Te doy sus ojos


Autor: Almalaire








Cuando conocí a Bernard Weigel, él debía andar por los noventa años años, pero no aparentaba más de setenta. Era un anciano imponente; alto y delgado como un junco, con el pelo muy corto de un blanco purísimo y en el que lo primero solía llamar la atención era la muda y extraña tristeza perenne de sus hermosos ojos claros, pero a mi lo que de verdad me llamó la atención fue el hecho de que ese hombre de elegancia exquisita, porte aristocrático y maneras suaves llevase casi setenta años siendo el mejor amigo de mi tío abuelo Antonio. Somos mucho más que amigos, niña, solía decir él. Somos pareja de mus.

Mi tío contaba noventa y dos años exactos y los aparentaba todos. Era bastante más bajo y mucho más gordo que su amigo. Juntos formaban una estampa deliciosa en la que uno siempre terminaba por echar un poco de menos a Rocinante y a Rucio. Sin embargo, la mayor diferencia entre ellos estaba en la desafiante alegría de vivir con la que Antonio Fernández estrenaba cada día, en la dicha asombrosa que lo estremecía de puro placer cuando abría los ojos y comprobaba encantado que el todopoderoso le había concedido una prórroga más con la que burlarse de su larga veintena de sobrinos.

_Me va a dar tiempo, Almita, me decía con los ojos brillantes, me va a dar tiempo a gastármelo todo. A mi entierro vendrás sólo tú, y se reía a carcajadas con aquella risa contagiosa de bucanero.

Mi tío era el menor de los cinco hermanos varones de mi abuela Juliana. Desde bien pequeño la inagotable energía de Antonio, su rendida afición a las mozas de piernas largas y lengua suelta, su natural parrandero y ruidoso y su constante buen humor pusieron a prueba muchas veces el precarisímo estado mental de su padre y la paciencia de sus hermanos. Mi bisabuelo, que a diario rezaba el rosario al menos dos veces, estaba absolutamente seguro de que “aquella calamidad” no podía ser hijo suyo…pero en un extraño brote de ecuanimidad había ido repasando uno por uno a todos los varones del pueblo, para concluir desalentado con que tampoco podía ser hijo de ningún otro.

_ Es tuyo sólo, tiene que ser sólo tuyo... le escupía a su mujer con rencor y ella, que en secreto amaba al más pequeño de sus hijos con una devoción infinita que nunca llegó a inspirarle ninguno de los otros, callaba deseando que así fuera.

Cuando la viejita se murió, mi tío se marchó de su casa para no volver. Vivió a salto de mata, haciendo un poco de todo, hasta que en plena guerra mundial los alemanes se volvieron locos por el wólfram de las montañas del Bierzo. Entonces él quiso sacar a bailar a la diosa fortuna y ella quiso bailar con él. En poco tiempo, sin apenas darse cuenta, se convirtió en un hombre rico. Allí encontró también al señor Weigel. Ambos fueron desde entonces la única familia del otro.

Pasarían muchos, muchos años, antes de que Antonio volviera a ver a sus hermanos y cuando lo hizo descubrió que le inspiraban un fastidio correoso, una pena terrible, una pereza inmensa. De entre todos sus sobrinos, al único que siguió visitando alguna vez fue a mi padre y por la simple razón de que nunca se había molestado en disimular que no se alegraba de verlo. Yo tampoco tuve que disimular nunca, a mi me encantaba el tío Antonio. Venía siempre solo, me traía regalos fabulosos, me sentaba en sus rodillas y me contaba historias terribles de duelos y emboscadas de la vida en los que siempre salía vencedor.

Tardé mucho en saber del señor Weigel, porque la dudosa naturaleza de aquella amistad de hombres que viven y viajan juntos avergonzaba a mi respetabilísima familia y el tío Antonio, a quien avergonzar a mi familia era una de las cosas que más le gustaban en la vida, callaba y jugaba al equívoco sólo por joder.

A poco de conocer y amar _que no se podía hacer lo uno sin lo otro_ al señor Weigel, yo empecé a visitarlos más seguido. Acaban de mudarse a una especie de asilo de lujo, un complejo inmenso con apartamentos independientes y jardines de cuento en el que siempre se comportaron como los distinguidos huéspedes de un hotel. Yo iba y volvía con una pena agridulce y honda, intuyendo que el día que cualquiera de los dos faltase, el otro lo seguiría de inmediato y que yo me acabaría quedando sola, huérfana de padre y padre, en un mundo definitivamente hostil, sin nadie que me enseñase a reírme de los duelos y las emboscadas de la vida.

