
-¿Sophie?
-Sí. La chica que estaba aquí esta tarde, sentada en la mecedora. Me dijo que era su amiga y que...-
-No sé de que me estás hablando, chico. ­¡Vamos a la cocina! ¡Nos espera una buena cena!

Job trató de negarse, pero no pudo. Aquel suculento olor que sentía podía más que sus deseos de irse a casa. ¿O era el aroma, ahora húmedo, de las flores del jardín, el que le obligaba a quedarse?

Delante de dos buenos platos de pasta, Job le explicaba detalles de la gente del pueblo, pequeños cotilleos que la vieja quería saber. Al preguntarle acerca de las flores de la entrada, la vieja respondió.
-No ha de extrañarte que la especie de esas flores no esté en ninguno de tus libros. Las he creado yo, con mis propias manos.
-¿En serio? Tal vez debería comunicárselo a mi profesor, Ma. Él podría conseguirle una exclusiva sobre la producción de esas flores y tal vez sería el comienzo de un buen negocio, ¿no cree?
-Ni hablar. Además, no me hace falta dinero.
-No se trata sólo del dinero, Ma, creo que...
-Ni hablar, he dicho. No insistas. Y ahora será mejor que te tomes el postre.- dijo acercándole una bandeja con plátanos recién fritos y cubiertos de miel.

Cuando el reloj dió la una y media, Job se levantó de su silla y acabó de un trago su vaso de vino.
-Una cena exquisita. Pero ahora he de irme; mañana he de madrugar.
-¿Ah, sí? ¿Por qué?
-He de ir a la universidad, Ma...
-Ya. -dijo ella sonriendo. -Me temo que no, hijo.
-¿Cómo dice? ¿Por qué no? -preguntó, sorprendido por esas palabras.
-Me temo que es imposible, hijo; el jardín está muy crecido.
Job miró por la ventana. Un gigantesco pétalo azul y blanco ocupaba todo el cristal, y a duras penas pudo entrever como todo el jardín estaba repleto de flores gigantescas de anchos y poderosos tallos que prohibían el paso a cualquiera. El espacio que quedaba entre tallo y tallo era el que ocuparía un fino hilo de seda.
No podía salir. Nadie hubiera podido hacerlo tampoco.
Preso del pánico, corrió al salón con un mal presentimiento. El cuadro que tanto temor le inspiraba era ahora todo una flor: Ahora no había casa, ni jardín, ni arbustos ni nada. Sólo había una flor pintada en acuarela que ocupaba todo el lienzo, ocultando casi por completo aquella firma: Caroline Ma Sophie. Esa gran flor, cuyo centro de negro carbón parecía un ojo que miraba al chico, parecía amenazar con salirse del marco tal era su voluminosidad. Job balbuceó señalando el lienzo; no podía articular palabra. La vieja habló en su lugar:
-Si, han crecido mucho mis flores, y la lástima es que hasta el próximo mes no vendrá el jardinero. -le explicó- Tendrás que quedarte aquí, hijo, y hacerme compañía. Últimamente estoy muy sola...

Un mes... En ese tiempo aquella flor podía invadir el salón; quizás muchas más lo hicieran también en el exterior, envolviendo y enterrando el lugar. Y tal vez podía esperar que el aroma intenso y febril de aquellas extrañas flores, le llevaran a un sueño profundo, muy intenso, que le hiciera olvidar, al menos por un momento, que moriría en la casa de la vieja Ma.

