Per Sempre (Para siempre)

Per Sempre
Autor: Mireia Toda


Este relato fue concebido y escrito en lengua catalana. Las responsables de Escritores en la Sombra publicamos el relato original, respetando así a su autor pero, con su permiso, nos hemos permitido la licencia de traducirlo para que pueda llegar a un mayor número de aficionados.



Aquella noia amb pell de llum de lluna… Era captiu d’aquella mirada d’argent i l’ondular sinuós d’aquells fils d’or blanc des de molt abans de conèixer-la. Malgrat el fred ambient no advertí la menor nota de color en la seva pell nívia; sospites cada cop més patents el duien a pensar que era ella qui emanava aquella fredor. La mirà intentant evitar aquells sentiments per parlar amb tota naturalitat possible.
—No podràs fer-ho, mai has tingut valor Selene.
—És la meva feina i saps que res m’aturarà Shia.
Increïble. Ella lluïa les carícies de la lluna, en canvi ell... El sol havia llevat de la seva pell tota pal•lidesa i ara semblava que l’encarnés. S’haurien evaporat els segles i seguiria condemnada a contemplar aquella carnosos llavis sense poder delectar-los. Estava de més que s’esforcés en fitar aquells ulls marrons amb pretensions d’atzabeja.
En un altre temps havia reconegut en aquella mirada la bogeria que despertava en Shia, però no podia caure presa d’aquell sentir prohibit. Intentava enfrontar-se a aquells ulls i perdia un altre cop, era hora d’enllestir.
—No em pots deixar de mirar? —un fil d’anhel s’havia escorregut entre els seus llavis, estava dient-li tot sense voler-ho. Això la posava en perill i deixava els seus llavis entreoberts.
—No més que tu...
Amb un gest ingràvid aquell arcàngel li envoltà la cintura recoberta per un fi vestit de lli i l’atragué cap a ell. No. Es negava a admetre que el seu cor ja mort comencés a bategar ara per Shia.
Una brisa lleugera començà a fer moure la cabellera d’ella amb delicadesa i els descuidats cabells d’ell. Aquella brisa tan sols els afectava a ells, els arbres e s mantenien aturats. Un aleteig es començà a advertir al lluny. Sense ni tan sols reparar en el fet Selene es trobà amb la daga que li havia lliscat fins la mà. Amb un gest mecànic l’escolà sota el coll de Shia sense vessar ni una gota de sang ni una llàgrima de lament.
—Ho faràs... —no era un interrogant, tan sols volia deixar-ho clar.
—Mai n’he dubtat.
Mantenia el pols ferm i no movia la fulla per res.
—No tinc res a perdre.
Shia abraçà més fort a Selene contra el seu pit i allò provocà que la fulla s’internés més en el seu coll, arrancant-li un fil de líquid carmesí. Ella semblà contrariada, però no evità que es vesés el líquid. Shia s’inclinà i la besà, acabant amb tot el que havien evitat fins llavors, saltant-se totes les normes, la dolçor d’aquell bes els empresonà, però fou breu. La daga ja havia fet la seva feina i s’escorria entre els braços de Selene, la qual seguia apressant-lo contra sí, deixant que el seu cor plorés les llàgrimes que ella tenia prohibides.
Una onada esclatà contra el penya-segat i impregnà de sal el seu cos, amb tot tan sols pensà en protegir aquell cos inert per sempre.



