TACONES CERCANOS (Resacuento III)


Autor: Almalaire







Alargó el brazo para alcanzar el periódico y mi mente voló al  Sinaloa. Amo ese lugar. No es mío, pero de alguna manera sí, porque yo lo inventé.

El  Sinaloa arrastra una maldición antigua. Ha sido un local de moda y de vicio desde principios del siglo  XX, cuando un indiano aburrido y caprichoso lo abrió para su hijo bajo el nombre de Café Veracruz, en homenaje al lugar de donde provenía su fortuna y lo convirtió en el sitio más exclusivo de la ciudad. No fue una buena idea. El tiempo que pasaba en el café convirtió la incipiente afición al juego del heredero en una obsesión que lo dominó y que poquito a poquito terminó con él comido de deudas. Tuvo que malvender lo poco que le quedaba y traspasar el negocio. Lo adquirió, por casi nada, un antiguo socio de su padre, que se había ido quedando también con todo lo demás, incluso con su mujer; una escocesa pelirroja, flaca y lánguida que no hablaba nunca.

El nuevo propietario transformó el Veracruz en uno en uno de aquellos cafés-concierto. El hubiera deseado llamarlo París pero se decantó por Valparaíso porque le sonaba exótico a su mujer recién estrenada. Creyó que el emplazamiento del local y su distinguida parroquia lo convertirían pronto en un hombre rico y acertó, pero la alegría no le duró mucho. En la celebración de la nochevieja de 1932, un desafortunado descuido provocó un incendio que arrasó el lugar con la desgraciada consecuencia de seis víctimas mortales, entre ellas él mismo. Las malas lenguas decían que el incendio fue provocado por el antiguo dueño, que esa noche había sido visto cerca de allí. Pero eso era del todo imposible, porque lo último que el pobre hombre, arruinado, amargado y enamorado hasta los huesos había hecho en el Veracruz fue ahorcarse colgándose  de una de las vigas de madera noble del techo.

Con el tiempo hubo un aborto clandestino que desembocó en la trágica muerte de la camarera mas bonita de la sala Caribe, un tiroteo por un oscuro asunto de herencias que enfrentó a los dueños gemelos del café Buenos Aires, una reyerta por historias de drogas que acabó con la vida de la viciosa propietaria del Pub  Venezuela…Y así , durante casi un siglo, la tragedia fue  marcando uno por uno, inapelablemente, a los dueños de todos negocios abiertos en el lugar que hoy ocupa el Sinaloa.

Yo le había hablado a Mónica muchas veces de mi fascinación por el Veracruz. Siempre que pasábamos cerca. Le decía lo que me encantaría hacer con él si pudiera comprarlo. Mónica y yo no éramos exactamente amigas. Mi madre había trabajado planchando en su casa y algunas veces me había llevado a jugar, porque los padres de Mónica estaban muy preocupados por ella. Mónica era una niña difícil que no tenía amigos propios y a la que le costaba mucho abrirse a la gente porque era muy tímida, si, como decía mi madre, pero también porque era egoísta y acomplejada y triste y resultaba tremendamente dependiente. Se agarró a mi como un náufrago a una tabla y me llamaba a menudo y a me hacía regalos carísimos, que exacerbaban mi mala conciencia, porque por mucho que se empeñara mi madre, encantada con aquella amistad, lo cierto es que yo a Mónica no la soporto, nunca la he soportado.

Ella terminó por contagiarse de mi entusiasmo por el local. Y lo compró. Y lo llamó Sinaloa como lo hubiera llamado yo, que siempre acabo las noches de gloria beoda cantando a pleno pulmón narcocorridos de los Tigres del Norte. Y lo decoró como una réplica casi exacta del lo que había sido el viejo café Veracruz, como yo pensaba hacer, y se dedicó a cultivar el carácter maldito del local en lugar de intentar esconderlo como yo habría hecho. Y también incrementó en un 30%, el precio de las copas que se servían en el Sinaloa, tomando como referencia los antros mas caros que ella conocía y que eran los más caros de todos, claro. Exactamente como yo había previsto hacer porque que la conocía bien, y siempre había pensado que lo que sobraba en aquella ciudad eran pijos morbosos, aburridos y desgraciados como ella, con un montón de pasta para gastar.

