AMORES CASTIZOS

Autor: Noa



"Cada paso que doy hacia delante, es una mirada atrás buscando tu recuerdo"


-Escuchando: Dido- Here With Me-.


Como cada mañana se sentaba a esperar a que la muerte la llevase con ella.
Apoyada en la escalinata de piedra caliza carcomida por el paso del tiempo, dejaba las horas trascurrir lentamente mientras hundía su fatigada mirada llena de surcos y grietas en el horizonte.

El sol anaranjado comenzaba a resurgir sobre la línea del mar anunciando la llegada de un nuevo día. Pero a Matilde le daba igual. Había disfrutado de muchos amaneceres como éste, pero nunca los había vislumbrado sola. Ya no le resultaban impactantes. Ahora sus tonos rojizos repletos de destellos naranjas carecían de sentido desde que no los contemplaba junto al abrazo cálido de su esposo.

Había fallecido hacía varios años y ya no le quedaba ningún motivo para sonreírle a la vida, de hecho deseaba que ésta acabara lo antes posible.

El hedor que desprendía el interior de su casa resultaba inaguantable para los que se acercaban a pagar mensualmente la cuota del garaje que arrendaba en una vieja nave situada al final de la calle.
Les abría la puerta tan sólo unos centímetros los suficientes para que el olor nauseabundo les golpeara de lleno en las narices, a veces su astuto gato se escapaba por esa pequeña rendija y lograba disfrutar de unos instantes de libertad hasta que le atraparan de nuevo las regordetas manos de su dueña.

Adentro se hallaba una instancia repleta de soledad. Sus muebles revestidos en madera de cedro y cubiertos por una visible capa de polvo escondían todos los momentos de felicidad compartida por aquella anciana y su marido, pero ahora, aguardaban tristemente el pasar de las horas junto a la dueña.

Conoció a Alfonso hace la friolera de más de sesenta y tres años cuando ella no era más que una chiquilla escuálida que aún no había desarrollado su cuerpo como las demás chicas de su barrio. Cada martes acompañaba a su madre a hacer la compra al singular Mercado Maravillas del centro de su madrileña ciudad.

Palpando unos vistosos tomates se encontraba él sonriendo con risita picarona a la hija del frutero. Era alto y apuesto, con una mirada intensa de miel y almendra. Su cabello travieso y despeinado le daba un aire rebelde apoyado por su pose de chuleta de barrio.
Sintió el corazón estallar dentro de ella golpeando fuertemente que la hizo cerrar la boca para que no se saliera de su pecho.

-“Anda Mati, tráeme unos tomatitos para el guisado”.

Y como en aquella época jamás se desobedecía a las madres aunque quisieras desaparecer del mundo en aquel instante, camino con la vista sin alzarla del suelo del mercado y se situó lo más alejada que el puesto le permitía de él pero que a su vez no le impidiera perder detalle de sus gestos.
La muchacha a la que hablaba era ya toda una mujercita con sinuosas caderas y pechos turgentes. Como deseó que su cuerpo se asemejara al de ella y no sus trazos infantiles aún por definir. Debían tener ambas la misma edad.
De repente, sus miradas se entrelazaron. Ella bajó la vista y fingió observar los puerros situados entre ambos. Pero sentía su mirada fija en ella. Le ardían las mejillas.

-¿Quién va?
-……
-¿Quién va?
-……
-¿Niña no te tocaba a ti?

Ahora la quemazón de las mejillas le subió hasta las horquillas.
Todos en el puesto la miraban. Él también. La hija del frutero la miró con descaro y le dijo algo en bajo al chico y ambos rieron mientras ella la miraba con sonrisa burlona.
Pidió su kilo de tomates y se marchó al borde de las lágrimas y el corazón rebosante de su risa, sus ojos, su pelo, su pose, su tez…
Tuvo fiebre en los tres días posteriores y no quiso levantarse de la cama más que para ir al baño. Su padre temía que su pequeña se hubiera infectado de tifus o algún otro mal preocupante.

Al cuarto día se puso en pie y volvió al mercado. Esta vez había pedido prestado un jovial vestido rojizo y unos taconcitos de hebilla de dos centímetros a su amiga Carmen, que de paso la había puesto un poquito de colorete en las mejillas y unas pinceladas de carmín en los labios. Cuando se vió frente del espejo del baño público, ya que este nuevo cambio de imagen tuvieron que hacerlo a escondidas de las madres, padres y demás vecinas curiosas y chismosas del barrio, descubrió a una muchacha de enormes ojos verdosos y jugosos labios rojos, que no tenía nada que envidiar a la hija del frutero.

Cuando cruzó el umbral del mercado, le temblaron las rodillas, puede que él ni siquiera estuviera aquí, puede que se volvieran a reír de ella, y quiso dar marcha atrás. Pero al girarse sobre sí misma se tropezó con alguien que rápidamente la tomó por la cintura mientras la decía entre susurros:

-“Disculpe señorita, no debería ir usted sola por este mercado, hay muchos lobos por ahí sueltos y a hora mismo uno la tiene acorralada por la cintura”.

Le costó escucharle a causa del sonido ensordecedor de sus latidos, y al sentir sus labios cerca de su oído un latigazo le recorrió la espalda que hizo que se tambaleara aun más, por extensión él la apretó más fuerte con sus manos. Quizá todo no durara más que un segundo pero para ambos el tiempo pareció detenerse en derredor.
Sus miradas se clavaron en los ojos del otro, y sus labios desearon derretirse en los de enfrente. Caminaron por las calles adyacentes sin decirse nada y contárselo todo a través de sus pupilas.
Él la estuvo cortejando durante varios meses hasta que una tarde se presentó con un ramo de flores dispuesto a pedir la mano de su amada al padre de Matilde.