Para Siempre
Autor: Mireia Toda
Traducción: M.Belén Márquez
Aquella chica con piel de luz de luna... Era cautivo de esa mirada de plata y del sinuoso ondular de aquellos hilos de oro blanco desde mucho antes de conocerla. A pesar del frío ambiente no advirtió la menor nota de color en su piel nívea; sospechas cada vez más firmes lo llevaban a pensar que era ella quien emanaba aquella frialdad. La miró intentando evitar aquellos sentimientos para hablar con la mayor naturalidad posible.
—No podrás hacerlo, nunca has tenido valor Selene.
—Es mi trabajo y sabes que nada me detendrá Shia.
Increíble. Ella lucía las caricias de la luna, en cambio él... El sol había arrancado de su piel toda palidez y ahora parecía que lo representara. Se habrían evaporado los siglos y seguiría condenado a contemplar aquellos carnosos labios sin poder saborearlos. Era inútil que se esforzara en olvidar aquellos ojos marrones tildados de azabache.
En otro tiempo había reconocido en esa mirada la locura que despertaba en Shia, pero no podía caer presa de ese sentir prohibido. Intentaba enfrentarse a esos ojos y perdía de nuevo, era hora de terminar.
—No puedes dejar de mirarme? —Un hilo de anhelo se había escurrido entre sus labios, diciéndole todo sin quererlo. Esto la ponía en peligro y dejaba sus labios entreabiertos.
—No más que tú...
Con un gesto ingrávido aquel arcángel le rodeó la cintura recubierta por un fino vestido de lino y la atrajo hacia él. No. Se negaba a admitir que su corazón ya muerto empezara a latir por Shia.
Una brisa ligera empezó a mover la melena de ella con delicadeza y los descuidados cabellos de él. Aquella brisa sólo les afectaba a ellos, los árboles se mantenían inmóviles. Un aleteo se empezó a advertir a lo lejos. Sin reparar en ello Selene encontró la daga que se había deslizado hasta su mano. Con un gesto mecánico lo oprimió bajo el cuello de Shia sin derramar ni una gota de sangre ni una lágrima de lamento.
—Lo harás... —no era un interrogante, sólo quería dejarlo claro.
—Nunca he dudado.
Mantenía el pulso firme y no movía la hoja para nada.
—No tengo nada que perder.
Shia abrazó más fuerte a Selene contra su pecho provocando que la hoja se internara más en su cuello, arrancando un hilo de líquido carmesí. Ella pareció contrariada, pero no evitó que se derramara el líquido. Shia se inclinó y la besó, concluyendo con todo lo que habían evitado hasta entonces, saltándose todas las normas, la dulzura de aquel beso los apresó, pero fue breve. La daga ya había hecho su trabajo y se deslizó entre los brazos de Selene, que seguía abrazándolo contra ella, dejando que su corazón llorara las lágrimas que tenía prohibidas.
Una ola estalló contra el acantilado e impregnó de sal su cuerpo, pero ella tan sólo pensó en proteger aquel cuerpo inerte para siempre.

Una historia más


Autor: Maria Narro




No sé si la historia de ésta mujer interesa, ni siquiera si alguien la leerá, solo sé que necesito contarla, necesito hablarte de Bimba.

"Sus abuelos habían trabajado como esclavos en las plantaciones de algodón de Carolina del sur. Cuando al fin se abolió la esclavitud habrían de pasar muchos años antes de poder regresar a su poblado, una pequeña aldea cercana a Kribi en Camerún.
Crisa, su madre, nacida siendo esclava pudo vivir su vida, aunque llena de miserias, en libertad. Se casó con alguien que habían elegido para ella, pero el destino los separó pronto dejándola sola y en cinta.

Bimba nació un lluvioso día de Mayo. Su madre y una misionera española se encargaron de que la pequeña creciera feliz. Los primeros años de su infancia quedaron muy ligados a los cantos de trabajo que aún recordaba mamá Crisa, y a los sueños y recuerdos que le inculcaba la misionera que, sin darse cuenta nadie, en la cabecita de la niña abrían una puerta de futuro.
En el poblado tenían una pequeña escuela que hacía sus veces de hospital. La misionera enseñó a leer y escribir a la media docena de niños que aún no podían trabajar. Bimba acudía a la escuela, cantaba con todos las canciones que le enseñaba su madre convirtiéndose en la bocanada de aire fresco de la pequeña aldea. Pero de nuevo el destino movió ficha, estalló una de esas absurdas y crueles guerras arrasando el poblado. Crisa murió y Bimba junto con otra niña de la aldea fueron metidas en un barco con rumbo desconocido.

Pasaron muchos días encerradas en un angosto y maloliente camarote, a oscuras, salvo la frágil claridad que se filtraba por una rendija. Llegadas a su destino, ambas niñas fueron separadas. A Bimba la llevaron a una hermosa y enorme casa. Allí, la dejaron lavarse y desparasitar su pelo.
Los vestidos que le dieron para ponerse eran... nunca había visto nada igual, podían ser bonitos y olían bien, pero la conversación de esas mujeres a las que sólo les veía los ojos y cómo la habían tocado después entre sus piernas, habían bloqueado su mente imposibilitándola para percibir nada que no fuera miedo.