Viaje a la tierra prometida

Autor: Belén Márquez


Levanté la vista del libro que estaba leyendo al escuchar la voz femenina que con gran amabilidad, nos invitaba a todos los pasajeros a abrocharnos el cinturón de seguridad. Coloqué mi billete a modo de punto de lectura en el interior del libro, lo dejé en el asiento de al lado ―que hasta el momento había permanecido vacío―, y seguí las instrucciones de la azafata de vuelo. Luego me asomé por la ventanilla para observar con curiosidad la gran extensión de tierra que sobrevolábamos: Australia.
Dicen que Australia es la tierra prometida para todo aquel que desee empezar de nuevo. No es que yo quisiera comenzar mi vida de manera textual; más bien me vi obligada a renunciar a parte de ella, debido a la resolución de un juez. Nunca imaginé que pudiera verme abocada al ostracismo, repudiada por mis colegas y apartada de todo aquello que era importante en mi vida, a causa de la envidia que una persona, muy cercana a mí, sentía por el éxito que había llegado a alcanzar en mi carrera.
Nicolai era una persona honesta y trabajadora, de aquellas que suelen caer bien. Siempre tenía una palabra o un gesto amable para todo el mundo. Para mí fue algo más que un simple colega: era mi amigo y mi compañero. Junto a él, logré llegar a lo más alto de mi profesión: nuestros platos ―una mezcla de nouvelle cuisine con toques de gastronomía molecular―, alcanzaron tanta popularidad que, en pocos años, nos convertimos en los chefs más prestigiosos del momento.
Pero eso fue hasta hace unos meses.
Entonces, Nicolai mostró su verdadera personalidad.
Yo, tenía por costumbre aderezar los platos una vez cocinados, justo antes de que llegara el momento de ser servidos a la mesa. De este modo conseguía realzar más el sabor de los alimentos. Aquella noche, debíamos servir una cena especial para un número elevado de comensales, y decidimos contratar a una persona para que nos ayudara a servir las mesas. Nicolai se encargó de buscarla. A la cena iban a asistir grandes personalidades y no podíamos cometer ningún error.
Pero el error se cometió.
Y no hubiera pasado de ahí, si la persona que había ingerido el plato aderezado ―justo en el último momento y con demasiada pimienta―, no hubiese sido alérgica a ella. De manera cotidiana, Nicolai elaboraba una lista de comensales en la que anotaba, de un modo riguroso, todos aquellos que por motivos de salud necesitaban una dieta especial: eso incluía las alergias; y la alergia del señor Perez, estaba anotada. Fuí yo quien aderezó los platos en el momento de ser servidos, así que el juez no tuvo ninguna duda al enjuiciar quién había sido el culpable.
No hace falta que comience a dar explicaciones, intentando demostrar que yo no fui. El hecho fue que Nicolai declaró en mi contra y así fue como el juez dictaminó que debía ser considerada peligrosa por mi irresponsabilidad y por ello no se me permitiría volver a ejercer mi profesión en todo el continente europeo.
Y así me encontraba yo: triste y deprimida. Fue entonces cuando cayó en mis manos la oportunidad que daría un giro a mi vida: abrían una franquicia de un prestigioso restaurante en Tasmania y necesitaban un chef. No tenía que pensármelo dos veces: era la única oportunidad de volver a ejercer mi profesión. Sólo tenía que coger un vuelo y viajar a la tierra prometida.
Y allí estaba yo, en el aeropuerto de Tasmania, con un par de maletas que contenían toda mi vida: ropa, un cepillo de dientes, un champú para el pelo, un peine, un par de libros y unas cuantas monedas de euro que había olvidado cambiar por dólares australianos.
Esperé durante un cuarto de hora a que alguien me recogiera en el aeropuerto, pero no vino nadie. Me dirigí hacia el pequeño mostrador de información y le pregunté a la simpática señorita que me atendió, si alguien había dejado algún recado para mí. Me miró de arriba abajo como el que estudia a alguna especie en peligro de extinción y me preguntó:
