Si lo sé no me mato



Autor: Marcos Dk





Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido. Si hubiera sospechado que ya no podría echarme un trago, ni me lo pienso. Ni siquiera puedo saborear un pitillo mientras sigo compadeciéndome. Se suponía que todo debería de finalizar cuando mi cuerpo golpeara contra el asfalto. Pensar en aquello durante el corto y rápido descenso me proporcionó el único alivio de los últimos días. Ni por asomo imaginé yo que mis problemas solo habían cambiado de fase.

Lo primero que oí fueron los gritos de una mujer fuera de sí. Me sobresalté y me incorporé casi de un salto. Y allí me encontré, a mis pies. Aplastado como una manzana que hubiera lanzado desde la ventana de mi oficina en el piso veinte de aquel edificio. Un enorme charco de sangre marcaba la zona como un llamativo “No pasar”. Tal vez fue por la histeria de los mirones que poco a poco rodearon el cadáver. Tal vez por la impresión de verme reflejado como en un espejo roto sobre la calle. Huí. Corrí tan deprisa como pude. Y descubrí que podía correr muy rápido, increíblemente rápido.

Me atrincheré en mi casa como uno de esos locos que a veces salen en las noticias rodeados de montañas de periódicos y mierda por toneladas. Poco a poco fui consciente de mi nuevo estado tangencial; estaba, pero no existía; me notaba, pero no me veía. Saberte muerto no es una noticia que te alegre el día, aunque saltaras por la ventana sin que nadie te ayudara. Las primeras horas son las peores. Las pasé llorando, aterrorizado, encogido en una esquina de mi habitación, entre la cama y el armario ropero. De no haber estado muerto estoy seguro de que me lo habría hecho todo encima, pero entre mis nuevas facetas destacó la falta de apetito y sus consiguientes reacciones biológicas. No sé cuánto tiempo pasó. Días, estoy seguro. Poco a poco fui perdiendo el miedo al vacío de mi etérea existencia y comencé a aventurarme en pequeñas incursiones por mi apartamento de soltero. Cuando llegué a la cocina me encontré con los restos de una lata abierta de pimientos donde crecía un cultivo de hongos superdesarrollados. En el fregadero se amontonaban platos y cazuelas con restos de comida resecos semejando la escamosa piel de un reptil. Fue entonces cuando me percaté de un detalle capaz de llenarme las tripas de inquietas mariposas, de haberlas tenido, claro. Nadie entró en mi piso desde que yo marchara a la oficina el día que decidí probar el vuelo libre. No era de muchos amigos, pero alguno tenía. Y estaba Carlota, mi novia. Bueno, mi ex novia, ya que me había dejado un par de días antes de mi aterrizaje forzoso. Aún no me había devuelto la llave del piso pero se ve que tampoco le dio por pasarse por aquí estos días. Necesitaba ver a los chicos. Necesitaba bajar hasta el Savoy y ponerme al día de lo sucedido mientras permanecí aquí encerrado. Decidido, me puse en marcha, y al llegar al recibidor me detuve un momento para echarme a reír. Por un instante se me ocurrió buscar una chaqueta para salir a la calle ya que en esta época refresca mucho por las noches. Lo que es la costumbre.

Caminé con falsa decisión las dos manzanas que separaban mi apartamento de nuestro tugurio favorito. Me sentí aterrado pensando en qué pasaría si cualquiera de aquellos con los que me cruzaba en mi camino me reconociera, pero ni siquiera hicieron amago de sentir mi presencia. Bajé las escaleras que desde la acera servían de entrada al Savoy y traspasé limpiamente la puerta para entrar.

Allí encontré a Jack Doe, tras la barra, sirviendo una copa a un tipo delgado y trajeado. Acompañando al fulano, dos hombres enormes de aspecto simiesco estudiaban sin pudor a los clientes del bar. Ellos no bebían. No entraron muchos clientes esa noche; varias mesas permanecían vacías y en el pequeño escenario del fondo no tocaba ninguna banda de soul amenizando la velada.

También encontré a Billy, mi buen amigo Billy. ¿Cuántas horas habíamos pasado en aquel tugurio hasta que el paciente Jack nos tenía que echar a la calle para poder cerrar y limpiar? No lo hallé solo, le acompañaba una mujer. Mi sorpresa fue mayúscula al reconocer a Carlota, mi ex novia. Más que tropezármela allí sentada me sorprendió el cómo la encontré: con sus manos entrelazadas entre las de Billy.

-Se me hace difícil entender qué pudo ver una mujer como tú en un pusilánime como Johnny –le decía mi amigo empleando el tentador tono de quien trata de desvelar los furtivos secretos de la mente femenina.