Tardaría muchos años en descubrir que aquello a lo que la obligaban también se hacía por amor; que no eran necesarias las palizas, ni que todos los embarazos eran indeseables, ni que todas las mañanas había que tomar una infusión de hierbas para evitarlos, ni que...
Cuando contaba 22 años logró huir del prostíbulo.
Después de esconderse durante días, encontró un pequeño antro del cual provenía música; canciones similares a las que cantaba su madre. Hubiera sido imposible no entrar, resistirse a la llamada del corazón.
Empezó fregando retretes. Luego se enteró de que aquella música era "Blues", aprendió varias canciones que tarareaba fregando. Por casualidad, un día que no se presentó la solista cantó ella. El dueño del tugurio comprobó que haría más dinero teniendo a Bimba y no a la solista. Bimba era mucho más atractiva y por qué no reconocerlo, cantaba mejor.
La joven, gracias a la música, conseguía dejar atrás sus años negros en Marraket volviendo a dejar cabida a los sueños.
Ahorraba lo poco que ganaba con una única idea en mente.

Por fin se presentó la oportunidad de conseguir un sitio en una patera. Navegaron "los buscadores de sueños" en medio de la oscuridad persiguiendo una luz, su luz.
La barcaza les dejó con prisa en una cala solitaria de Málaga. Deberían correr y desaparecer nada más llegar. Casi todos fueron a parar a una iglesia donde sabían que habían ayudado a otros.
Bimba empleó el dinero que le quedaba en legalizar sus papeles. Le consiguieron un trabajo de sirvienta y por la noche cantaba en cualquier bar.

Y así pasaban los años, pese a la soledad y rechazo de casi todos, comenzó a abrir los brazos, a sonreír, a ser feliz. Enseguida se había defendido con el idioma, hasta incluso había aprendido a leer.
Leía poesía que le ayudaba a soñar, a disfrutar de las pequeñas cosas... y a enamorarse.
Un cantaor de flamenco le había arrebatado el corazón, mas desapareció cuando se enteró de que Bimba estaba embarazada.
La mujer no le culpó por ello, ese hijo era lo que más deseaba en el mundo y lo demás era secundario. Su hijo nacería dentro de su sueño, con un futuro por delante, y con el amor y esfuerzo de su madre llegaría a ser un ciudadano más.

Han pasado 25 años. Bimba está en el hospital, creíamos que se moría pero gracias a su fortaleza vivirá".

Esta es la historia de mamá Bimba, mi madre. Me llamo Antonio y soy español.
Maria Narro: Shakespeare y yo

LAI KWAN o la libertad de decidir

Autor: Carolina Márquez






    Los ojos oscuros y rasgados de Lai Kwan se cerraron al sentir la suave caricia del hombre que yacía sobre ella.

    Su piel vibraba emocionada, brillante, receptiva y sensible a su tacto, a su mano resbalando por sus caderas, más suave que el tacto de la seda de sus qipao acariciando su cuerpo día tras día, siempre que no trataba de adaptarse a la moda occidental.
    Hong Kong sería libre algún día, al igual que ella lo sería también de la tiranía de aquel que ahora la retenía entre sus brazos, deseando huir, deseando permanecer en ellos. Sintió una mano audaz abriéndose camino a través de su cuerpo y sus sentimientos se cerraron al igual que sus ojos. La seda del vestido se rasgó en un murmullo lleno de sensualidad y calor extremo, extendiéndose sobre las sábanas del lecho compartido.

    Amaba a aquel hombre, no podía evitarlo, a pesar de su traición. Lo amaba...y ese amor la estaba consumiendo, la hacía morir cada vez que uno de sus dedos invadía su intimidad, cada vez que desgarraba la seda que la cubría hasta la garganta, dejando al descubierto no sólo sus pechos, sino también su corazón.

    Lai Kwan se enamoró, como miles de mujeres se enamoran todos los días, todas las horas y todos los minutos. Pero el hombre escogido fue el hombre equivocado. Desde el primer minuto en que fue consciente de sus sentimientos, sabía que ese amor no arribaría a puerto seguro, no al menos a Heung Kong, el nombre que los chinos daban al puerto de Aberdeen, y que los occidentales llamaban "El Puerto de las Fragancias".