Así fue. Una mañana fría y luminosa de Marzo se nos murió el tío Antonio de una muerte dulce y misericordiosa, dormitando en la terraza de su apartamento mientras su piel agradecía el regreso del sol. En contra de su voluntad, y de la mía, a su entierro asistieron todos sus sobrinos. El señor Weigel, nombrado heredero universal, le sobrevivió apenas tres semanas.

Antes de morir, cada uno por su parte, y juraría que a espaldas del otro, los dos me hicieron un regalo tan espectacular como inapropiado: mi tío, más tradicional, me regaló una diadema de princesa; dos vueltas de oro blanco cuajadas de diamantes incoloros y perfectos, una pieza de colección, una joya tan fastuosa que nunca podré ponerme. El señor Weigel, en cambio, me regalo una joya que jamás podré quitarme: la historia de su tristeza, la amargura que arrancaba en los bosques mágicos de su infancia en Baviera, en el hogar al que él tampoco quiso ni pudo volver nunca, en sus ensoñaciones de niño pobre, enamorado hasta los huesos de una reina vestida con harapos, pero tan hermosa, tan brutalmente adherida a su memoria que cuando, a traición, su recuerdo se le hacía más intenso todavía le costaba respirar.

Una tarde del mes de Diciembre me acerqué a verlos con la intención de sondearlos para escoger su regalo e Navidad y el Señor Weigel me dijo que mi tío estaba descansando. No quiere, murmuró, así que le hemos tenido que dar una pastilla para que duerma.
_ Yo creo que nos estamos muriendo, concluyó con sencillez, pero Antonio dice que la gente de nuestra edad ya no se muere y que no hay de que preocuparse porque el tiempo se ha olvidado de nosotros.
_Usted lo quiere mucho verdad?
_Claro, me dijo, no tengo nada más…Al fin y al cabo él si ha tenido más cosas, hasta que llegaste tú tampoco quiso tener más familia pero eso no significa que su familia no haya querido tenerlo a él
_No, no, bromeé yo, su familia no ha querido, pero no ha tenido más remedio, temen que Dios los condenará en la otra vida si se olvidan del viejo, y que el propio viejo los condenará en esta dejándoles sin un quinto, así que se aguantan

El señor Weigel se rió y me miró con tanto amor que no pude evitar abrazarlo. Entonces me pidió que lo acompañara a dar un paseo por el jardín.

_Quiero contarte una historia, Alma.
_Que bien, dije yo, ¿de emboscadas?
_Algo así, contestó con los ojos conmovidos.

Hacía mucho frío, pero él daba calor. Me tomó del brazo con suavidad y empezamos a caminar. El señor Weigel hablaba un castellano límpido y puro, extraordinariamente correcto y preciso. Algunas veces, casi imperceptiblemente, aspiraba las jotas y arrastraba las erres, pero nada más delataba su origen.

Mientras anochecía, empezó a hablarme de una vieja sin edad que vivía en una casucha de miseria cerca del pueblo donde su padre era cartero. La vieja Constanza, dijo, era una mujer horrible; fea y malhumorada. Había ayudado a nacer a mi padre y juraría que también a mi abuelo. Nadie sabía desde cuando estaba allí, no hablaba casi nunca y nadie se explicaba como podía sobrevivir, aunque lo cierto es que era sencillo; tenía visiones certeras y podía ubicar con precisión una oveja perdida del rebaño, añadiendo si merecía la pena buscarla o no, hacía pequeños milagros como sanar dolores de muelas con su sola presencia o devolver el apetito a los niños y también era la comadrona de toda aquella comarca. Sus manos sabias habían acogido el primer llanto de cada niño y habían aligerado el trabajo de cada madre. Por todo eso, la gente, agradecida y al mismo tiempo temerosa, se ocupaba de que nunca le faltara nada y ni en los peores inviernos necesitó leña ni pan.

Yo acababa de cumplir trece años cuando mi madre me envió a buscarla una noche de invierno. Mi padre no podía moverse de debajo de la mesa adonde lo había arrastrado la última de sus espantosas borracheras.

_Date prisa Bernie, dijo mi madre con los ojos llenos de miedo, la niña viene muy mal.

Me acuerdo del pánico con el que recorrí el camino del bosque que no era nada comparado con el que me daba la vieja partera y sin embargo, cuando llegué a su casa, me abrió la puerta una criatura tan fascinante que estuve a punto de olvidar a que había ido. Quienquiera que hubiese escogido para ella el nombre de Regina sabía muy bien lo que estaba haciendo. Era una criatura única, indescriptiblemente hermosa, con un pelo largísimo en el que ardían los mismos colores que en la lumbre del hogar, y los ojos amarillos. No se si me di cuenta entonces o fue después, cuando ya la acechaba sin descanso con la devoción de un perro, pero eso era lo que más llamaba la atención en ella, aquellos ojos que no eran del todo humanos, tenían un brillo animal y una belleza de otro mundo.