Por un momento pensé que se refería a otra persona, pero pronto tuve que aceptar que era de mí de quién mi mejor amigo hablaba en semejantes términos.

-Tenía… algo –le contestó con una leve risita-. Conocí al imbécil de su socio en una cafetería del centro. Estaba harta de soportar sus babeos hasta que, de puro parloteo, me empezó a contar sus hazañas en los negocios, sus inversiones y ese paquete de acciones que compartía con Johnny.

-Acciones que ahora son tuyas –le dijo Billy guiñándole un ojo.

¡Mis acciones! ¿Qué demonios tenían que ver mis acciones en todo esto? Al fin y al cabo no valían nada. Michael me dijo que la quiebra de Farmacéuticas Lyons nos llenó la caja fuerte de papel higiénico muy bien decorado con números, sellos y firmas.

-Convencer a Michael para que engañara a Billy haciéndole creer que lo habían perdido todo fue fácil –continuó Carlota-. Que pusiera mi nombre en los papeles que mandé preparar a mi abogado me costó un par de noches de aguantar su aliento a tabaco jadeando en mi oreja.

-Seguro que disfrutaste –sonrió malicioso mi mejor ex amigo.

¿Qué demonios ocurría allí? La cabeza me daba vueltas. ¿Carlota acostándose con Michael? Y a mí me dijo que sus creencias le obligaban a llegar virgen al matrimonio, que la espera valdría la pena. Empecé a temer cómo acabaría aquella conversación tan interesante.

-Faltaba la firma de Johnny y pensé en hacerle sufrir un poco; tirar de la cuerda –Continuó Carlota-. Dije que le dejaba.

Las risas de Billy no hicieron sino aumentar la ira que ya había comenzado a inundarme.

-Quería obligarle a luchar por su premio, pero su suicidio fue providencial. Todo quedó en manos de su socio y en unos días, en cuanto el juez revise los papeles que me firmó, en las mías.

-Por dios que pérfida y malvada eres –dijo Billy entre carcajadas-. ¿Y quién me dice a mí que no vas a usarme y luego tirarme, como a ese par de idiotas, en cuanto te canses?

-No lo sé. Ya veremos. Gastemos ese dinero mientras me lo pienso.

Y mientras se besaban apasionadamente yo me quedé plantado como el perchero de la entrada del bar. Me hubiera gustado poder sentirme estúpido, pero estaba tan perplejo que no era capaz de pensar con claridad. Esa maldita zorra me engañó como a un perfecto imbécil. Justo la idea que parecía tener de mí quien yo tenía como mi mejor amigo. Hasta mi socio me tomó el pelo con nuestra quiebra. Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido. Me arrastré derrotado hacia la barra del bar con la intención de pedirme una copa, pero recordé que ya no hay sustancia física que pueda asimilar mi etéreo cuerpo. Si hubiera sospechado que ya no podría echarme un trago, ni me lo pienso.

-Vete a casa muchacho –me sorprendió la calmada voz de Jack-. Este ya no es tu sitio.

Estaba tras su barra, con un paño blanco al hombro y encendiendo un cigarro con un fósforo y su acostumbrada tranquilidad. ¿Había dicho algo o me lo imaginaba yo?

-¿Puedes verme? –le pregunté con miedo a cualquier respuesta.

-Muchacho, cuando se lleva tantos años trabajando en un garito como este uno puede decir que ha visto de todo –me contestó mirando fijamente al lugar que deberían ocupar mis desorbitados ojos por la sorpresa.



Marcos Dk. Relatos desde la Mazmorra

5 comentarios:

almalaire dijo...

Definitivamente debió pensarlo mejor o consultar con el camarero, me ha gustado mucho esa la mala de cine negro :)

Eleanor Atwood dijo...

Humor negro, pero del profundo, jeje.
Y lo peor es que no puede darles una paliza a esos dos sinvergüenzas, ni tomarse después una cerveza para celebrarlo.
Muy buen relato.

Saludos.

La Perfida Canalla dijo...

Me ha encantado, ironico, divertido y oscuro....genial
Por cierto soy Perfida
Un saludo coleguita

El Guardián de la Mazmorra dijo...

Gracias. Me alegra que os haya gustado. Normalmente me centro más en el género fantástico.

Lis Herrera dijo...

ME ENCANTA ESTE TIPO DE TEXTOS, ME GUSTA ESCRIBIR Y ME IDENTIFICO MUCHO CON POESIAS ASTRACTAS Y CON FICCION SOBRENATURAL.