    Lai recordó el altar que confeccionó en memoria de Tin-Hau, la diosa del mar, y a ella dirigió sus pensamientos:

    "Si yo permanezco, dame la capacidad de aceptar. Si yo muero, mueran sus sentimientos conmigo."

    Su petición a la diosa le pareció cargada de egoísmo, y quiso rectificar, quizás para hacer aún más daño, quién sabe, ni ella misma sabía lo que quería.

    "Madre Tin-Hau, madre...no permitas que vuelva a desear a ninguna otra mujer, no lo consientas, salvo que su corazón cambie, salvo que ofrezca la ternura que a mí no me supo entregar. Yo, he decidido poner mi vida a tu servicio y alejarme de la esclavitud a la que su amor me condena. Voy a ser libre, por fin..."

    El hombre levantó la cabeza de la almohada y percibió en la penumbra el rostro de Lai Kwan. Besó su boca con ansiedad y le prometió amor eterno, un amor en el que ni siquiera los dioses creían. Pero Lai sonreía, le habló y le invitó a compartir una fiesta de despedida en el Puerto de Las Fragancias.

    -¿Despedida?, ¿a dónde vas, querida?
    -Vuelvo a mi hogar, xiansheng.
    -Llévame contigo...
    -No, xiansheng, no es posible.
    -No quiero separarme de tí.
    -Yo sí, mi señor. Quiero verme libre de tí y lucir mis vestidos sin que sean después rasgados ni mancillados. Quiero ser respetada por mis pensamientos y mis ideas, y quiero comprobar que puedo bailar como el mar lo hace alrededor de los miles de juncos anclados en este puerto, deseando volver a recorrer las costas, hasta arribar a casa, a puerto seguro.
    -Lai, tú eres mía.
    -No soy de nadie, ni tan solo de la Madre Tin-Hau. Ella me permite escoger, tú no lo haces.

    La mirada de Lai se clavó en la del hombre mientras deslizaba sobre su cuerpo un inmaculado qipao blanco bordado con flores de otoño y lo acordonaba hasta el cuello mao que aprisionaba su alma hasta dejarla sin respiración.

    Un alma que hasta ese mismo instante no se sintió en libertad...

Qipao: Vestido tradicional chino.
Xiansheng: Tratamiento formal chino equivalente a "señor".


Carolina Márquez: Karyûkai, relatos desde el Lejano Oriente

La misma melodía (Parte I)