Las ideas eran mías, pero yo no tengo dinero. Mónica sí. El local es suyo y es una portentosa máquina de hacerle tener más dinero. En un arranque de generosidad, supongo, también me ofreció un puesto de camarera. Debí mandarla a la mierda, pero acepté. Amo al Sinaloa hasta con ella dentro.

Contra mis pronósticos también me enamoré de su clientela. Tenemos de todo:

Un músico adorable que roba flores en los jardines para su mujer, una psiquiatra neurótica con mala suerte en el amor, dos amigas medio locas, que bailan subidas en tacones imposibles. De de vez en cuando ha pasado por allí hasta una estrella del rock adicta a los zapatos entre otras cosas. El otro día vino a despedirse, porque se va de gira al sudeste asiático y se lleva a su hermana: la histérica, celosa y operada hasta de las pestañas que ha huido, otra vez, de la enésima clínica de desintoxicación en la que la había encerrado su marido...

De entre todos ellos , mi favorito es Tomás: un mexicano viejo que conserva intacto su acento criollo y que me gusta mucho, por alto, por flaco y porque es la personificación del Quijote, el icono perfecto de la locura y la bondad. Habla poco y no paga nunca. Mónica lo odia porque cuando abre la boca es solo para recordarle que un día la maldición del Veracruz  la alcanzará también a ella por ser tan avariciosa y después me mira a mí con calor y me dice que yo me voy a salvar. Me ha tomado cariño porque yo le invito siempre. Le invito de verdad, Mónica me descuenta de mi sueldo todas las copas que bebe Tomás. Son muchas.

Hace poco Mónica planteó la posibilidad de que todas las camareras nos cortásemos el pelo como ella y nos tiñéramos de rubio como ella y nos vistiéramos igual que ella para hacer un ejército de clones detrás de la barra. Fue la única vez que Tomás perdió las formas, esa exquisita cortesía antigua que lo vuelve tan especial. Se la quedó mirando fijo un rato hasta que la puso nerviosa, y después levantó la voz por primera vez para advertirle que a mí me dejase en paz.

-Si le tocas un pelo -y nunca mejor dicho- te mato, rubia. Va en serio.

Continuara...


Almalaire: Cuevalagua

11 comentarios:

Xibeliuss dijo...

Uhm! Una casa maldita, trastornos de personalidad, resacas y narcocorridos ¡esto engancha!
Abrazos

almalaire dijo...

Que bien lo pintas, Xibeliuss :D, visto así si que engancha, sí, aunque yo sólo encuentro divagaciones de una chiflada ;)

Gracias, abrazos pa´ti.

Y muchas gracias a ti Carolina, voy a subir el enlace al feisbú también, como las otras veces :)
Muchos besos, guapa.

Xibeliuss dijo...

Bueno, eso también ;D

Carolina dijo...

Alma, debo decirte que esta parte es la que más me gusta de las tres publicadas.
Besos. ;)))

almalaire dijo...

Jajajaj, eso sobre todo, Xibeliuss ;)

Besos para ti, Carolina...como te dije el relato era coral, osea, yo publicaba una parte y mis amigos la continuaban y luego yo me rompía la cabeza para dar cabida a las otras versiones siguieran siendo posibles...a mi la que más me gusta es la II ;)

Abrazos a los dos

SubHatun dijo...

uys... me veo... jejejeje

besos Alma

almalaire dijo...

:)

Claro, sub. Besos pa´ti. Es una lástima no poder contar con la versión de la lata de calamares del acho

La Dame Masquée dijo...

Qué ambientillo, madame, con esa clientela. Pero menos mal que está usted para poner las ideas, porque como deje que se encargue Monica tambien de eso, me temo que se irá todo al garete.

Esto me sigue gustando mucho, madame. Por aquí estaremos en la continuación.

Feliz domingo

Bisous

almalaire dijo...

Yo es que de siempre me he vendido muy bien, Madame, ya sabe usted que soy una embustera ;)

Muchas gracias por su visita, la próxima parte ya es la última ;)

Feliz domingo para usted. Bisous

Carzum dijo...

¡Llegué!!! Se pone interesante... jeje. No falta de nada en el Sinaloa, menuda fauna... Abrazos ;-)

almalaire dijo...

No falta na, Carzum, lo próximo ya es encender las luces ;)

Gracias guapa, abrazos.