―¿Es usted la señorita Rojas?
―Sí ―le contesté―. Tenía que haberme venido a recoger un taxi de la compañía.
Ella me sonrió.
―El señor Landis dijo que la esperaría en Bicheno. Sólo tiene que tomar el autobús. Por allí.
Seguí con la mirada la línea que señalaba el dedo de la recepcionista y vislumbré, a lo lejos, lo que parecía ser una parada de autobús. Le di las gracias y acarreé de nuevo mis maletas hasta la parada.
En la parada de autobús de Bicheno, me esperaba un hombre. Lo que más me llamó la atención de su aspecto fueron sus rasgos orientales que contrastaban sobremanera con el peculiar acento francés de su voz.
―¿Mademoiselle Rojas? ―estreché la mano que me tendía―. Comment Ça va?
―¿Es usted el señor Landis?
―Oui ―respondió él indicándome con un gesto que lo siguiera mientras tomaba mis maletas―. Debegá disculpag mi agcent, mademoiselle, pegó lespagnol no es…
―No se preocupe por ello.
―Tre bien.
Colocó mis maletas en la parte trasera de un antiguo jeep y me abrió una de las puertas delanteras para que tomara asiento. Subió a mi lado y puso el vehículo en marcha. Mientras me explicaba ―en su confuso español―, todo lo referente a la idiosincrasia del pueblo al que nos dirigíamos, mi vista se perdía en el maravilloso paisaje que se desplegaba ante mí: los inmensos lagos rodeados de eucaliptos conferían una uniformidad bucólica a todo cuanto nos rodeaba. La civilización había desaparecido. Incluso me sentí algo avergonzada cuando señalé, con el entusiasmo de una colegiala, a un pequeño koala que holgazaneaba entre las hojas de un inmenso eucalipto, ajeno a todo cuanto le rodeaba.
Por fin llegamos a nuestro destino y, con ello, al duro descubrimiento de la verdad. El prestigioso restaurante no era otra cosa que una franquicia de la cadena Assian in Wok y lo que necesitaban, no era un chef sino un simple cocinero. Por mucho que intenté explicarle al señor Landis que mi sistema de cocinar no requería de woks u otros utensilios parecidos, y que mi presencia en su restaurante no sería más que un lastre, no quiso escucharme.
Mi estado de ánimo pasó de ser excesivamente animado a sumirse en la desesperación. A parte de cocinar, debía encargarme de las compras y ni siquiera sabía donde adquirir una simple barra de pan.
―¿Señorita Rojas?
―¡Laura!
Me sobresalté al escuchar mi nombre.
―¡Laura! ¡Despierta!
A mi lado estaba Nicolai.
―¿Qué haces aquí?
―¿Señorita Rojas? ―Me volví, algo confundida, y observé el arrugado rostro de la señorita Garcés, mi profesora de filosofía―. ¿Podría explicarnos algo sobre el zoroastrismo?
―¿Cómo dice?
En aquel momento sonó la campana.
―Como siempre, señorita Rojas, se ha dormido en mi clase. ―Luego se dirigió al resto de mis compañeros―. Para el próximo día quiero un trabajo sobre el personaje de Zoroastro, mínimo cincuenta páginas ―se escuchó una exclamación general―. ¡Y ni una menos! Se lo podéis agradecer a la marmota de vuestra compañera.
¿Qué había ocurrido? ¿Adónde había ido a parar el restaurante?
―¿Se puede saber por qué te duermes en clase de filosofía? ―preguntó Nicolai acercándose a mí―. Sabes que esa bruja nos manda trabajos descomunales cada vez que te pilla durmiendo.
―Pero… ¿y el restaurante?
―¿De qué demonios estás hablando?
―¡Tú me tendiste una trampa!
―¿Yo? ―Nicolai me miraba incrédulo pero luego sus facciones se relajaron y me sonrió al preguntarme―: ¿Qué has soñado esta vez?
―Tu y yo teníamos un restaurante y hacíamos unos platos que…
―¿Tú cocinar? ―No pudo evitar soltar una enorme carcajada―. ¡Si ni siquiera sabes freír un huevo! Anda, vayamos a casa y digámosle a mi madre que nos prepare unos bocatas mientras hacemos ese trabajo sobre Zoroastro…