La vieja Constanza salió corriendo delante mi, medio ciega como estaba, orientándose a través de la portentosa intución que había dibujado con mano firme los mapas de su memoria. Llegó a mi casa mucho antes de que yo hubiera despertado de la euforia feliz que me provocó siempre la proximidad de Regina. Cuando yo entré en casa, la partera sostenía con delicadeza el cuerpo menudo y gritón de mi hermana y miraba con infinito desprecio a mi padre. Salió de allí sin despedirse y Regina se fue como su sombra.

Nunca recobré la paz, me dijo el señor Weigel. Empecé a buscarla a cada rato, la seguía a distancia por las veredas del bosque y podía pasar horas mirándola desde lejos. El día que desde lo alto de un haya la vi entrar desnuda en las aguas azules del lago la miré sin parpadear hasta notar como me escocían en los ojos las lágrimas de un amor que ya no encontraba cobijo en mi pecho.

Nadie sabía como había llegado allí. La gente murmuraba que era una bruja por sus ojos amarillos, su altivez, su fantástico caminar de reina pordiosera. Yo tenía expresamente prohibido hablar con ella aunque ella no hablaba nunca con nadie, ni siquiera con la vieja Constanza, con la que se entendía a través de un código invisible y secreto y mucho menos conmigo, pero no obstante la seguía de día y la velaba de noche y ni siquiera durante el sueño podía pensar en otra cosa. Es una bruja de verdad, pensaba, tiene que ser una bruja de verdad para haberme hechizado de esta manera.

Una noche, dos años después de aquella primera, la historia quiso repetirse y esta vez algo salió mal. Mi padre despertó de la curda y entrevió a su mujer pálida de terror y de angustia y a la vieja Constanza sosteniendo un bulto liviano que no lloraba ni se movía. Un varón. El primero después de seis niñas. Una esperanza, la única, yo había sido para él una inagotable fuente de decepción (creo que por eso Antonio y yo nos hicimos tan amigos).

La mirada de desprecio de la vieja Constanza, que una vez más salió sin despedirse y al pasar a su lado escupió en el suelo, acabó mi padre. Herido, humillado y borracho se levantó del suelo con dificultad y desapareció. Entonces Regina me miró directamente a los ojos por primera vez y me extendió una mano pequeña y suave que yo apreté. Me aferré a esa mano que contenía todas las promesas y salí con ella de mi casa camino de la suya, pero cuando llegamos al cruce del arroyo nos deslumbró el resplandor de una hoguera terrible en el medio de la cual se agitaba el cuerpo sin vida de la vieja Constanza mientras mi padre de rodillas en el suelo musitaba sin descanso: bruja, bruja, bruja, bruja, bruja…Yo grité, pero Regina no dijo nada. Se soltó de mi mano, caminó un par de pasos, se dio la vuelta para mirarme con sus ojos amarillos y después, con paso firme, entró en el fuego con el que entra en una danza.

Y yo no hice nada, Alma, podía haber gritado, pedido ayuda, sacarla de allí, apagar el fuego o arder con ella, dijo el señor Weigel cubriéndose la cara con sus manos elegantes, pero no hice nada, nada. Me quedé allí clavado como una aguja, hasta que el fuego se consumió. Después eché a correr. Nunca he podido parar y nunca podré perdonarme. Nunca se lo conté a nadie y te lo cuento a ti porque por mucho que diga Antonio, nos estamos muriendo. Yo no puedo morirme y volver matar a Regina, Alma, tiene que vivir en tú memoria, prométemelo.

_Prometido, dije yo, llorando sin pudor todas las lágrimas que el señor Weigel había guardado durante más de setenta años de angustia.

El me miró con gratitud. Nunca habrá nadie en este mundo ni en ningún otro con el aire de Regina, me dijo, pero una vez hace años sus mismos ojos fueron portada de una revista.

_ Sus mismos ojos, repetí yo, alelada.
_ Si, repuso el Señor Weigel, mucho más tranquilo, mira

Entonces sacó del bolso de su abrigo un ejemplar del Nacional Geographic de 1985 en cuya portada, una preciosa niña pasthun de hermosos ojos animales, que a mi siempre me habían parecido verdes hasta ese momento, el pelo cubierto con un pañuelo ocre, mira a la cámara con un punto intermedio de pavor y desafío… una imagen que ha dado varias veces la vuelta al mundo y forma parte del subconsciente colectivo.

_Así podrás imaginártela mejor, Alma, me dijo el señor Weigel, pero ella, y al decir ella, su voz limpia se quebró en mil astillas que dolían, mucho pero que mucho más hermosa.

