La última función

Autor: Eleanor Atwood














Elena abrió cuidadosamente la puerta de la estancia y se dirigió con paso lento y decidido al tocador. Retiró de un pequeño cajón situado a su derecha un recipiente de cristal y varios discos de algodón, mientras se miraba al viejo espejo que tenía frente a ella. La función al fin había terminado.
Recordaba ese día como uno de los más largos de los últimos años. Quizá porque llevaba demasiado tiempo interpretando ese papel, o porque el cansancio ya golpeaba su delgado cuerpo sin piedad. Qué importaba. Podía buscar mil razones para dar una explicación a tanto hastío, pero lo cierto es que, fuera cual fuera el motivo, odiaba su vida y a sí misma por no poseer el valor suficiente para enfrentarse a su destino.
Peinó su larga y espesa cabellera, recogiéndola en una sencilla cola de caballo. Sus manos temblorosas sostuvieron unos instantes la crema desmaquillante, y una lágrima rodó por su mejilla. Un payaso... eso era en lo que se había convertido. Hacía felices a todos los que la rodeaban arrancándoles risas y aplausos, y tras cada función nada quedaba para ella, sino un habitáculo oscuro donde refugiarse y llorar su desgracia en silencio.
Se aseguró de haber cerrado la puerta con llave y se dispuso a deshacerse de su maquillaje. Al pasar uno de los discos impregnados de crema por su mentón, dio un respingo. Cielos, aún notaba una punzada de dolor. Prosiguió con su tarea hasta tener el rostro completamente limpio, y lo examinó con detenimiento una vez hubo terminado. Ahora distinguía claramente sus profundas ojeras y los cardenales repartidos por sus facciones. ¿Qué diría su familia si la viera así?
De pronto, una imagen asaltó su mente. Juan...
Sacudió la cabeza con vehemencia y se levantó de un salto. Nerviosa, caminaba de un lado a otro frotándose las manos. Olga, su mejor amiga, le había ofrecido un puesto de trabajo en un pueblo al cual se mudaría en unos días. “Ven conmigo”, le había susurrado minutos antes, al despedirse de ella.
Sin pensárselo dos veces, sacó de debajo de su lecho una maleta. Vació el armario y acomodó todo el montículo desordenado de ropa dentro de la misma, cerrándola con dificultad. Respiró hondo. Su padre le repitió innumerables veces que el mundo era de los valientes, y Elena no sería una cobarde nunca más.
Clavó su mirada en uno de los estantes. Allí, dentro de una bolsa de cuero, estaba su álbum de boda. Sintió una tentación casi irresistible de volver a contemplar las fotografías, pero sus ojos negros se desviaron entonces hacia el retrato colgado en la pared. Javier y Susana... sus hijos.
Se dejó caer sobre la cama, exhausta. Las lágrimas nublaron su vista, y rompió a llorar desconsoladamente. No podía hacerlo. Por ellos...
Se quedó sentada mirando al suelo varios minutos. Aguantaría un poco más. Les faltaban pocos años para cumplir la mayoría de edad, y entonces ya no la necesitarían. Esa no podía ser la última función. Tenía que protagonizar otras. Tenía que acicalarse como siempre, y mostrar de nuevo sus dotes como actriz, fingiendo ser una esposa y madre feliz. El payaso tenía que seguir maquillándose para así cubrir los golpes recibidos por la misma mano que un día le colocó una alianza en el dedo jurándole amor y fidelidad eternos, y salir al escenario del circo de su vida dispuesta a hacer sonreír a todos, no permitiendo que llegaran a sospechar que su espíritu se marchitaba como una delicada hoja en otoño.
Se puso en pie, sabiendo cuál era su deber. Olga no lo entendería. Soltera y sin hijos a su cargo, disfrutaba de una libertad absoluta. No obstante, respetaría su decisión.
“¡Mamá!” oyó gritar fuera. Javier. Habían regresado de dejar a su madre en el aeropuerto, y probablemente estarían hambrientos. Se apresuró a disimular los hematomas rápidamente, giró el pomo de la puerta y abrió. Volvía al escenario.


Eleanor Atwood: Las alas de la libertad

3 comentarios:

Carolina dijo...

Buen relato, Eleanor.
Gracias y besos, esperamos más...

Belén dijo...

Simplemente fantástico. Me ha gustado mucho.

Eleanor Atwood dijo...

hola! gracias por publicarlo, y por vuestras palabras. Un placer colaborar con vuestro rinconcito.

Saludos.