GOKAN

Autor: Carolina Márquez





Toca y sentirás
Escucha y oirás
Mira y verás


Carolina



En el silencio de la noche del Nanoka, sus dedos se resintieron al fin por las muchas horas que llevaba escribiendo sin tregua.
La vela se consumía poco a poco dejando sin luz sus maltrechos ojos, doloridos por la falta de sueño y descanso.

Dejó la pluma a un lado y se frotó la cara con ambas manos intentando alejar el cansancio que la tenía exhausta y que se apoderaba de su mente a cada minuto transcurrido en duermevela.
Su sentido del tacto se hallaba adormecido, como ella. Movió los dedos de las manos, los abrió, los encogió y los estiró, hasta que un hormigueo de sensibilidad retornó a sus entumecidas compañeras.
Tocó el papel sobre el que escribía y éste se movió en un giro extraño pareciendo cobrar vida...

Sobresaltada, se levantó del frío y áspero suelo, dió un paso hacia atrás y derramó sin querer la tinta en la dura superficie, oscureciendo la madera. La mancha tomó una forma antinatural e inundó rápidamente la fina hoja amarilla en la que trabajaba, y de pronto, sus ojos empezaron a ver cosas que no debían ver...

La media luz de la vela, tramposa y enemiga, empezó a hacer bailar los Kanji, formando pensamientos reveladores, únicos e indescifrables. La antigua escritura de los Sensei se hacía visible ante sus ojos, y los secretos guardados durante siglos dejaban de ocultarse, en un parto prematuro de letras y conceptos enigmáticos, viejos como el mundo, que ascendían desde la oscuridad remota de los tiempos. Los Kanji formaron una idea desconocida hasta entonces y el miedo se adueñó de su cuerpo, manifestándose en un temblor incontrolable.

Cerró los ojos ante lo que no debía ver, y con la privación del sentido, otro ocupó su lugar con más fuerza, y escuchó con su fino oído una letanía lejana venida a través del tiempo:

Debes ver lo que ves, pues lo que no ves
no ha de existir
Debes ser el reflejo de lo que ha de venir
Y detener en el tiempo lo que nunca debió ocurrir


Abrió los ojos, aturdida, sus manos apenas despertando, sus ojos viendo cosas prohibidas, sus oídos apremiándola a escuchar... Se asustó tanto que quiso hablar, preguntar en voz alta qué era lo que estaba sucediendo, por qué ahora y por qué ella, pero sus labios empezaron a entonar una extraña canción que escuchó a través del viento:

Presente ves y sientes
Pasado viste y sentiste
Futuro verás y sentirás
Qué nos aguarda
La muerte quizás


Su boca se tornó amarga ante el cántico, e intentó detenerlo pero no pudo. La revelación de los sentidos la dejó fluir como agua muerta y percibió un profundo olor viejo y penetrante, el olor de los siglos pasados y futuros.
Su mente estaba abriéndose al mundo, sus cinco sentidos en alerta, y despertó en su interior el poder del Dairokkan, escondido en las brumas de su memoria, agazapado en las sombras de su consciencia para iluminar el instante crucial de su vida, sintiéndolo llegar en la distancia en un auténtico y despiadado ataque frontal.

Se entregó a él sin reservas y a través de ese nuevo poder se abrió el paso a una nueva dimensión y sintió la atracción del círculo de la vida, eterno e infinito, quedando atrapada en su rueda de existencia.
Descubrió todo lo que le era desconocido, lo incomprensible cobró sentido, se hizo fuerte como el roble, liviana como las nubes, rápida como el viento, el águila se adueñó de sus ojos, el oso de sus manos, el lobo aspiró el aire que la rodeaba, escuchó el latido de la Tierra y su boca sintió el sabor de Mares y Océanos... se fundió en cuerpo y alma con el Universo, formó parte del Todo y de la Nada, de la Vida y de la Muerte y percibió, en lo más profundo de su Dairokkan, el Fin de los Tiempos...

GOKAN : Los cinco sentidos
NANOKA : Día 7
KANJI : Caracteres de la escritura japonesa
SENSEI : Maestro
DAIROKKAN : Sexto sentido

Relato dedicado a Belén

Este relato se incluye en la serie de relatos cortos del espacio KARYÛKAI (Relatos desde el Lejano Oriente)
Este relato es propiedad de su autora y está protegido.

¿Quieres colaborar en Escritores en la Sombra?

Escritores en la Sombra es una página abierta a todo aquél que le guste escribir.

Si quieres ver aqui tu relato publicado tan sólo tienes que enviarnoslo a una de las siguientes direcciónes de correo electrónico:

baoyim@hotmail.com
carolmrfash@hotmail.com

teniendo en cuenta lo siguiente:

1. Los relatos enviados a la dirección indicada deberán estar escritos en archivo de word y tendrán una extensión mínima de 500 palabras.


2. El autor deberá indicar claramente el Título del relato, nombre del autor o pseudónimo con el que quiera que sea publicado así como la dirección de su página web, en caso de tener y de querer enlazarla a este blog.


4. No se admitirán faltas ortográficas ni relatos manifiestamente mal escritos.


5. Los relatos han de ser originales. No se admitirán plagios.


6. Si el relato supera las 1000 palabras, Escritores en la Sombra se reserva el derecho a publicarlo en cuantas entradas sean necesarias.


Esta página está en contra del plagio y la piratería. En el supuesto caso de que alguno de los relatos fuera copiado de otro autor sería retirado de inmediato y denunciado a través de esta página.


Todos los relatos de este blog tienen derechos de autor