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Almalaire: Cuevalagua

16 comentarios:

Carolina dijo...

Almalaire, muy hermoso relato, ya ves al final lo he publicado entero. Ya estás enlazada en los "Blogs de los autores".
Besos y gracias!

almalaire dijo...

Ay Carolina, muchas gracias, acabo de leerlo otra vez, que me gusta verlo aquí, se ve distinto, como ajeno...pero me he dado cuenta de que cuenta de que me equivoqué.Había corregido más cosas que no salen...en fin.

Besos para ti, guapa.

Xibeliuss dijo...

¡Hala! Que maravilla...
He empezado con una sonrisa por ese monumental Antonio, el que su padre pensaba que no era suyo pero tampoco podía ser de ningún otro -genial: ya está pintado; pero la historia de Bernard... uf. Gran detalle enlazarlo con la FOTO (con mayúsculas) del NG. Esos ojos cuentan todo. No sé si vistéis la otra foto que le tomaron unos cuantos años después: se ve que ya había entrado en la hoguera.
Felicidades, alma. Una maravilla -Pd. Por cierto, aquí en Sanabria también tuvimos alemanes locos buscando wolframio.

Carolina, Belén: Enhorabuena: esto pita. Abrazos

Belén dijo...

Una fantástica sorpresa. Cada vez sois más los que participáis y hacéis crecer este blog. Que el mundo vea que hay grandes escritores en la sombra que merecen ser leídos.

Un magnífico relato de una calidad sorprendente. Gracias por tu aportación y espero que no sea la última.

almalaire dijo...

Xibeliuss

Muchas gracias. Como le dije a Carolina cuando se lo envié, es un cuento que le había regalado a un amigo que trajo unas fotos preciosas de Alemania y nos pidió "un ejercicio de imaginación" en un blog que compartimos. También es un relato gafado de alguna manera, la primera vez quedó fatal, la puntuación desastrosa y la ortografía discutible ;). Ahora lo había corregido mucho, mucho, tanto que casi parecía otro, pero al volver a leerlo me he dado cuenta de que le mandé a carolina una versión de las penúltimas, osea, la puntuación desastrosa y la ortografía...bueno, callaré. Me alegro de que a pesar de todo te gustase y sí, vi la segunda foto pero me alegro mucho de que el señor Weigel no haya llegado a verla ;)

Besos.

Belén

Muchas gracias a ti, a vosotras, por poner en marcha este proyecto y por permitirme formar parte de él. Besos

Pulgarcito soñador dijo...

Como lleva su tiempo leerlo, me lo llevo a mi casa, para disfrutarlo en plena paz, y porque está escrito con pluma divina, por lo que se ve...

SubHatun dijo...

Deliciosos cuentos de noche de invierno junto a la chimenea queridisima Alma...

Madame Minuet dijo...

Madame, precioso. No me esperaba ese final. Esos famosos ojos claros me impactaron de pronto con fuerza como si salieran de la pantalla. Son inolvidables, y llegan hasta donde no alcanzan las palabras.

Feliz comienzo de semana

bisous

Dyhego dijo...

Muy bonito, sí, señor.
Salu2.

almalaire dijo...

;)

Muchas gracias a todos. Besos.

¡¡¡...Jaz...!!! dijo...

hola belen! paso a devolverte el comentario y a agradecerte por seguirme. Realmente es muy importante para mi todo lo que estan haciendo por mi a tan solo dos dias de conocernos, es realmente fantastico. Escribir, como ya lo he mencionado me encanta y que las personas se interesen en lo que hago me pone muy feliz asi que gracias... un beso. JAZ

JuLieta dijo...

Hola!...me he quedado sin paralabras con tu relato,es MUY HERMOS!!,me encanto!! tu manera de escribir es asombrosa:D.

Te molestaria pasarte por mi blog?(quierollorarparaolvidarte.blogspot.com)y dearme tu opinion?

que andes muy bien!:)

Arena dijo...

Me ha encantado!!. Si es que os expresais como los ángeles. Un abrazo Alma.

almalaire dijo...

Gracias Julieta, dejé un comentario en tú blog ;)

Gracias, Arena, chula. Un Abrazo enorme para ti.

luther blues dijo...

Que buen relato Almalaire has traido a este bello lugar del cual no me arrepiento de haberlo conocido .
He pasado un momento muy agradable con esta historia llena de lealtad y amistad entre tu tio y su amigo aleman .
Un abrazo desde Bs As

PD :Un saludo a las chicas de por aqui y el cariño de siempre

almalaire dijo...

:)

Gracias Luther, igual para ti