LUCÍA



Autor: José Francisco Caparrós






A través de la ventana Lucía observaba el suave balanceo de los copos de nieve mientras caían lentamente, cubriendo la calle con un manto blanco. Por su mejilla sonrosada una lágrima tibia se deslizaba, mientras pensaba en que pasaría la Navidad sin regalos.
Entonces, en la penumbra del pasillo, sonó un suave tintineo, apenas perceptible. Un sonido de campanillas, muy sutil, que tan solo destacó por unos segundos, por encima del viento que ululaba en el exterior.
-¿Papi...?
Pero no. Ella sabía que su padre se encontraba durmiendo en el viejo butacón, bajo los efectos del alcohol, como tantas otras noches últimamente.
La tristeza se había instalado en aquella casa.
Lucía, con tan solo ocho años, había experimentado la peor de las pérdidas que puede tener un niño a tan temprana edad, y el dolor y el desamparo se habían afincado permanentemente en su corazón.
Su padre, sumido en una profunda depresión, intentaba olvidar amparado en el alcohol y ya no levantaba cabeza. Desorientado y a punto de perder su trabajo, se arrastraba día tras día y apenas tenía fuerzas para afrontar la realidad. Siempre a escondidas de su hija, parte de su sueldo lo empleaba en comprar botellas de vino, que bebía al anochecer, hasta caer ebrio y vomitando, un día tras otro, destrozándose la salud.

El tintineo metálico llamaba su atención.
Lucía dio unos pasos hacia el pasillo y no acertó a ver a nadie entre la tenue luz que penetraba por la ventana de su habitación.
Entonces, inesperadamente, llegaron a su mente momentos muy concretos que recordaba con total nitidez, pues, no obstante, no había transcurrido mucho tiempo desde que sucedieron.
Recordaba a la perfección el collar hecho con bolitas pequeñas de colores, el cual le rompió sin querer; ella lo sabía, pero nunca le dijo nada. Las horquillas del pelo que siempre le pedía, las recordaba todas al detalle. Los zapatos, los vestidos y los bolsos. El estampado de su paraguas. Sus grandes ojos de mirada melancólica. Sus labios, de sonrisa tímida y tierna, perfectamente perfilados. Sus manos ásperas, que trabajaban duro.
También recordó al osito Tim: era de un azul más intenso que el del cielo. Tenía el mismo tamaño que una mochila escolar, aunque de relleno andaba algo escaso. Se le había descosido una oreja y solo conservaba el ojo izquierdo. Su sonrisa desdibujada dejaba salir vergonzosa una pequeña lengua, roja como las fresas maduras. Viejo y con su cuerpecito tan desgastado, en su pelaje ya no quedaban rizos. Compañero del silencio, de la oscuridad. Osito inerte y tierno ser.
Recordó que con su caja de lápices Goya y algodón le enseñó a difuminar los colores. Pintaban casas en el campo, con tejados llenos de chimeneas; ropa tendida al lado de un gran naranjo, cerca de pequeños estanques con peces, patos y ocas. Le gustaban mucho las ocas. Estos paisajes siempre tenían en el horizonte varias montañas, con caminos para pasear entre ellas. La parte superior del folio la ocupaban un sol amarillo espectacular y unas cuantas nubes esponjosas.

El tintineo cesó y Lucía salió de su ensoñación.
Entonces la vio, reluciente, resplandeciente, al final del pasillo. En su rostro dorado sus grandes ojos que la miraban intensamente y aquella tierna sonrisa perfectamente dibujada en sus finos labios.
-¿Mami...?
Y corrió hacia ella.
El ser de luz se agachó y abrazó a la pequeña Lucía, intensamente.
Toda la estancia se iluminó y la energía que irradiaba de aquella presencia envolvió y traspasó por completo el cuerpecito de la niña, que por un momento sintió aquel calor que tanto necesitaba y que echaba de menos.
La presencia luminosa miró tiernamente a la niña y le acarició la carita.
-No debes de temer nada, pequeña mía. Todo irá bien.
Lucía escuchó aquellas palabras dentro de su mente, aunque en ningún momento los labios de la aparición se movieron. Tan solo aquella tierna sonrisa y la mirada de amor. Tan solo eso.
Las lágrimas surcaban las mejillas de Lucía.
-Te quiero, mami- dijo sollozando.
-Yo también te quiero, mi niña, y siempre te querré. Estaré a tu lado, a pesar de que no me puedas ver. Y cuando tengas algún momento de debilidad o de flaqueza, recuerda lo mucho que te amo. Eso te dará fuerzas para seguir adelante.
Lucía miró con tristeza los preciosos ojos de aquel ser de luz.
-Sí, mami. Te lo prometo.
La aparición se incorporó y tomó a la niña de las manos.
-Acuérdate, mi niña...
Pocos segundos después la intensidad luminosa comenzó a desvanecerse, a medida que la aparición se alejaba de la niña.
-Adios, mami- acertó a decir entre sollozos.- Te quiero.

Amaneció.
Los rayos del sol entraron a través de la ventana de la habitación de Lucía. La niña recordaba lo ocurrido la noche anterior como si hubiera sido un sueño.
Unos pasos apresurados resonaron a través del pasillo. Su padre irrumpió en la habitación. Se sentó en la cama y abrazó con fuerza a la niña. En su semblante emocionado no quedaba rastro de la ebriedad de la noche anterior.
-¡Lucía, hija, esta noche ha ocurrido algo extraordinario!
La niña miró absorta a su padre y comprendió lo que este quería decirle. Ella ya lo sabía, porque lo había vivido intensamente, tan solo hacía unas horas.
Ambos se miraron y no hicieron falta las palabras. Se fundieron en un cálido abrazo.

Minutos después, llamaron a la puerta de la casa.
Padre e hija, cogidos de la mano, se acercaron a abrir, expectantes ante la incerteza de quién podría ser.
Al abrir la puerta, el rostro de la niña dibujó una enorme sonrisa, de oreja a oreja.
-¡Abuelita!
La niña abrazó con fuerza a su abuela y esta acarició suavemente sus cabellos. El padre sonrió y la invitó a entrar en la casa.
-¿Cómo te encuentras?- preguntó la abuela al padre, sorprendida ante el buen aspecto de este.
-Creo que... -hizo una pausa, intentando dar sentido a lo que quería transmitir.- Ha ocurrido algo que...
No pudo termitar la frase, porque Lucía, alterada, había reparado en un paquete que llevaba su abuela en una gran bolsa.
-¿Qué llevas ahí, abuela? -dijo la niña, abriendo aún más sus enormes ojos.
La mujer sacó el paquete de la bolsa. Lucía reparó en que tenía una forma y un tamaño extrañamente familiares.
-Creo que te gustará. Casualmente lo encontré el otro día en los grandes almacenes. Es muy parecido al que tenía ella... -dijo la abuela, mientras la niña rompía el papel de celofán y dejaba al descubierto el regalo.
Una agradable sorpresa hizo que el rostro de la niña reflejara una intensa emoción.
-¡Tim! -gritó Lucía.

Con el transcurso de los años, Lucía encontró un camino por el que pisar fuerte. Ahora tiene dos hijos y les transmite la misma energía que le irradió aquella noche de invierno, cuando el ser de luz le transmitió todo el amor que lleva dentro, y les guía por nuevos caminos que recorrer. Ellos en sus pasos encontrarán senderos.
Y ella, como es su nombre, cada nuevo día, cada amanecer, nace de la luz del día... Lucía.

José Francisco Caparrós: NEUROMANTER-Relatos