Autor: Jaz Saa







Caminé hacia el salón de actos, con mi carpeta entre mis brazos y la mirada perdida en cada paso que daba. Caminaba con pasos lentos y desganados a sabiendas de que aquella era mi última oportunidad para verlo, y quizás, ni siquiera esté allí. Me dirigí a un asiento que estaba vacío a esperar.
-Euge, ¿Qué pasa? Deberías estar feliz, es el último día de clases... - Dijo mi amiga, sentándose a mi lado cuando llegó allí.
-Lo estoy. -Mentí, fingiendo una sonrisa, aunque aquello no pareció suficiente para ella, ya que hizo una mueca, obligándome a hablar. -De verdad, Sofi, estoy bien.
Ella suspiró y asintió con la cabeza, en señal de aprobación. Luego, volteó para quedar mirando al frente, tal como todas las personas que llegaban para presenciar aquel acto de fin de curso.
El tiempo pasó en lo que para mí fueron tan solo minutos.
-¿Vamos?-preguntó Sofi, dándome un pequeño codazo para sacarme de mi burbuja.
El acto ya había finalizado. "¿Qué?"
-Adelante, enseguida te alcanzo. -contesté, sin alejar la vista de lo que sea que haya estado mirando.
Mi amiga me hizo caso, dejándome sola en aquel gran salón repleto de personas que hacían un gran esfuerzo por salir de ese lugar lo antes posible. Parecían casi desesperadas, era como si les faltara el aire o algo así. Cuando estuvo casi vacío, desvié mi vista del punto invisible que me había tenido cautiva, para observar el lugar en el que me hallaba sentada.
El telón de un color rojo como la sangre, estaba cerrado sobre el gran y hermoso escenario. Los grandes ventanales mostraban el pasto de color verde que se hallaba en el patio, donde miles de personas se encontraban ahora. Filas y filas de sillas, desordenadas y revueltas "decoraban" el lugar, junto con dibujos hechos por los alumnos y diversos carteles.
Luego, una voz masculina y casi perfecta se dejó oír detrás de mí, y sin necesidad de verlo, sabía que era él. Aquella voz melódica solo podía ser de una persona. Él estaba allí.
-Hola, Euge.-susurró a mis espaldas, obligándome a voltear.
Era cierto. Lo miré a los ojos, que me cautivaron en un momento, y sacaron en mí una sonrisa. Sus ojos eran justo como lo recordaba. Y es que hacía casi... dos meses que no los veía. Pero eran perfectos y los más hermosos que haya visto jamás. Tales como los había descrito miles y miles de veces en mis canciones. Y aunque sabía que no era dueña de él, no podía evitar fantasear cada noche con que lo era.
-¡Hola!- contesté con un poco más de emoción de lo que yo esperaba, por lo que aclaré la garganta. -¿Qué haces acá? Creí que no... volvería a verte...- murmuré con la angustia recorriéndome la voz.
-Sí, lo sé. Es solo que... tengo que decirte algo, y puede que te suene un poco extraño, o... inesperado de una persona como yo.
Fruncí el ceño, con la inquietud e intriga recorriendo todo mi ser. Me pregunté que era aquello tan "extraño e inesperado", y debo admitir que por un momento, tan solo una fracción de segundo, me ilusioné al pensar que era lo que yo tanto ansiaba oír.
-Claro, te escucho.- Dije con una sonrisa en el rostro.
-¿Podrías ayudarme a estudiar geografía para rendirla? Es que, sabrás ya que me la llevo y quiero darla. De verdad. ¿Me ayudas?- espetó, al tiempo que toda mi ilusión caía tan rápido como llegó a mí.
-Seguro. ¿Por qué no?- Repliqué con disolución.
Pensé para mis adentros. Era más que obvio. ¿Porqué él iba a decir exactamente lo que yo quería?
Su mundo y el mío, es como si estuviesen separados por un abismo, totalmente distanciados el uno del otro, y como si fuera poco, mucho más diferentes de lo que cualquiera pensaría.
Él, es el payaso de la clase, al que todo el mundo busca para pasar un buen rato. Indiferente a todo. A mí, inclusive.
Y yo, en cambio, a la que todo el mundo busca tan solo cuando necesitan las respuestas del examen. Somos muy diferentes, quiera o no aceptarlo.
-¿Cómo quieres hacer? ¿Nos juntamos en la biblioteca, en tu casa, en la mía?- pregunté bajando de mi nube.
-Vamos a mi casa, ¿Quieres?
-Claro, y ¿Cuándo te gustaría empezar?
-¡Ahora! Digo, si estas de acuerdo, claro...
-¿Ahora? pero, es tarde y luego debo...
-Te acompañaré yo a tu casa si no quieres volver sola...
-¿Estás seguro?
-Si, claro, no habrá problemas....
-De acuerdo, vamos.
Se levantó de la silla en la que estaba sentado y me extendió la mano para que la tome y me levante yo también. Salimos del colegio y él comenzó a caminar, adaptándose a mi paso lento.
-Es por aquí. -Dijo tomándome de la mano, para doblar junto a él en aquella esquina.
Nos introducimos en una calle oscura y tenebrosa. Era como un callejón, de esos que aparecen en las películas, oscuro, silencioso. Se me pusieron los pelos de los brazos de punta y las manos me sudaban. Tenía miedo. De eso no cabía ninguna duda. Comencé a bajar la velocidad de mi paso, observando con atención cada paso que daba.
