La soledad de Carla

Autor: Carolina Márquez








Era de todos conocido que Carla gustaba de compartir cafés y charlas con los amigos del trabajo...sobre todo en aquellas tardes turbias en que verano y otoño se confundían entre sol y lluvia, tiempo tormentoso que daba lugar a un pleno sol inseguro, tan inseguro como los pasos dados a través del tiempo de su vida. Calmas y prisas se sucedían sin dar lugar a treguas, sin descanso, unas tras otras:


-Te invito a un café.
-No, que ahora me toca a mí.

Y, entre cafés, holas, qué tal, y algún recuerdo de una anécdota, se iban perfilando aquellos días sin final, sin un horizonte que recordar.

Carla volvía a su trabajo, día tras día, jamás faltaba y siempre sonreía a sus clientes, a sus amigos. Pero siempre, además, recibía bofetadas de desánimo y desconsuelo... "¿qué es lo que hago mal?...¿por qué estoy siempre tan sola y por qué mis colegas están tan bien considerados si son unos perros en el trabajo?. No entiendo nada..."

La lluvia acompañó a la hora del té y acabó de arruinar el uniforme de trabajo de Carla..."Uff, he de coserme el bajo de los pantalones", pensó tristemente, sintiendo que su maldito horario no le permitía ni coser, ni comprar, ni lavar, ni...casi comer.

"Pero llevar bien los pantalones es importante para mis jefes, más importante que comer, eso lo puedo hacer mañana, o mejor, mañana puedo pasar con un café".

Carla llegaba por las noches a su casa, tan solitaria como su ruidoso trabajo, por lo que el silencio en su hogar se transformaba en un estruendo insoportable, diabólico, solo atenuado por el ruido del televisor al que le tenía que dar cuerda, mucha cuerda...no funcionaba bien y no entendía por qué. Cuando lo encendía no se veían las imágenes, únicamente se escuchaban palabras; entonces desconectaba el diferencial de la corriente y esperaba un rato...cuando la tele volvía a ronronear a marchas forzadas, la mayoría de las veces aparecían los rostros sonrientes de los presentadores del canal, de un único canal al que podía acceder porque la conexión digital se había ido a tomar viento hacía meses y no tenía tiempo (maldito tiempo) de coger el toro por los cuernos, o mejor, de las antenas, y arreglar semejante estropicio que es pasar sin un programa de telebasura que llevarse a la boca. Antes veía todos los canales, alguna película...ahora dependía de la programación de un solo canal: si toca película, bien; si toca programa del corazón, pues bien también, porque tengo la excusa perfecta para leer o chatear con los colegas.

Sesión de noche seguida de más desánimo, vuelta al trabajo sin una palabra de aliento, sin nadie que la espere a su vuelta.

"¿Cómo voy a seguir con todo esto?", se pregunta Carla todos los días..."no puedo, pero he de pagar las facturas del supermercado y de un televisor que no funciona".

La mente de Carla funciona a toda velocidad, a muchas más revoluciones por minuto que un motor de último diseño, sintiendo la aceleración del momento, la frenada, la toma de la última curva y la recta final.

"No quiero estrellarme, no quiero", repite Carla como un mantra, una y otra vez, "no quiero, no, por Dios". Aunque no cree en la fé católica en la que se educó, no puede evitar acudir al Dios de sus padres. Su trabajo le resulta insufrible, no porque no le guste sino porque no soporta a los que trabajan junto a ella...existen tan pocos buenos, tan pocos que realmente te ayudan y protegen, es lo único que hace que merezca la pena continuar.

Carla apaga el pobre televisor, se dirige al cuarto de baño y se mira al espejo...sus ojos brillan con una determinación difícil de describir. En su móvil suena una llamada. Sus botas esperan en el pasillo y Carla sonríe..."no estoy tan sola, no después de todo"...

 
Carolina Márquez Rojas. El Espíritu del halcón