Nunca jamás se separaron, no había un día en el que no estuvieran juntos, necesitaban de la presencia del otro para poder respirar. Cada uno era la bujía que iniciaba todo el motor que hacía que la maquinaria que componía sus cuerpos se pusiera en marcha.

Una tarde Alfonso comenzó a tener fiebres altas y a vomitar sangre. El tiempo transcurría y no había mejoría alguna. Vendieron su casita de la calle de los Artistas y marcharon a Mallorca para que la brisa del mar le mejorara la salud.

Pero una tarde Alfonso la llamó a su alcoba.

-Mati, pronto deberás caminar tú sóla.
-Pero yo sólo sé andar tras tus pasos.
-Encontrarás el camino, yo te guiaré desde dentro de tu corazón.

Y como una vela encendida, se fue apagando hasta consumirse todo el humo.
Ella le buscaba dentro de sí misma, pero no le hallaba. Él se había ido.
En la noche, buscaba entre sueños su espalda para recorrerla con sus dedos y no había nada al otro lado de la cama. Porque él se había ido.
Preparaba comida para dos porque no sabía calcular ni conocía otras medidas. Pero no había nadie al otro lado de la mesa sentado para degustar su plato favorito.

No tuvieron hijos porque alguno de los dos no podía concebir, pero no les importó en absoluto y por eso adoptaron a un diminuto y desnutrido Canela cuando le encontraron maullando perdido sin rumbo, agazapado entre unos cubos de basura buscando algún desperdicio para llevarse a la boca.

Se encerró más en sí misma y se echó a perder esperando el día en que se durmiera eternamente con las cenizas de su esposo entre las raíces del chopo de la plaza de Olavide donde él le declaró su amor. Guardaba las de Alfonso en el alfeizar de su ventana para mezclarlas con las suyas cuando la muerte se dignara aparecer. Llevaba dos años esperando y pensaba que cada vez quedaba menos para que viniera a por ella. Pese a que tenía una salud de hierro y por desgracia para Matilde aún le quedaba unos añitos más para desesperarse en la apatía de los días de Mallorca.

Echaba de menos Madrid. Su ruido, su caos, sus calles castizas y las trufas de la Mallorquina frente a la Puerta del Sol que devoraba tiempo atrás, entre sonrisas y confidencias con aquel muchacho divertido y picarón que bebía los vientos por ella.

Abrió los ojos y se dejó llevar por la luz tenue del atardecer. Su gato se enredó entre sus piernas ronroneando y pidiendo un poco de atención. Quería comer algo. Sus bigotes la hicieron cosquillas en las pantorrillas y tomó al viejo Canela entre sus brazos y poniéndose en pie torpemente y con gran dificultad, le susurró al oído:

-“Puede que mañana tengamos más suerte”.

Hoy la muerte pasó de largo.


Noa: TraZoS De MaRipoSa

10 comentarios:

Carolina dijo...

Uno de tus relatos que más me gustan, aunque tú ya sabes que mi corazón es para Rodrigo.
Espero que me permitas publicarlo aquí, porque es una maravilla.
Besos, mariposa.

luther blues dijo...

Muy buen relato ,felicitaciones a Noa ,me hizo recordar cuando mi madre partio a mejor vida y al viejo se lo llevo unos meses despues la soledad,el lugar vacio en la mesa y todo lo demas que hacian juntos .
Un abrazo a todos y un placer visitarlos

Carolina dijo...

Cierto Luther, lo mismo sentí yo al leerlo por primera vez: la soledad que deja el ser amado cuando se va, que sigues "midiendo" las raciones para dos porque no sabes hacerlo sólo para uno, éso fue lo que más me impactó.
Gracias, seguro que a Noa le encanta tu comentario y te responderá en cuanto pueda.
Besos

Xibeliuss dijo...

¡Gran relato! Me he sumergido en el ajetreo y en la vida a raudales del Mercado de Maravillas, que conocí muy bien. Que triste soledad cuando es impuesta.

Belén dijo...

Un relato maravilloso, sin duda alguna. Espero que no sea el último de Noa.

Noa dijo...

Muchísimas gracias a las dos por permitirme participar en vuestro blog, es todo un honor estar aquí :) y por vuestros comentarios. Me alegra que hayais podido viajar al pasado de aquel Madrid castizo conmigo a través de los sentimientos de los personajes y evocaros con ellos recuerdos más cercanos.

Un beso fuerte

Noa

Arena dijo...

Es triste pero me ha gustado mucho , me he sentido un poco identificada por que a veces yo también lo he deseado , aunque por otros motivos.

La canción que escuchabas mientras tanto es muy bonita.
Un saludo Noa

almalaire dijo...

"Hubiera preferido ser huérfano en la muerte,
que me faltaras tú allí en lo misterioso,
no aquí en lo conocido"

Son versos de Cernuda. Debe ser terrible perder a alguien que llevas aprendiendo a querer toda la vida. Me ha gustado mucho como lo cuentas tú. Un saludo, Noa.

Carolina dijo...

Almalaire, qué palabras tan bellas y qué apropiadas.
Saludos.

almalaire dijo...

:)Gracias, Carolina