-Euge...-Dijo Dami, obligándome a mirarlo, con los ojos vidriosos. -No tengas miedo, todo está bien.- Replicó tomándome de la mano, y adivinando o "notando" mis sentimientos.
-¿Cómo estás tan seguro?- pregunté con voz temblorosa, aunque lo cierto, era que me sentía mucho mejor ahora que lo tenía más cerca de mí. Me detuve allí por un segundo y observé nuestros dedos entrelazados.
-Confía en mí. No dejaré que te pase nada, lo prometo, ¿Si?
-Está bien.-Susurré y sin apartar mi mano de la de él, comenzamos a caminar nuevamente.
Cuando salimos de aquel pasillo aterrador, nos adentramos en un lugar más abierto tan solo iluminado por un farol de luz anaranjada. Había botes de basura y la calle por donde circulaban los autos se encontraba lejos de allí.
Unos amigos de él se acercaron a nosotros y no pude evitar preguntarme si era allí el lugar en el cual nos quedaríamos. Uno de ellos vestía con una campera enorme de color verde,unos pantalones sueltos. El que lo acompañaba tenía una remera de mangas cortas de color azul o violeta. No podía distinguir con exactitud en medio de la oscuridad. Y el que venia atrás, vestía con una camiseta blanca repleta de manchas y unos pantalones negros. Caminaban en dirección a nosotros como tambaleándose y riéndose a carcajadas de cosas que no podíamos escuchar. Hablaban entre ellos y yo me limité a observar sus ojos. Todos de manera muy similar y de un color rojo, muy extraño.
El pánico me invadió y me aferré al brazo de Damián, en un intento de reprimir todo aquello que sentía. Después de todo, eran amigos de él, no me harían nada, ¿o si?
-Tranquila...-murmuró en mi oído y me tomó de la mano aún más fuerte que antes.-No te apartes de mí.
-¿Qué?-repliqué, preguntándome qué era lo que estaba pasando.
-Haz silencio y no te apartes de mí.- ordenó de nuevo.
Cuando los tres muchachos estuvieron llegando a nosotros, se fueron separando, rodeándonos a ambos. Miré a Damián con el pánico en mis ojos y presioné su brazo contra mí.
-Miren esto... -comenzó a decir el chico de campera verde.-¿Quién es la bella muchacha?-balbuceo acercándose a mí.
-No la toques.- advirtió Damián, que me rodeó por delante con su brazo.
-Vamos amigo, comparte a la chica.- acotó el de remera blanca.
-¡Qué ni se les ocurra!-Ordenó.
El de remera azul, lo apartó de mí a Dami de un empujón lo suficientemente fuerte como para dejarlo tendido en el piso. Los otros dos, se acercaban más y más a mí, al tiempo que mi respiración se agitaba y yo intentaba retroceder para apartarme de ellos, hasta que me topé con el paredón. Uno de ellos estiro su mano hacía mí y me tomó del brazo. Mi corazón latía a mil.
-¡NO!-gritó Damian, que se levantó del piso y corrió hasta ellos.
Los separó de mí con un gran empujón y el que me agarraba, dejó en mí un gran dolor. Comenzó a golpear a uno en la cara sin parar ni por un segundo hasta quedar tirado en el piso. Luego, el otro, se acercó a él por detrás y rodeó su cuello con el brazo obligándolo a tirarse para atrás, al tiempo que el que estaba tendido en el piso, se ponía de pie.
-¡Corre!-ordenó, haciendo fuerza para poder hablar.- ¡sal de aquí!
Mis ojos se llenaron de lágrimas de impotencia y mi respiración no se calmaba. Ver como se golpeaban y no poder hacer nada me llenaba de bronca.
Quise dar un paso para atrás y hacer lo que Dami me había dicho, pero volví a toparme con aquel gran paredón. Estaba totalmente perdida, despistada. No sabía donde estaba. Miré en todas las direcciones pero fui incapaz de encontrar una salida. Me sequé una lágrima y me volví para ver a Damian, que se encontraba parado mientras que los otros tres se alejaban mirándolo con expresión furiosa.
Cuando desaparecieron de mi vista, me acerqué corriendo hacia él y tomé su cara con mis dos manos mientras tocaba con delicadeza las heridas que habían dejado aquellos chicos.
-¿Estás bien?-preguntó apoyando sus manos sobre las mías.
Cerré los ojos mientras intentaba que mi respiración se volviera de manera calmada, aunque no fue suficiente para calmar los mil sentimientos que se apoderaban de mí en ese entonces. Mi labio temblaba y aún tenía la mirada vidriosa a causa de las lágrimas.
-Tranquila...-dijo rodeándome con los brazos, al tiempo que yo ocultaba mi rostro en su pecho.- Tranquila. ¿Te hicieron daño?-preguntó.
Me separé de él por un momento para ver mi brazo. Aún sentía el dolor recorriendo mi cuerpo pero no sabía con exactitud qué era lo que tenía. Puse la palma de mi mano hacia arriba y observe mi brazo. Unas marcas extrañas y coloradas se encontraban allí y una de ellas estaba sangrando. Aparté la vista de ello y coloqué mi brazo al costado. 

