TACONES CERCANOS (Resacuento II)

Autor: Almalaire









-Te había traído unos churros, me dijo. Un cansancio abatido le empapaba la voz. Pensé que podíamos desayunar tranquilamente y dar un paseo hasta casa de Cristina que nos ha invitado a comer, pero ya veo que tú no estás en condiciones.

-¿Que Cristina? Pregunté yo, instalada para mi propia sorpresa en la vida de otra (me adapto bien al terreno, soy una resistente, antes doblada que partida, es una de mis mejores virtudes). ¿Te has comido tú los calamares?, añadí.

-¿De qué hablas?, ¿qué calamares? Joder, Jodeeeeeeeeeeer. ¡Mírate!, todavía estás pa´allá. Pareces una yonky. Voy a llamar a Cristina, no puedes presentarte así en su casa, no podemos ir, concluyó resuelto y me dio la espalda para buscar el teléfono móvil en el bolsillo de su abrigo, el abrigo que se había quitado al entrar y ahora reposaba tranquilo sobre la mesa de la cocina, con los churros y con el montón de periódicos y suplementos que me recordaron que, por lo menos, seguía siendo domingo.

-¿Que Cristina? repetí, obcecada, curiosa, absurda, definitivamente estúpida. Como si eso importase algo con la que estaba cayendo.

-Mi hermana, coño, contestó exasperado, mi hermana Cristina, ¿que Cristina iba a ser?

Se dio la vuelta y me miró con un cariño hosco, teñido de desdén, pero evidente. Entonces lo observé con detenimiento: treinta años muy largos, cuarenta quizás, todos comestibles en cualquier caso. Manos grandes, pies grandes, convencionalmente guapo sino fuera porque también tenía la nariz demasiado grande, más guapo aún, para mi, precisamente por eso; el pelo muy corto, los ojos tristes que sin embargo daban la impresión de saber reírse mucho y bien y tan alto, y tan flaco, y tan morena su piel impecable,  y  ese  aire de hidalgo antiguo, de gran señor venido a menos... Don Alonso Quijano quince o veinte  años antes de perder la cabeza. El  aspecto que siempre quise para el hombre de de mi vida. Ni siquiera sé como se llama, pensé, y me eché a llorar.

El si sabía como me llamo yo, porque empezó a hablarme muy suave, muy dulce, con  una tristeza honda y resignada en cada palabra y me llamó Marian. Yo me llamo María Ángeles;  un nombre terrible, terrible  sobre todo por la cantidad de nombres terribles que es capaz de engendrar. He sido María, Mary, Marigeli, Angelines, Gelines, Geli, Angélica algunas veces y Angelita casi siempre. Los detesto todos casi por igual pero  eso no me ha permitido sacudírmelos. Sin embargo, desde que pude elegir, hacia los doce años, más o menos, mis amigos me han llamado Marian yo escogí llamarme así, como las chicas de Sandokán y Robin Hood. Ni que decir tiene que eso nunca llegó a alterar el orden de las cosas y las rutinas de mi casa  y que cuando alguien preguntaba por Marian a mi madre, si era ella quien había cogido el teléfono, su invariable respuesta era siempre que claro que Angelita estaba y que claro que Angelita se podía poner.

-Marian, estaba diciendo aquel desconocido que me gustaba tanto, el chulazo de la rubia, el que debió de ser el hombre de mi vida,  Marian, la voz a punto de quebrarse, Marian, si yo te he querido mucho, si te quiero, pero es que esto no puede ser, yo no puedo más, no puedo más, ¿me entiendes? Yo me largo. Me voy  porque cualquier día te va a pasar algo chungo, algo chungo de verdad y yo no puedo...yo no quiero estar aquí para verlo.

-No llores, suplicó y se acercó y me abrazó y me limpió los ojos con sus dedos, no llores y me meció como a los niños, no llores y sonrió con su voz, con su cara, con los ojos que sabían reírse mucho y bien, no llores. ¿Qué quieres que haga, Marianita, si te ha traído Juan el de  "El Montañés", y venía pálido como un muerto, y me ha dicho que te deje dormir y que  mejor no te toque...que te ha levantado de la calle porque estabas tirada y  como loca, chillando y llorando  a la puerta del Sinaloa, que no te ha atropellado un coche de milagro...

-Anda ya, si vine con Mónica, respondí yo, llegué tan tarde porque tuve que quedarme a cerrar...Tenías que haber visto el Sinaloa. No cabía una cerilla más...

-Marian, dijo, hablándome muy despacio, aparentemente tranquilo pero con el horror pintado en la cara, la viva imagen del pánico puro. Si el Sinaloa estaba cerrado ya cuando saliste, lleva cerrado dos años justos, desde lo de Mónica precisamente. Hoy se cumple el aniversario, hasta viene en el periódico. Espera, te lo voy a enseñar.


Continuará...

Almalaire: Cuevalagua

7 comentarios:

Carzum dijo...

Me encanta Alma, estoy enganchadísima y,¿sabes qué?? que esta parte del relato me tiene cierto aire canallesco de las letras de Sabina y, esto, no hace falta que te lo diga, es un piropazo. Fuerte abrazo ;-)

almalaire dijo...

Gracias Carzum :D

Tiene más de ranchera México lindo que de Sabina, creo yo,como mucho de Sabina cantando aquello de "En Tijuana tres noches por semana....". jeje. No, en realidad no, más quisiera yo pero más gracias todavía por decirlo.

Beeeeeeeeeesos



Muchas gracias a Carolina :) y muchos besos también

Carolina dijo...

Alma, ;))) el protagonismo es todo tuyo.

SubHatun dijo...

Aysss el Sinaloa... que de recuerdos

almalaire dijo...

Carolina :) Más Besos

Sub :D...que bien lo pasamos, eh? Besos subhatunante guapo.

La Dame Masquée dijo...

Madame, ya decia yo que para tratarse de una simple resaca la cosa era tremenda.
Que suspense nos genera usted!
Me encantará seguir la continuación.

Feliz dia

Bisous

almalaire dijo...

Gracias Madame :)

Es lo malo que tiene beber que luego no se reconoce uno, jeje.

Bisous