Continuará....

Jaz Saa: Mi Mundo, Mis Reglas...

La última función

Autor: Eleanor Atwood














Elena abrió cuidadosamente la puerta de la estancia y se dirigió con paso lento y decidido al tocador. Retiró de un pequeño cajón situado a su derecha un recipiente de cristal y varios discos de algodón, mientras se miraba al viejo espejo que tenía frente a ella. La función al fin había terminado.
Recordaba ese día como uno de los más largos de los últimos años. Quizá porque llevaba demasiado tiempo interpretando ese papel, o porque el cansancio ya golpeaba su delgado cuerpo sin piedad. Qué importaba. Podía buscar mil razones para dar una explicación a tanto hastío, pero lo cierto es que, fuera cual fuera el motivo, odiaba su vida y a sí misma por no poseer el valor suficiente para enfrentarse a su destino.
Peinó su larga y espesa cabellera, recogiéndola en una sencilla cola de caballo. Sus manos temblorosas sostuvieron unos instantes la crema desmaquillante, y una lágrima rodó por su mejilla. Un payaso... eso era en lo que se había convertido. Hacía felices a todos los que la rodeaban arrancándoles risas y aplausos, y tras cada función nada quedaba para ella, sino un habitáculo oscuro donde refugiarse y llorar su desgracia en silencio.
Se aseguró de haber cerrado la puerta con llave y se dispuso a deshacerse de su maquillaje. Al pasar uno de los discos impregnados de crema por su mentón, dio un respingo. Cielos, aún notaba una punzada de dolor. Prosiguió con su tarea hasta tener el rostro completamente limpio, y lo examinó con detenimiento una vez hubo terminado. Ahora distinguía claramente sus profundas ojeras y los cardenales repartidos por sus facciones. ¿Qué diría su familia si la viera así?
De pronto, una imagen asaltó su mente. Juan...
Sacudió la cabeza con vehemencia y se levantó de un salto. Nerviosa, caminaba de un lado a otro frotándose las manos. Olga, su mejor amiga, le había ofrecido un puesto de trabajo en un pueblo al cual se mudaría en unos días. “Ven conmigo”, le había susurrado minutos antes, al despedirse de ella.
Sin pensárselo dos veces, sacó de debajo de su lecho una maleta. Vació el armario y acomodó todo el montículo desordenado de ropa dentro de la misma, cerrándola con dificultad. Respiró hondo. Su padre le repitió innumerables veces que el mundo era de los valientes, y Elena no sería una cobarde nunca más.
Clavó su mirada en uno de los estantes. Allí, dentro de una bolsa de cuero, estaba su álbum de boda. Sintió una tentación casi irresistible de volver a contemplar las fotografías, pero sus ojos negros se desviaron entonces hacia el retrato colgado en la pared. Javier y Susana... sus hijos.
Se dejó caer sobre la cama, exhausta. Las lágrimas nublaron su vista, y rompió a llorar desconsoladamente. No podía hacerlo. Por ellos...
Se quedó sentada mirando al suelo varios minutos. Aguantaría un poco más. Les faltaban pocos años para cumplir la mayoría de edad, y entonces ya no la necesitarían. Esa no podía ser la última función. Tenía que protagonizar otras. Tenía que acicalarse como siempre, y mostrar de nuevo sus dotes como actriz, fingiendo ser una esposa y madre feliz. El payaso tenía que seguir maquillándose para así cubrir los golpes recibidos por la misma mano que un día le colocó una alianza en el dedo jurándole amor y fidelidad eternos, y salir al escenario del circo de su vida dispuesta a hacer sonreír a todos, no permitiendo que llegaran a sospechar que su espíritu se marchitaba como una delicada hoja en otoño.
Se puso en pie, sabiendo cuál era su deber. Olga no lo entendería. Soltera y sin hijos a su cargo, disfrutaba de una libertad absoluta. No obstante, respetaría su decisión.
“¡Mamá!” oyó gritar fuera. Javier. Habían regresado de dejar a su madre en el aeropuerto, y probablemente estarían hambrientos. Se apresuró a disimular los hematomas rápidamente, giró el pomo de la puerta y abrió. Volvía al escenario.


Eleanor Atwood: Las alas de la libertad